Leyendas Muertas/ Capítulo 3: Un trato justo

— ¿Y Bien?—pensó Daemos.
No era una pregunta para sí mismo, frente a él y tras sus adversarios de juego un espectro larguirucho se movía de una silla a otra observando las cartas de sus contrincantes. Su aspecto era de otra hera igual que su amo. De sus manos colgaban dos grilletes con pesadas cadenas que arrastra por el suelo con su lenta cadencia al andar. En su rostro mortuorio se veía la desgana de las almas en pena que deambulan durante siglos por este mundo sin llegar a marcharse nunca.
— Amo, el tipo de la derecha va de farol. El de la izquierda tiene doble pareja de doses y treses, de fuego y de aire. Y este tiene mazo. Está claro que está mano es suya.
— ¿Y bien?—mascullo el borracho que tenía mazo. En su rostro se veía claramente que tenía los cuatro elementales.
— Yo doblo la apuesta—dijo el tipo farolero moviendo unas cuantas monedas al centro de la mesa.
— Creo que esta vez paso, querido amigo. Tengo muy mala mano—Daemos lanzó sus cartas en la mesa, haciendo ver qué estaba enfurruñado.
— Yo tampoco voy —maldijo el de su izquierda, haciendo un gesto similar.
— Amo, no sería más divertido jugar limpió— susurró el espectro aunque nadie, salvo Daemos podía verlo u oírlo.
— Entonces para qué te tengo a ti— pensó Daemos molesto, era la tercera vez que se lo decía aquella noche, solía pasar con almas que llevaban tanto tiempo en este mundo, se volvían confusas y parecían sufrir algún tipo de perdida de memoria a corto plazo.
El hombre de la mano ganadora acercó sus monedas hasta igualar la apuesta. Después con una sonrisa de oreja a oreja fue mostrando sus cartas una a una de manera teatral. El individuo de la izquierda, maldijo enfurruñado, tan solo le quedaban unos cuantos cobres. Si no ganaba la siguiente mano, debería abandonar la partida y por su rostro, perdería algo más. Ese no era el caso de Daemos, que tenía un buen montón de monedas frente a él. Daemos no jugaba por aquellas míseras monedas, su juego era mucho más elevado y caro de pagar. Daemos era un brujo con más de dos mil años. Aunque su rostro de un hombre de treinta y tantos no lo dejara ver. Alto, atlético y con un bonito pelo negro liso y brillante. En esta ocasión sus ropajes eran bastantes mundanos, pero claro, entrar en aquella taberna envuelto en sedas no le ayudaría lo más mínimo en conseguir su siguiente presa.
— Querido, yo que tú abandonaría la partida—le aconsejo al perdedor—seguro tienes mejores maneras de gastar esas monedas. ¿Tienes familia?.
— Dos hijos de tres y seis años, y su madre—la mirada del hombre se derrumbó al pensarlo.
— Toma —Daemos le dejó junto a su mano, unas monedas con un valor superior a una moneda de oro, los ojos del hombre se abrieron como platos—. Pero si vuelvo a verte por aquí jugando, no seré tan espléndido.
El hombre miró a todos los lados y guardo las monedas, se levantó, le hizo un agradecimiento con la cabeza y se marchó rápidamente. Había gente capaz de cambiar, de aprender de sus errores. Si no era el caso. Ya no era asunto del brujo. Los otros dos hombres lo miraron de mala gana.
— ¿Por qué as hecho eso?, ¿las monedas de ese inútil me hubiesen venido muy bien? —grito el farolero.
— Amigo, a veces hay que saber quién merece perder todo y quien no. Pero el asunto se centra en nosotros. Así que siéntate y juega.
— Eso digo yo—tercio el que había ganado la mano mientras llevaba todas las monedas del centro junto a su montón, dibujando una sonrisa mellada en sus enarboladas mejillas a causa del alcohol.
— Amo, eso ha sido muy generoso—dijo el espectro sorprendido—te estás haciendo blando, por qué no hablamos de mi liberación.
— Toda la eternidad, es toda la eternidad —pensó molesto Daemos— y tú y yo hicimos un trato justo.
— Si tú lo dices, amo —mascullo el espectro que en otro tiempo había sido un poderoso rey de una nación ya muerta y olvidada.
La noche siguió y las horas pasaron. La suerte del hombre que tenía enfrente se fue agotando y el maldito farolero, fue cambiando sus escasas monedas por un amplio botín a costa de la mala suerte de aquel hombre. Había algo en su forma de jugar, algo que no parecía del todo limpio. Cuando al pobre hombre no le quedó ni un cobre, maldijo para sí, se despidió con tono lastimoso y se marchó.
El espectro centró toda su atención en aquel solo hombre. Daemos algunas veces tenía que hacer que perdía algunas suculentas manos, si no alguien podría pensar que era un tramposo. El otro hombre, en cambio, no perdía ninguna.
— Jarol—que era el nombre del antiguo Rey— si este patán estuviese haciendo trampas me lo dirías, ¿verdad? —el espectro se delató en su silencio—, maldito bastardo, quiere volver al potro de tortura, sabes que no me gusta haceros daño, pero si es necesario te torturaré otros cien años—el rostro del Rey cambio y el pánico se leyó en su rostro.
— Amo, esconde cartas dentro de su chaqueta.
— ¿Y ahora me lo dices?, ¿Farolero y tramposo?, No aguanto a los tramposos.
— Tú eres uno.
— Yo soy… yo soy más listo.
— No amo, eres un tramposo y me haces partícipe a mí también.
— Yo, no, soy, un…
— Me lo juego todo a una mano, no tengo toda la noche—dijo de repente el farolero mostrando una dentadura amarillenta en un intento de sonrisa.
— ¿A una mano?.
Daemos no estaba allí por una casualidad del destino. Hacia varios días que buscaba esa partida con ese hijo de perra. Había escuchado que dos semanas antes había perdido a su mujer en una partida similar. Y eso era algo que Daemos no podía soportar. Aquel bastardo merecía una lección que jamás olvidaría.
El bastardo que había ganado a esa pobre mujer ya no respiraba, y la nueva viuda, tenía una casa en propiedad. Tampoco era que el destino, así lo dispusiera. Pero Daemos había llegado a un trato justo con ella. En su caso, solo le servirá durante dos décadas, después su saldo quedaría pagado y ella sería libre para el resto de la eternidad. Un buen precio por una casa y la vida de sus hijas.
Hubiese sido más cómodo hacer que aquel bastardo cayera borracho desde una azotea, pero también tenía que reconocer que sería mucho más aburrido.
— Que así sea —dijo sonriendo— baraja tú.
El hombre sonrió con una sonrisa desdentada. Se creía mucho más listo que él. Daemos uso sus habilidades mágicas para hacer desaparecer todas las cartas que escondía aquel tramposo en su lugar las cambio por medio Mazo, cuatro reinas elementales. Y de paso, diseño un reparto muy poco favorable para aquella escoria, obligándolo a usar aquellas cartas tan suculentas y que prácticamente le hacían ganador. Antes de repartir el hombre pidió un tiempo muerto para pedir otro vaso de whisky y de paso, asegurarse de tener una buena mano bajo su doble forro. Al volver mostraba un amplio rostro de satisfacción.
— Valla, pareces muy contento—dijo haciéndose el tonto Daemos.
— La suerte está de mi parte y el whisky es una maravilla cuando puedes pagar algo que valga la pena.
— Volviendo a lo de jugarnos toda esta pequeña fortuna a una mano…
— ¿Ya te has arrepentido? —maldijo el farolero.
— Verás… es todo lo que tengo, pero tengo una casa a las afueras de la ciudad. Sin duda es mejor apuesta.
— Ya lo creo, ya lo creo —la sonrisa del hombre se volvió más acentuada, sabiéndose ganador, se tiró otro farol—, veo tu casa por mi hija menor, está de buen ver. La mayor no tiene modales, no te jugaría una jugarreta como esa.
— Que sean las dos, tengo campos y un bonito pajar. Creo que así es más justo.
— Está bien, ¿algo más?, no quisiera que el trato no fuese justo—dijo carcajeando el farolero.
— ¿Qué tal tu alma, para toda la eternidad? —dijo Daemos riendo como si aquel trato fuese una broma. El espectro bufo. Sabía que en aquellas poderosas palabras había un castigo desorbitante, aunque él se había convertido en rey de reyes.
— Por supuesto maldito loco, acepto.
Su destino estaba sellado. El arrogante farolero bebió el contenido de su baso de un trago y tras un sonoro golpe en la mesa y un asqueroso ruido con la boca se puso a mezclar las cartas.
Daemos fue recibiendo cartas, gracias a sus habilidades mágicas un total de cuatro reyes elementales. Un mazo real. La partida ya era suya. En ningún momento movió sus manos de encima de la mesa, puesto que un corro de gente se había arremolinado a su alrededor al saber que se la jugaban a una mano. A Daemos le encantaba el público, así estaba exento de problemas posteriores.
El tipo hacía parecer que estaba nervioso, en realidad podría haber sido un buen actor. Incluso parecía que le costaba respirar. Y para que negar que era un gran talud, en medio de aquella expectación fue capaz de cambiar no una, si no sus cuatro cartas antes de que nadie viese que tan solo le habían tocado unas cartas muy bajas.
Cuando ambos estuvieron de acuerdo, que no querían más manos, el hombre fue soltando carcajadas mientras iba poniendo sobre la mesa su medio Mazo.
— La suerte me sonríe, maldito gilipollas —dijo riendo con la gente de su alrededor.
— Espera —le corrigió el brujo. Una a una fue exponiendo su mano ganadora. El hombre al ver que había perdido se encendió de rabia.
— Eres un maldito tramposo —rugió.
— No ha hecho trampas. Todos hemos visto que sus manos estaban sobre la mesa —sentencio el tabernero que estaba entre el grupo de gente por si tenía que mediar—, as vuelto a perder inútil, y está vez tus dos hijas tendrán que vivir con este hombre, así es la ley.
Al ver que no había opción el farolero se derrumbó sobre la silla. Ya no le quedaba nada. Salvo una monedas de oro que debían repartir entre ambos jugadores.
— Para que veas mi buena fe, quédate el montante. Sacaré más dinero de tus hijas—dijo Daemos muy serio mientras el corro de gente asentía con la cabeza por su buena actitud—. Traerlas, por favor. Y que nadie les ponga un dedo encima.
Uno de los parroquianos fue a buscar a las jóvenes. No tardo demasiado. Una chica de quince y otra de doce sacadas de la cama en medio de la noche con tan solo sus mugrientos camisones. Ambas lloraban desconsoladas.
Antes de que alguna maldijera a su padre el hombre se fue de muy malos modos por la otra puerta. Para su suerte, no le duraría mucho el enfado. Daemos había pagado unas cuantas monedas para que no volviera a ver el sol.
Las jóvenes llorosas siguieron a su nuevo amo. A Daemos no le gustaban los lloros, así que para no mostrar su enfado, sencillamente no artículo palabra. Las arrastró por calle oscuras y silenciosas donde sus lamentos ascendían de volumen aterradas por su futuro. Se plantó frente a una casa, bastante bonita junto al puerto y les ordenó entrar. Sin más opción las niñas se acercaron a la puerta subiendo unas pequeñas escaleras. La puerta se abrió y ellas dieron un paso atrás. Del quicio de la puerta salió una figura femenina, cuando la luz del farol la iluminó, dejó el rostro de su madre compungido que pronto se tornó un rostro donde no cabía más alegría, las niñas sorprendidas corrieron a abrazarla.
Junto a Daemos, un espectro apareció. Aquellos matones no se habían ido con jugueteos. Seguramente le habían cortado el cuello en cualquier callejón cercano a la taberna. El farolero se miró las manos etéreas y se puso a llorar.
— Señora, mi parte del trato a sido cumplido. Vivan una buena vida y cuide de sus niñas. Nunca nos volveremos a ver en vida.
— Que dios le bendiga—contesto la mujer.
— Dudo mucho que Dios me deseé ningún bien. Hasta siempre.
Las niñas con los ojos llorosos lo despidieron con sus mugrientas manitas y la mujer las abrazo besando su sucio pelo. De vez en cuando, Daemos disfrutaba haciendo justicia.
— Maldito bastardo, me has hecho trampas —dijo maldiciendo el espectro del farolero.
— Tú y yo tenemos que tratar unos asuntos. Pienso divertirme durante muchos años con tu asquerosa alma. Vas a conocer el dolor. Al final, suplicaras por tu liberación. Pero sabes una cosa.
— Es para toda la eternidad —susurro el espectro del rey agachando su cabeza.

Comentarios

  1. Hola Mario, me encanta tu iniciativa y tus deseos de escribir una novela, afición que comparto. He visto por facebook, que compartías tu blog y yo voy a hacer lo mismo contigo. Te deseo suerte en tu novela, que al igualque yo todavia necesitaremos un corrector ortográfico. jajaja . Un saludo. y pásate por https://mundoalranides.blogspot.com/

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  2. Te agradezco el comentario y por supuesto visitaré tu blog. Si tengo que revisar mucho la ortografía. En el fondo es una lucha personal muy importante para mí, ya que tengo una leve dislexia. Así que luchó contra varios dragones. Pero te recomiendo lo mismo que me digo a mi mismo. Tira para adelante. Total que puede ser lo peor que te pueda pasar

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    1. Adelante con esa lucha personal Mario!!!! Fuerza y honor.... Con ganas de más "Leyendas muertas".

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