Leyendas Muertas / Capítulo 6: Cazadora, cazada

 



Los tañidos del templo de los Smorck marcaban la medianoche, con su machacante sonido metálico. ¿Qué sentido tenía todo aquel molesto ruido en medio de la noche?, refunfuñaba. Aunque si Sombra lo consideraba absurdo, aún consideraba más absurdo el acudir a ellos para salvar el alma de los infiernos. Teniendo en cuenta que todos y cada uno de los humanos, merecíamos arder en ellos.

Sombra había matado a mucha gente y jamás había visto señal alguna de que esos infelices corrieran desnudos y extasiados hasta las Puertas de Dobles. Es más, pocos humanos morían de manera pacífica, tumbados en sus lechos rodeados de toda su descendencia y con una cálida mano que le anclase a esta mísera existencia. La muerte era dolorosa, con un crudo baño de soledad, y todos, hasta el más valiente de los guerreros, la había temido en alguna ocasión.

El viento era fresco y con una mezcla de olores bastante agradable. Por eso elegía aquel callejón para sus negocios. El olor a especias del mercado, dos calles más abajo, el olor a serrín de las carpinterías, el sonido del oleaje contra los muelles, donde cientos de barcos esperaban ser comandados en alguna nueva aventura. Aquellos tejados, de teja oscura, perfecta para camuflarse en la oscuridad. Y, sobre todo, la cercanía con el escondite de su esbirro.

El sonido de unos pies descalzos la sacó de sus abstracciones. El pequeño Daniel llegaba puntual, como siempre. En su mano llevaba un pequeño cilindro metálico. El cuál dejó exactamente en el lugar acordado. Sombra había escondido en aquel hueco un par de zapatos nuevos y una bolsa con la minuta acordada dentro de un pequeño hatillo. El pequeño de ojos avispados y pecas por todo el rostro, miro hacia el cielo nocturno, no debía de superar los trece o catorces años. Su ropa andrajosa se mimetizaba a la perfección con el resto del callejón. Sombra, siempre metía algunas monedas más de lo acordado, sabía lo dura que era aquella vida, quería que aquel niño no tuviese que mal vivir demasiado, pero el muy granuja jamás le había dicho nada sobre sus continuas equivocaciones. Eso era bueno, era un chico listo.

El niño abrazó sus zapatos nuevos y guardó su bolsita de monedas en la entre pierna. En su rostro, que miraba sonriente y agradecido en todas direcciones, Sombra se vio reflejada en su niñez. A toda velocidad, aquel pequeño huérfano se perdió en la oscuridad de las calles portuarias. Maldito demonio, siempre corriendo. Sombra también recordaba la importancia de unos pies ligeros.

Hay que ser más rápido que los malos, se decía de pequeña, solo que, en aquella época, descubrió que la más peligrosa de toda la ciudad era ella.

A los diez años, en un callejón oscuro, un maldito borracho intentó violarla. Pero sus mejores amigas, las sombras, le susurraron su poder. No recordaba cómo, ni que había sucedido. En aquella época no dominaba sus dones. Lo bien cierto era que aquel hijo de puta había regado de sangre todas las paredes de aquel callejón.

Poco a poco fue dominando sus poderes, abrazándolos, succionando su poder; y siendo una niña, durmiendo en las calles, no le faltaron oportunidades para lidiar con su aprendizaje. Pero de eso hacía ya treinta años. Treinta años de violencia y de sangre. Uno no debe intentar ser algo que no es, se recordaba cada noche. Y ella, era una asesina.

Sombra, se descolgó del tejado hasta una pila de cajas en un remolino de tela y agilidad. No tardo en recoger el cilindro, mirar en rededor y volver a las alturas sin tan siquiera poner un pie en los adoquines, siempre cubierta por su oscuridad natural. Se sentó de espaldas a una austera chimenea y desenrolló su contrato. Sombra siempre esperaba a la siguiente campanada para macharse de aquel puesto de guardia. Así se aseguraba de que nadie la cogiese por sorpresa o que la acecharan. Por esas molestas preocupaciones seguía siendo una leyenda anónima. Y esperaba seguir siéndolo hasta que decidiera desaparecer y emprender una nueva vida. O eso se decía una y otra vez cuando acababa un trabajo y necesitaba recuperar fuerzas. Eso, fue lo más complicado. Aprender a no ser devorada por aquel poder oscuro.

En aquellas primeras veces, ella dejaba de existir hasta que todo a su alrededor estuviese muerto, dejando horribles escenarios ensangrentados. Poco a poco, fue ganando una consciencia. Que fue casi peor. Ver como destripaba, decapitaba y despedazaba a aquellos bastardos la destrozaba por dentro, se creía un monstruo, un demonio, un ser horrendo. Al año. Ella había tomado ya el control. Había ganado la mano a aquellos dones. Aquella lucha interna le forjo un carácter rígido y frio. La impregnó de realidad. A sus casi doce años. Sombra entendía la vida con la misma lucidez que alguien veinte años mayor. Y dejó de ser aquella indefensa e ilusa niña, se convirtió, tras muchos fracasos en lo que en ese momento era. Sombra.

Ese no era su verdadero nombre, pero el real, había desaparecido bajo océanos de sangre y ya no volvería a flotear nunca más. Y más con todas las bandas de aquella ciudad poniendo precio a su cabeza. Sombra debía haber matado a más de un cabecilla, de ahí su odio, su persecución. De ahí, la importancia de su anonimato, de ahí la necesidad de que su nueva identidad, Sombra, fuese creada.

Bajo sus pies escuchó un suave fru fru de tela. Sombra siseó un hechizo silenciador, se tumbó sobre las tejas y observó el callejón. No parecía haber nadie. Pero Sombra tenía la certeza. Las sombras le hablaban, no literalmente. Era algo intuitivo. Una simbiosis que le atraía la mirada hacia sus objetivos. Sin duda, quién estuviese ahí abajo sabía lo que hacía.

Tras un rato de silencio. Sombra vio desplazarse una silueta de un lado al otro del callejón. Posicionándose en otro ángulo para seguir observando. Sombra sonrió. Quería cazarla. Lo más seguro fuese que aquella silueta fuese de algún novicio en busca de un nombre. Un indefenso ratón tratando de cazar a una pantera. O tal vez un ratero buscando algún escondrijo donde Daniel guardara sus pocas pertenencias.

Mierda Daniel…

Otra silueta entro silenciosa en el callejón, tomando la primera posición de su acompañante. Sobre los tejados de enfrente, vio movimiento. Estaban tomando el callejón. Alguien sabía que ella estaba allí. Y para bien o para mal, a lo largo de su vida, Sombra se había granjeado multitud de enemigos peligrosos. El tercero en discordia movía de lado a lado una ballesta cargada. Iba encapuchado y vestía todo de negro. O el gremio de asesinos había puesto precio a su cabeza. Algo poco probable. O alguien muy adinerado había contratado personalmente los servicios de algún grupo de asesinos, para que la matasen.

Unos segundos más tarde, los tejados colindantes estaban sembrados de ballestas que apuntaban hacia la nada. Un total de diez. Aquella cacería no saldría barata. Debía de ser alguien realmente poderoso. Y por cronología. Debía de ser algún familiar del Duque de Puerto Príncipe. Algún heredero o socio de sus negocios opacos.

Como una serpiente se arrastró por el tejado envuelta en las sombras de la noche. Las tejas bajo su cuerpo eran silenciadas gracias a su magia. Llegó al otro extremo del tejado y observó la base del edificio. Aunque aquellos bastardos eran buenos. Sombra descubrió otra docena de arcos buscando su premio. Estaba rodeada. Necesitaba una distracción, o tendría que regar los tejados de sangre. Eso sería su última opción. Tenía un encargo que realizar y no podía descargar su poder antes de llevarlo a cabo…

¿Daniel le habría llevado un encargo falso?, la semilla de la traición comenzó a florecer. No, no puede ser, ¿Lo habrán obligado?, ¿lo habrán engañado? La furia fue creciendo en su interior. Si a aquel mocoso le pasaba algo… alguien sufriría lo insufrible. Alguien moriría de una manera tan atroz que ni tan siquiera los demonios del infierno tendrían estómago para recibirlo. Tenía que hablar con el niño. Romper su tapadera. Ya que las pocas veces, que había hablado cara a cara con el niño, iba disfrazada de una sirvienta. Pero sin duda, la vida del niño era más importante que su tapadera.

Sombra comenzó a absorber oscuridad. Almacenando la suficiente como para llevar a acabó su treta. Formó una figura encapuchada, su capa ondeaba al viento. Un ser etéreo que ella manejaba como a una simple marioneta y la lanzó calle abajo saltando de tejado en tejado a toda velocidad. Las saetas silbaron, las flechas golpearon las tejas a sus pies. Pero, aunque cualquier proyectil pudiese dar en el blanco, las flechas traspasaban aquel cuerpo intangible de lado a lado. Los asesinos comenzaron a correr por los tejados detrás de la falsa Sombra. No llegaría muy lejos. Jamás había conseguido que aquella creación se alejara más de un centenar de metros. Pero los suficientes para huir de aquella encerrona. Volvió gateando hasta el otro lado del edificio y de los dos asesinos. Sólo quedaba uno. Se posó en la orilla del tejado y saltó cayendo justo detrás de su agresor. Puso su daga en el gaznate de aquel asesino y respiró hondo.

   ¿Quién os manda?

   No me mates —siseo una joven, por la voz no debía superar la veintena, su voz temblaba.

   ¿Y por qué no debería matarte?, ¿acaso tú no venías a eso mismo?

   Yo nunca hubiese aceptado este trabajo—la joven tragó saliva—, pero nadie mejor que tú sabe cómo funciona esto. Solo cumplo órdenes…

   ¿De quién?

   No lo sé.  Lo juro. A mí no me dicen esas cosas. No me mates. Te lo suplico—la joven se puso a llorar. Sombra, que la aferraba con un brazo por el pecho, sintió como sus hombros se hundían, como aquella chica iba tomando consciencia del desenlace. ¿Cuántas veces había escuchado esas mismas palabras?, No me mates. Y en ninguno de los casos, Sombra había dudado de lo que debía hacer.

   Sabes cómo funciona esto —dijo usando la misma escusa entre dientes. Pero ambas sabían el final de ante mano. La daga cortó de oreja a oreja el gaznate de la joven mientras intentaba en vano soltarse de su férreo agarre. — Tú también sabes cómo funciona esto —repitió entristecida. Era tan joven, su sangre tan caliente, con ese sutil olor a inocencia —. Lo siento.

Sombra la fue llevando hacia el suelo mientras aquella cara aniñada la miraba con ojos desorbitados, incapaz de entender por qué su vida se escapaba en vomitones ensangrentados, desde su cuello, hasta su boca. Sabía demasiado. Podría contar que era una mujer, el tono oscuro de su piel. Podía contar en qué dirección huiría. Su muerte, era necesaria, se decía una y otra vez Sombra. La joven tocó el suelo con su espalda y agarró a Sombra de la pechera con una mano y sujetó su mano acerada con la otra. Pugnando por respirar. Intentando aferrarse a una cálida mano que la anclara a este mundo, que le recordara que, en aquellos oscuros momentos, donde su vida se veía segada, no estaba sola. Y esa mano, fue la de Sombra. Una mano ensangrentada, la mano de su verdugo. Poco a poco fue perdiendo fuerza. De su boca que vomitaba borbotones de sangre tan solo salían gruñidos incomprensibles, sus pupilas intentaban centrarse una y otra vez en el rostro de Sombra, observando cada detalle de un rostro frio y despiadado, hasta que la mano cayó a un lado del cuerpo arrastrada por la muerte.

Sombra le apartó el pelo de la cara, era muy joven, cerro sus ojos con sus párpados, limpio sus labios de muerte, de dolor, de sufrimiento y decepción. Demasiado joven para un final tan crudo. Pero así eran las cosas entre asesinos. No había ni piedad, ni honor. Solo muertos y supervivientes. Así era su mundo. Y ella había sobrevivido.

Sombra salió del callejón y corrió en la misma dirección en la que el pequeño Daniel había salido hacía unos instantes. En su mente lo imaginaba muerto; degollado o destripado. O tal vez solo estuviese retenido. Aquel niño tenía información sobre ella. O por lo menos de su alias como sirvienta de un noble. Y con la actitud correcta, uno podía sacar mucha información a un niño antes de matarlo. Así que no lo matarían hasta que esa información fuese revelada.

Si Sombra hubiese seguido los gritos de su cabeza, habría huido dejando a aquel pobre niño desvalido a su suerte, con tal de salvar su propio cuello. Pero por alguna razón, decidió que jamás se lo perdonaría. Cualquier día era un buen día para morir. Y más por la única buena causa de su sangrienta vida. Salvar a un niño que, sin saberlo, se había metido al servicio de la peor persona del mundo.

Se detuvo, respiró hondo, se escondió tras una pila de balas de paja y observó el recorrido hasta el final de la callejuela. Sombra sabía perfectamente que, al girar la última esquina, se encontraba la pequeña guarida del niño. Un pequeño hueco en los cimientos de un edificio abandonado. Y no había ni rastro del niño en aquella callejuela. Pero si percibió diferentes enemigos escondidos, las sombras los marcaban en secreto. Esos asesinos esparcidos hasta aquel pequeño hueco en el edificio, donde Daniel pernoctaba, era mala señal.

El efecto de la sorpresa había quedado anulado. Tenía que ir de cara. Asumir el peligro y andar a expensas de que una flecha le atravesarse el pecho. Sombra volvió a respirar para que sus dones se preparasen. De su espalda sacó sus dos cimitarras. Relucían, exigiendo sangre. Estaba llena de ira. Daniel, aquella niña jugando a ser una asesina. La sangre le hervía por dentro. Debía enterarse quien demonios había concertado aquel ataque. De quien, había puesto precio a su cabeza. Lo iba a pagar muy caro. Si es que Sombra llegaba al otro lado de la calle. Una cosa eran torpes soldados o egocéntricos espadachines de certámenes de esgrima. Sus próximos adversarios eran asesinos. Gente que no usaba las florituras de la esgrima, eran rápidos y directos, letales. Son los seres más parecidos a ella.

La calle era claustrofóbica, estrecha y de altas paredes de tres y cuatro alturas. De ventanales sin balconadas, de paredes grises y enmohecidas por la humedad, debido a la cercanía al puerto. Era como entrar en la boca del depredador. Cómo saltar al abismo intentando no rozar las paredes de sus acantilados.

A los lados había multitud de puertas dobles, destinadas a caballerizas. Las balas de paja se extendían pegadas a las paredes en toda su longitud. Sin poner demasiado énfasis, Sombra podía contar más de una veintena de buenos escondites. De los cuales, y teniendo en cuenta su asociación sobrenatural con las sombras, percibía claramente cuatro objetivos escondidos, por no hablar de un par de arqueros, parapetados en algunas de aquellas ventanas del final del recorrido. Esta vez Sombra necesitaba de todo su poder. No solo ser más rápida y fuerte que la media. Tenia que usar a las sombras a su favor. Usar la parte de sus dones que más esfuerzo conllevaba, debía darles forma, como anteriormente había usado en los techados, con su copia. Pero en esta ocasión, esas formas no serian intangibles. Sombra les proporcionaba la textura y la dureza, las convertía en objetos o armas. En cualquier cosa que ella pudiera imaginar.

Sombra apretó con fuerza las empuñaduras de sus espadas. Estaba lista para llevar a cabo aquella difícil tarea. Respiro hondo para erradicar todo pensamiento de su mente, acompasó su respiración a sus latidos. Sintió como la sangre bombeaba dentro de sus venas. Como el aire fluía de dentro a fuera y de fuera a dentro, su cuerpo se destensó, abandonando la ira, la frustración y los problemas de aquella noche. Sombra se plantó en medio de la calle. Y sin demorarse ni un segundo más, comenzó dando un pequeño paso. Un paso que la conducía directa a una trampa bien diseñada.

Agudizó su sentido del oído, el sonido de la primera cuerda venía desde la izquierda. Con gran gracilidad, se hizo hacia a la izquierda y la flecha rebotó en los adoquines del pavimento. Con un fluido movimiento comenzó a correr. De la derecha, salió otra saeta directa hacia ella. Sombra aupada por sus pensamientos creo unos diminutos puntos de apoyo donde sus pies la hicieron correr durante varios segundos por la pared cambiando su verticalidad. Cuando la inercia la abandonó rodó por el suelo, mientras, la saeta se hacía añicos a su espalda.

El primer asesino estaba justo a dos pasos de ella, tras las balas de paja en la que ella también había buscado una protección, espalda con espalda. El momento de la verdad había llegado. Sombra se lanzó contra la pared contraria de la calle y las Sombras, haciendo de trampolín, siendo una plancha rígida, la lanzaron con sus espadas hacia delante contra aquel maldito bastardo, multiplicando su velocidad. El asesino, incapaz de comprender que había sucedido, se vio ensartado por dos afiladas cimitarras en su pecho. Sombra en un acto de suerte, clavó las espadas hasta la guarda y esos centímetros que ganó, pegándose al asesino y a la pared, la salvó de un tercer proyectil que raspó su capa mientras aun ondeaba a su espalda. Sombra estaba cuerpo a cuerpo con aquel hombre moribundo, pero como solía decir un viejo amigo, Un bastardo herido, puede ser muy peligroso. Con su diestra desenfundó una de sus dagas y pinchó el vientre de aquel hombre reiteradas veces, tantas, con la suerte de que todas aquellas incisiones se convirtieron en un enorme tajo. Sitio como aquel bastardo exhalaba su último aliento, pegado a su rostro. Y como sus tripas, ensuciaban los bajos de sus pantalones.

Sombra, agarrando sus armas y lanzando el cuerpo contra el suelo, liberó sus aceros de aquel peso muerto. Otro proyectil, atravesó el cuerpo inerte del asesino, justo cuando rodaba en la caída

Como odio a los arqueros, joder.

Sombra no tenia tiempo que perder, aquella distracción, que había mandado a casi todos los asesinos en una carrera fantasma, se acabaría pronto. Asomó su cabeza lo justo para saber que tenía delante. Otro proyectil, paso rozando su pómulo, haciéndole un rasguño. Sombra se cogió la cara, le dolía, le ardía. Pero en ese momento, no podía perder más tiempo. Rodando se lanzó hasta el otro lado de la calle y se apoyó de cuclillas en la siguiente columna de paja. Esta vez, no hubo flecha. Eso era malo. Necesitaba esa cadencia para poder avanzar sorteando solo una flecha por vez. Sombra respiró, para volver a concentrarse. ¿Cuál era la mejor opción? Tal vez podría apagar todos los farolillos de la calle, gracias a uno de sus hechizos oscuros. No era la primera vez que dejaba en sombras un corredor o una estancia… ¿pero toda una calle? Eso debía de consumir mucho poder, un poder que seguro iba a necesitar. Mientras pensaba su mejor estrategia se dio cuenta de algo relevante. Ahora sabía por que aquellos arqueros eran tan sumamente rápidos. Era su propia sombra quien la delataba un segundo antes de que ella saliese de su escondite. Hizo ademán de salir, y efectivamente, las dos flechas cayeron justo un metro más atrás de su propia sombra. Que ironía, pensó sorprendida.

Aprovechó esos segundos para lanzarse hacia el otro lado de la calle, y de vuelta al mismo lado unos metros más adelante. Sombra era consciente de que, a su espalda, tras las balas de paja, había otro asesino. Lo sentía respirar. Olía sus dudas y sin pensarlo dos veces propinó una fuerte patada a las balas, sepultando al asesino bajo ellas. Saltó encima y comenzó a clavar indiscriminadamente sus cimitarras hasta tocar el suelo. Lo gritos y gruñidos del moribundo la animaron a seguir haciéndolo un par de segundos más mientras que la amarillenta paja se tornaba rojiza, y escuchando el sonido de las cuerdas, salto como una pantera al otro lado de la calle. Las flechas silbaron sobre su cabeza. Esta vez habían estado cerca.

-       Ya está bien de tanto jueguecito­. Da la cara, Sombra. Tu hora a llegado.

-       Creo que estas meando muy alto-dijo Sombra endureciendo su voz para hacerla más masculina­­­­­­­­­­-. Ten cuidado y no te mees en tu propia cara.

Aquello debía de haber enfadado a aquel bastardo. Los pasos de dos enemigos se acercaban a gran velocidad. El momento de saber si aún seguía siendo una leyenda había llegado. Reclamo las sombras para ella. El poder la inundo. Era tan reconfortante liberarse a ese poder. Sentir como todo a tu alrededor se ralentiza, se volvía pesado y torpe. Como la vida se paraba durante pequeñas fracciones de tiempo que ella aprovechaba para moverse a una velocidad sobrenatural. Salió de su escondite y vio a los dos encapuchados. Su velocidad era tal, que ni tan siquiera se percataron de su acción ofensiva.

Se colocó tras el segundo atacante y liberando el tiempo, le traspasó por la espalda con sus espadas. Escuchó el sonido de las cuerdas y dando una voltereta lateral dejó el camino libre a las flechas, para que atravesaran al otro asesino que buscaba desconcertado a su presa. El asesino maldijo su error. El error que todos los que habían intentado matar a Sombra habían tenido. Subestimarla. Aprovechó esos escasos segundos de recarga de los arqueros para recuperar de la espalda del asesino sus dos aceros y con otro ágil salto hacia delante, pego su espalda contra el edificio del final de la calle. Sobre su cabeza, los arqueros gruñían buscando su presa. Cuando ambos sacaron parte de su cuerpo por la ventana para mirar en su dirección, Sombra, creo dos pequeñas bolas de oscuridad sobre sus cabezas y las dejó caer. Los hombres golpeados en la cabeza cayeron del segundo piso. Los cuerpos desmadejados se quedaron a pocos centímetros de Sombra. Que los esquivo por poco, pegándose a la pared a toda velocidad. Sus cabezas, mostraban el duro final, siendo un amasijo de huesos, sangre y cerebro.

Su sexto sentido la alertó, a su derecha, en la calle que llevaba hacia la madriguera de Daniel había dos figuras. Una alta y corpulenta y otra menuda y que parecía patalear la pared. ¿Acaso aquella mole estaba haciendo daño al niño? Pero no, el niño estaba dos metros más atrás, parecía enfurecido. Pero aquel gigante bien podía esconder otra figura a su espalda que sujetase al pequeño Daniel.

-       Así que por fin nos conocemos -dijo el grandullón abriendo sus dos enormes brazos y mostrando dos hachas de batalla-. Será un verdadero honor acabar con una leyenda -se calló unos segundos y continuo-. Te hacia mas alto y corpulento. Te partiré como una ramita.

-       Suelta al niño y después veremos quien parte a quien -El grandullón sonrío al descubrir que era una mujer.

-       ¿Soltar? Aquí nadie esta retenido, niña. El es el mecenas de esta cacería.

-       ¿Qué? -Sombra no daba crédito a lo que estaba escuchando.

-       Me presento. Mi nombre es Malicus -Sombra conocía aquel nombre, era un asesino de renombre, una bestia… pero quien era ella para juzgarlo-. Muéstrame tu dulce rostro, niña -ella tenía oído que era como un pavo en celo, siempre hinchando su pecho para presumir, esta vez no lo hincharía muchas más veces.

-       ¡Mátala ¡-gritaba Daniel-. ¡Finiquita a esa puta ¡

-       Si vuelves a llamarme niña te daré de comida a los cerdos, en cuanto a ti, ¿Qué demonios te he hecho yo a ti? – el niño la miró enfadado.

-       Mataste a mi padre, mi familia se buscó la ruina. Solo quedó un depósito a mi nombre. Lo suficiente para pagar esto –el niño cogió aire-. Mis hermanas han acabado de prostitutas, mi madre murió por las fiebres. ¡Tu derrumbaste mi futuro ¡

No eran pocas las veces que Sombra había pénsado en lo que podía desencadenar sus acciones. Pero jamás se había dado un baño tan crudo de realidad. Entendía las razones de aquel niño. Ella hubiese echo lo mismo en su lugar.

-       Llevo dos años preparando esto -dijo orgulloso Daniel-, nadie se fija en un niño. En un inútil niño pobre. Pero yo he tramado todo este plan… ¡¿Quién es ahora el inútil?¡, aguantando tus limosnas, como si yo no supiese contar y tu te aprovecharas para limpiar tu conciencia con esas, putas acciones. Te odio. Te odio con todas mis fuerzas.

-       Lo lamento…

-       ¡¿Qué lo lamentas?¡, maldita puta. ¡Quiero su cabeza, quiero su cabeza ¡

-       Bueno desveladas todas las tramas de esta historia solo queda un acto final, querida niña, tengo que matarte, para que este mocoso me pague la recompensa.

-       Lamento decepcionarte, no soy fácil de matar.

El gigantón emitió un grito de batalla, se suponía que Sombra debía de estar aterrada tras aquel acto. Aunque la verdad es que Sombra siempre había visto ridículo ese tipo de cosas.

Aquella mole debía medir más de dos metros, el filo de sus hachas destellaba bajo los faroles mientras avanzaba a la carrera y sus músculos, que le hacían parecer un toro, se agitaban al ritmo de sus pisadas. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, lanzo un ataque frontal, que para sorpresa de Sombra fue muy rápido, más de lo que se supondría de un hombre tan grande. Ella esquivo por poco la doble decapitación. Rodo hacia atrás y con una rodilla en el suelo coloco sus armas en alto para preparar su defensa. El grandullón golpeó sus aceros haciéndole temblar todo el cuerpo, una y otra vez. Como un carpintero que intenta clavar un clavo rebelde. Si Sombra no hubiese sido tan fuerte, habría acabado hecha papilla. El grandullón no daba crédito a su aguante, teniendo en cuenta su esbelta complexión. En un instante, justo entre golpe y golpe, Sombra apoyó sus manos en el suelo y propinó en la barbilla del hombre una durísima patada acompañada de una ágil voltereta hacia atrás, ganando unos metros de espacio.

El asesino, bajo la cabeza mostrando una fea brecha en la barbilla. Arrancó mocos de su garganta y escupió un amasijo de sangre y mucosidades mientras asentía demostrado que había sido una buena jugada. Crujió los huesos de su ancho cuello y sonrió. El combate proseguía. Sombra solo tenia que esperar que aquel bastardo se cansara. Tomaría una actitud defensiva. De la nada una flecha se clavó en la madera de la ventana que ella tenía justo a escasos centímetros de su cabeza. Dio instintivamente otra voltereta hacia atrás para esquivar algún posible ataque conjunto. Cuando la verticalidad volvió a la normalidad en su visión. Se dio cuenta de que el gigantón miraba enfadado hacia los tejados, vio al arquero y con una brutalidad inhumana lanzó una de sus hachas clavándola en el pecho del asesino que cayó dando un gritito y una voltereta hacia delante dejando una mancha ensangrentada justo delante del niño, que miraba al muerto con cara de susto.

-       ¡Es mía, ¿lo habéis escuchado imbéciles?, yo mataré a Sombra ¡, perdónalos, no entienden de jerarquía -se dirigió a Sombra con tono de sobrado-.

-       Pues no se a que esperas, maldito inútil -rugió ella.

El asesino sujetó con ambas manos su única hacha y comenzó ha hacerla girar para demostrar su habilidad. Malicus debía de ser el único asesino tan pedante como para no hacer rápido su trabajo. Paso a paso fue acercándose a Sombra mientras su hacha giraba a una velocidad pasmosa. Sombra observó de reojo sus pies. Tenía un plan.

El asesino, henchido de ego, dio otros dos pasos, dejando sus dos pies encima de una fina línea oscura, una fina amiga a la que agarrarse en aquel momento. De la oscuridad salieron unas grandes manos que falcaron al grandullón al suelo. El asesino sorprendido miro al suelo sin creer lo que estaba viendo. Sombra lanzó sus cimitarras al aire como un malabarista y abriendo su capa y deteniendo unos instantes el flujo de tiempo comenzó a lazar todo su arsenal de cuchillos cosidos a su peto.

El gigantón levantó su cabeza en el instante justo antes de que fuese acribillado. Su cuerpo fue rociado de acero, la sangre salía en todas direcciones y a la misma vez. Al caer las espadas Sombra las recogió dando una voltereta hacia delante y dando un amplio salto vertical, y dibujando un semicírculo con cada una de ellas, rebanó la cabeza del asesino, que rodó hasta los pies del niño. Ese era el momento de huir. Sus fuerzas comenzaban a flaquear después de tantos usos.

Miro al niño y susurro, lo siento.

A continuación, salió corriendo calle abajo, con toda la velocidad que sus piernas le permitieron.

 

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