Ciudad
Jardín, era la urbe más hermosa de todo Farlen, sus murallas, antaño asediadas,
por los brutales ataques del pueblo Khrolento, ahora rebosaban de enredaderas y
de una paz que duraba ya más de un siglo. Sus quince metros de alzada, le
habían garantizado una seguridad defensiva que aún se entonaban en multitud de
canciones. Tras ella, la ciudad se dibujaba en un círculo perfecto donde un
bosque de pinos que había sido repoblado en lo que un día, fueron explanadas de
maniobras y reunión de los ejércitos defensivos, acabando en otro círculo,
dibujado por un canal solamente vadeable por cuatro enormes puentes de piedra.
Uno por cada punto cardinal, y por cada puerta de acero que sellaba las
defensas de la ciudad.
Tras
aquellos puentes de roca blanca y decorados con esbeltas estatuas de antiguos
regentes, comenzaba la ciudad en si. Un manto de tejados rojizos, chimeneas
humeantes y para ser sincero, cierto olor a animal cerrado. Fraguas, forjas y
carpinterías, copaban la línea más exterior. Casas de no más de dos alturas,
donde los trabajadores, comerciantes de tres al cuarto y parte de la guardia de
la ciudad pernoctaban en sus hogares junto a sus humildes familias.
La
alzada de la siguiente muralla, que cerraba el paso a la ciudadela, no media
más de seis metros. Lo suficiente, como para que los nobles, no viesen desde
sus vidrieras al pueblo llano en su día a día. Allí reinaba una paz casi
idílica. Los círculos de amplios jardines bordeaban enormes hileras de
mansiones y se iban reduciendo creando aros verdes, hasta una muralla, esta
vez, de más de veinte metros de altura donde el palacio Real quedaba oculto de
las miradas de los más pobres y de los más ricos. Aunque claro, dentro de
aquella colosal obra arquitectónica se encontraba el jardín real y en el
centro, el palacio de su Augusta majestad el Rey Drammel, Rey de Farlen y Capitán
General de todos los ejércitos del país. Un simple formalismo, ya que nunca en
su vida, había dado orden alguna a ninguno de sus cinco Generales.
Esa
noche, el Marqués del Canal, abría las puertas de su mansión a la alta
aristocracia de Ciudad Jardín y como siempre que había un evento de esa
importancia, Daemos, había sido invitado.
Daemos
se encontraba junto al cuarteto de cuerda que amenizaba la velada. Tres mujeres
tocando refinados y pulidos violines y un hombre de gran tamaño que tocaba, con
unas enormes manos un violonchelo, que a su lado bien podría haber sido un
cuarto violín. Una enorme chimenea de mármol blanco con remates dorados,
servía, en aquella ocasión como barra improvisada para el inmortal, sobre su
cabeza habían dos intimidantes lanzas ceremoniales cruzadas una sobre la otra.
A su lado, de forma fantasmagórica, una preciosa princesa, de cientos de años
de antigüedad, bailaba desinhibida, jugueteando con un abanico de nácar y seda,
alrededor de su carcelero.
—
Te agradezco tanto este detalle, amo —dijo
alegremente, aunque en su rostro solo se podía leer el dolor de estar cientos
de años sin pasar al otro lado.
—
Disfruta querida, no todos los días son juerga
y algarabía —contesto sonriente Daemos. Desde que había decidido ser mejor
persona, incluso sus reos, parecían disfrutar de cierta felicidad. ¿Cuánto
hacia que no torturaba a nadie?. A veces se preguntaba, si podría volver a ser
aquella persona sin remordimientos.
—
Hay te equivocas amo, estar vivo es ya un baile
y una juerga diaria. Y siendo que pareces, cambiado… ¿No podríamos renegociar
mi contrato?
—
Me temo que no, querida.
—
Pero… ¿No crees que es cruel mantenerme así?,
Ahora que pareces buena persona, tal vez podíamos aplicar alguna cláusula…
—
No. Disfruta, o si lo prefieres te mando de
vuelta. No es que prefiera la compañía de Jarol…
—
Ese rey engreído —escupió la princesa de
sangre.
—
Ese rey engreído no mató a toda una ciudad.
Querida, por mucho que quieras endulzar tú imagen con esa magnífica sonrisa, tú
y yo sabemos que eres una verdadera hija de puta.
—
No hacía falta ofender —Dijo arqueando sus
labios — tenía una buena razón.
—
Si, querías se reina antes que tus hermanos,
hermanas y toda la línea sucesoria, incluso sus hijos recién nacidos.
—
Yo hubiese sido mejor reina, y lo sabes.
—
Si tu lo dices…
—
Por que noto ese rin tintín en tu voz.
—
¡Quemaste el puto castillo! — la gente
alrededor se giró mirándolo como si estuviese loco. Y tal vez lo estuviese.
—
Vale, vale. No hace falta ponerse violento
querido. Es solo que pensaba que quinientos años era ya una condena excesiva.
—
¿Excesiva?, Obligaste a las madres a cortar el
cuello a sus maridos con tal de salvar la vida de sus hijos.
—
Eso es cierto.
—
Después distes de comer a los perros a sus
hijos.
—
Si bueno, hay tal vez se me fue de las manos.
—
Y después las quemaste vivas, ¡vivas!
—
¿y acaso tú eres mejor que yo?, Engañando a la
gente para luego retener sus almas, ¡por todo la eternidad!
—
Yo no engañó a nadie, vosotros solitos aceptáis
las condiciones, es vuestra arrogancia y vuestra codicia quién os mantienen
aquí.
—
Pero tienes el poder de dejarnos ir y no lo
haces.
—
Claro que no, querida, no hay nada más sagrado
que un contrato.
La
sala enmudeció, el sonido de unos de los violines del cuarteto, fallo una nota
dejándola estridente en el aire. Todos se giraron hacia la puerta por la que se
entraba a la sala del cóctel. Una anciana, menuda y de cabellos blancos entro con
paso firme, haciendo resonar sus botas de montar por el pulido mármol, su
vestimenta negra e intimidante en medio de aquel caos de sedas tintadas denotaba
peligrosidad. Las nobles, giraban sus mustias caras ante aquella falta de
decoro y por cierto pavor ante su mera presencia.
Aquella
mujer desprendía sus energías negativas por toda la sala escupía magia negra
por todos sus poros. Daemos sonrió al ver que se dirigía directamente hacia él.
La Dama Negra era una grata compañía, la fiesta parecía animarse.
—
Ponme un licor fuerte, guapetón — dijo la mujer
dando una palmada en el culo al mayordomo del Marqués.
—
He aquí a la mismísima Dama Negra, ¿a que debo
este placer? — Daemos hizo una reverencia teatral demasiado recargada.
—
Maldito estúpido, siempre con tus
excentricidades —masculló La Dama.
—
Pero soy el excéntrico que más amas.
—
Eso te gustaría guapito, sabes que tengo que
aguantarte por tú maldito contrato, si no ya te habría cortado el cuello
—Daemos hizo un gesto con la mano, a modo de cuchillo por su gaznate de manera
teatral.
—
Eso y que soy inmortal —añadió con su mejor
sonrisa.
—
Eso habría que verlo. Hay artes oscuros capaces
de las mejores delicias — dijo la anciana chupándose los labios.
—
Yo, soy las artes oscuras, mi señora —la
anciana tenso las cejas y sus ojos se hicieron dos líneas ante aquél título— y
ahora — Daemos miro por encima de la mujer en dirección al mayordomo, que
corría por la sala con un vaso de licor — brindemos por los negocios — la mujer
cogió su vaso y volvió a dar otro cachete al asustado mayordomo.
Durante
varias horas y muchos licores, La Dama le contó, que su mejor asesina estaba
siendo perseguida por la misma Orden que ella regentaba. Que la muy traidora:
ya había sembrado tres ciudades con sus hermanos y hermanas. Daemos, inmune al
Licor, escuchaba a su amiga relatar que clase de mujer era esa asesina tan
prestigiosa. Y si no se equivocaba, aquel problema era más peliagudo de lo que
la madre de Asesinos pensaba.
Una
Sombra no era una mera herramienta. Una Sombra era un ser nacido antes que el
tiempo, antes incluso que él. Una energía creada de la oscuridad absoluta y que
llevaba vagando eones por el cosmos, viajando de planeta en planeta, usurpando
a seres como un parásito. Y si una Sombra se aferraba a un planeta no cejaba
hasta dejarlo vacío, hueco, muerto. Daemos, en toda su vida solo había tenido
que lidiar con una, y no fue nada fácil acabar con ella.
Y si
algo era inmejorable para que una Sombra se volviese completamente loca, era
tener a cientos de Asesinos tocándole las narices.
—
Detenlo ya— interrumpió Daemos a Dama, que se
quedó mascullando algo mientras se callaba del todo.
—
No puedo… —dijo tras varios segundo.
—
Eres La Dama, tú tienes el poder para hacer y
deshacer todo en la orden.
—
No es tan fácil guapito, esa bastarda a matado
padres, hijos y hermanos. Toda la Orden está más unida que nunca. Si yo dijese
lo contrario…, podría ser contraproducente. Muchos ansían mi puesto. Y una cosa
así me pondría una diana demasiado gratuita en la espalda.
—
No sabes a qué te enfrentas, a que estás
enfrentado al mundo entero.
—
¿Acaso crees que la orden es un simple agujero
de víboras?, Tenemos el poder por nuestro conocimiento, sabemos perfectamente a
que nos enfrentamos y precisamente por eso, debemos destruirla.
—
Maldita egoísta, esto es más grande que tú y
que yo, incluso que tú ridícula orden de hombrecillos encapuchados. Esto tiene
un calado apocalíptico. ¡Debes pararlo ahora mismo!
—
No pu…
La cabeza
de la Dama se ladeó torciendo el gesto y cayó rondando entre los pies de
Daemos. Cuando él cuerpo cayó de lado, profiriendo chorros de sangre hasta el
techo decorado con obras de arte; Daemos se dio por primera vez cuenta, de que
el resto de invitados estaba en un solo lado de la sala. Una mujer de piel
oscura y capucha de asesina blandía dos sables ensangrentados. Sus ojos, color
ámbar le miraban llenos de dolor.
Era
buena, jodidamente buena. Había aparecido en el resquicio más absurdo, de una
ínfima sombra creada, por una vela apagada en una de las lámparas de araña.
Aquello no iba a ser un trabajo sencillo. Aquella mujer estaba casi consumida
por aquél ser. Si seguía exponiéndose a ese poder, acabaría sucumbiendo y
desapareciendo en su propia mente.
—
Hostia puta —susurro la Princesa de sangre—
otro contrató cumplido.
Daemos
salto hacia atrás y agarró una de las lanzas de encima de la chimenea. Maldijo
para sí. Parecía mentira que a su edad, aún no fuese armado a ese tipo de
eventos. Sin su espada, era completamente imposible acabar con aquél ser. Solo
aquel acero sagrado podía rivalizar con un ser como la Sombra.
—
Mátala, niñato a que esperas — La Dama había
aparecido justo donde estaba su cuerpo. Fantasmagórica, aún daba más respeto
mirarla.
—
Ahora cállate, está trabajando —le ordenó la
Princesa de Sangre. La anciana la miró de arriba abajo con mala cara.
—
Cierra el pico maldita zorra. ¿Quién coño eres
tú?, Por cierto.
—
Soy La Princesa de…
—
Cerrar el puto pico las dos, ¡joder! —ordeno
Daemos con su rostro juvenil endurecido, bajo su refinado traje se tensaron
todos sus músculos.
—
No tengo nada contra ti — aseguró la asesina
—si quieres vivir no me sigas. Di a la Orden que acabaré con todos ellos si es
necesario. Dejadme tranquila.
Valla,
aquello si que era una sorpresa. Aquella mujer aún mantenía un control tan
absoluto que podía eliminar el ansia de sangre. Tal vez aun había tiempo de
parar todo aquello.
—
Tenemos que hablar —dijo Daemos dejando caer su
lanza junto al pie a modo de buena fe, por supuesto Daemos era capaz de
recuperarla con un simple juego de pies.
—
No… me… sigas —la voz de la mujer dejaba claro
que no había dos opciones.
—
Tengo que hablar contigo.
En un
abrir y cerrar de ojos la mujer desapareció.
—
Mierda, se va a escapar — grazno La Dama— acaso
no eras tan poderoso, ¡mátala!, ¡mátala!
—
Cállate vieja chocha, sabe lo que se hace — La
Princesa de Sangre abrazo el brazo de su amo haciéndole carantoñas.
—
Callaos las dos — miro a ambos fantasmas
enfurecido — al foso.
—
No… — los hombros de la Princesa cayeron a
peso.
—
¿Qué mierda eso del foso…?
Ambas
mujeres se esfumaron dejando solo a Daemos. Estaba molesto con aquellos
calcáreos, pero tenían razón, no podía dejarla escapar. No, sabiendo que aún
podía solucionar ese trance de manera pacífica.
Daemos
cerró los ojos, se concentró y rápidamente abrió su tercer ojo, su verdadero
ojo, con el podía ver mucho más, veía auras, luces y sombras de las personas de
a su alrededor. Así seleccionaba a sus contratantes. Enseguida vio el camino
que estaba recorriendo la mujer encapuchada.
Caminar
con aquella visión era cambiar por completo de realidad. La herrumbre parecía
devorarlo todo. Un escudo natural contra algunos seres feéricos al que el
hierro le resulta venenoso. Parecía estar buceando en un lago de aguas tranquilas.
No quedaba duda de cuál era el rastro de la Sombra, el suelo quedaba tiznado de
negro, una especie de líquido que pudría la superficie emponzoñando todo a su
paso.
Ese
veneno debilitaba ambas realidades, aunque en la común, no pudiese verse el
desastre que estaba creando aquella asesina. Tal vez, la vía pacífica no iba a
ser una primera opción, tenía que detener aquello.
—
Jarol —pensó Daemos para reclamar al fantasma
del Rey.
—
Si amo —contesto rápidamente, Jarol no lo
reconocería nunca, pero en el fondo, vivir de aquella manera no le parecía
demasiado mal.
—
Debes ir a mi mansión y traer mi espada.
—
¿Esa espada que puede matarte?
—
Si — Daemos se estremeció, usar esa espada le
acercaba más a su muerte.
—
Como deseé amo —dio dos pasos y las cadenas
rascaron el mármol—iría más rápido sin cadenas amo.
—
Tu y yo sabemos que no pesan, déjate de
gilipolleces y corre todo lo que puedas.
—
Pero…
Daemos
chasqueó los dedos y las cadenas que tanta discusión había creado durante miles
de años desaparecieron. Jarol se miró las muñecas, se las acarició sonriente y
después su rostro se volvió furioso.
—
¿Y ya está?, ¿Solo tenías que chasquear los
putos dedos?
—
¡Jarol!, ¡Necesito seguir a esa sombra! Si no
quieres volver a conocer mi cólera corre.
—
¿Una Sombra?
Los
ojos de Jarol se abrieron como platos, pocos conocían aquella historia como
ellos dos. Como una exhalación salió atravesando la pared. Daemos se dio cuenta
de que toda la nobleza lo miraban asustados, llevaba un buen rato hablando con
fantasmas frente al cadáver de una de ellos. Solo que nadie más veía a sus
interlocutores.
Hasta
ese momento no se había dado cuenta de que su mejor traje estaba completamente
arruinado por la sangre de Dama. Se arrancó la chaqueta. Maldita bastarda,
gruño.
Ahora
le tocaba mancharse algo más que la chaqueta. Con paso decidido y amplias
zancadas salió de casa del Marqués siguiendo su presa. La puerta estaba
sembrada de cadáveres con armaduras.
El
emponzoñamiento del suelo le marcaba el rastro. Se dirigía a los anillos
exteriores, si la lucha tenía lugar en ese lugar, mucha gente podía quedar
muerta o herida. No había tiempo que perder. Silbó a su montura, el destrero,
apareció casi en el acto, aunque en la realidad común, Galo, era un equino de
belleza sin parangón, en la realidad oscura, era muy diferente. Su cuerpo
estaba desgarrado por multitud de partes, en esos jirones de piel y carne
arrancada el esqueleto desprendía un fuerte fuego interior. No había caballo
más leal y más poderoso en ningún plano de la realidad. Pero ese era otro contrató
que no venía al caso.
Al
galope cruzó el amplio jardín, el césped arrojado al aire desde los poderosos
cascos de Galo. El viento soplando en su rostro. Daemos se sentía como hacía
siglos, fuerte, poderoso, indestructible.
De la
nada apareció la mujer encapuchada en medio del camino, se convirtió en una
neblina oscura y Daemos lo atravesó sin poder detenerse. Mil cuchillas rasgaron
su piel, al llegar al otro lado no era más que una gran mancha de sangre y
huesos. El dolo era atroz. Todo su cuerpo estaba destrozado. Le había pillado
desprevenido, pero aquello, no volvería a pasar. Poco a poco se fue
regenerando, la encapuchada escupió al suelo y volvió a desaparecer. Daemos
examinó al caballo. Ni una sola herida, sonrió aliviado.
Aquello
iba a doler mucho, pero iba a ser muy interesante enfrentarse a algo tan
poderoso como aquella encapuchada. Estiró de las riendas y Galo se encabrito.
La caza continuaba.

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