Leyendas Muertas: Capítulo 7 otro contrató cumplido



Ciudad Jardín, era la urbe más hermosa de todo Farlen, sus murallas, antaño asediadas, por los brutales ataques del pueblo Khrolento, ahora rebosaban de enredaderas y de una paz que duraba ya más de un siglo. Sus quince metros de alzada, le habían garantizado una seguridad defensiva que aún se entonaban en multitud de canciones. Tras ella, la ciudad se dibujaba en un círculo perfecto donde un bosque de pinos que había sido repoblado en lo que un día, fueron explanadas de maniobras y reunión de los ejércitos defensivos, acabando en otro círculo, dibujado por un canal solamente vadeable por cuatro enormes puentes de piedra. Uno por cada punto cardinal, y por cada puerta de acero que sellaba las defensas de la ciudad.

Tras aquellos puentes de roca blanca y decorados con esbeltas estatuas de antiguos regentes, comenzaba la ciudad en si. Un manto de tejados rojizos, chimeneas humeantes y para ser sincero, cierto olor a animal cerrado. Fraguas, forjas y carpinterías, copaban la línea más exterior. Casas de no más de dos alturas, donde los trabajadores, comerciantes de tres al cuarto y parte de la guardia de la ciudad pernoctaban en sus hogares junto a sus humildes familias.

La alzada de la siguiente muralla, que cerraba el paso a la ciudadela, no media más de seis metros. Lo suficiente, como para que los nobles, no viesen desde sus vidrieras al pueblo llano en su día a día. Allí reinaba una paz casi idílica. Los círculos de amplios jardines bordeaban enormes hileras de mansiones y se iban reduciendo creando aros verdes, hasta una muralla, esta vez, de más de veinte metros de altura donde el palacio Real quedaba oculto de las miradas de los más pobres y de los más ricos. Aunque claro, dentro de aquella colosal obra arquitectónica se encontraba el jardín real y en el centro, el palacio de su Augusta majestad el Rey Drammel, Rey de Farlen y Capitán General de todos los ejércitos del país. Un simple formalismo, ya que nunca en su vida, había dado orden alguna a ninguno de sus cinco Generales.

Esa noche, el Marqués del Canal, abría las puertas de su mansión a la alta aristocracia de Ciudad Jardín y como siempre que había un evento de esa importancia, Daemos, había sido invitado.

Daemos se encontraba junto al cuarteto de cuerda que amenizaba la velada. Tres mujeres tocando refinados y pulidos violines y un hombre de gran tamaño que tocaba, con unas enormes manos un violonchelo, que a su lado bien podría haber sido un cuarto violín. Una enorme chimenea de mármol blanco con remates dorados, servía, en aquella ocasión como barra improvisada para el inmortal, sobre su cabeza habían dos intimidantes lanzas ceremoniales cruzadas una sobre la otra. A su lado, de forma fantasmagórica, una preciosa princesa, de cientos de años de antigüedad, bailaba desinhibida, jugueteando con un abanico de nácar y seda, alrededor de su carcelero.

—     Te agradezco tanto este detalle, amo —dijo alegremente, aunque en su rostro solo se podía leer el dolor de estar cientos de años sin pasar al otro lado.

—     Disfruta querida, no todos los días son juerga y algarabía —contesto sonriente Daemos. Desde que había decidido ser mejor persona, incluso sus reos, parecían disfrutar de cierta felicidad. ¿Cuánto hacia que no torturaba a nadie?. A veces se preguntaba, si podría volver a ser aquella persona sin remordimientos.

—     Hay te equivocas amo, estar vivo es ya un baile y una juerga diaria. Y siendo que pareces, cambiado… ¿No podríamos renegociar mi contrato?

—     Me temo que no, querida.

—     Pero… ¿No crees que es cruel mantenerme así?, Ahora que pareces buena persona, tal vez podíamos aplicar alguna cláusula…

—     No. Disfruta, o si lo prefieres te mando de vuelta. No es que prefiera la compañía de Jarol…

—     Ese rey engreído —escupió la princesa de sangre.

—     Ese rey engreído no mató a toda una ciudad. Querida, por mucho que quieras endulzar tú imagen con esa magnífica sonrisa, tú y yo sabemos que eres una verdadera hija de puta.

—     No hacía falta ofender —Dijo arqueando sus labios — tenía una buena razón.

—     Si, querías se reina antes que tus hermanos, hermanas y toda la línea sucesoria, incluso sus hijos recién nacidos.

—     Yo hubiese sido mejor reina, y lo sabes.

—     Si tu lo dices…

—     Por que noto ese rin tintín en tu voz.

—     ¡Quemaste el puto castillo! — la gente alrededor se giró mirándolo como si estuviese loco. Y tal vez lo estuviese.

—     Vale, vale. No hace falta ponerse violento querido. Es solo que pensaba que quinientos años era ya una condena excesiva.

—     ¿Excesiva?, Obligaste a las madres a cortar el cuello a sus maridos con tal de salvar la vida de sus hijos.

—     Eso es cierto.

—     Después distes de comer a los perros a sus hijos.

—     Si bueno, hay tal vez se me fue de las manos.

—     Y después las quemaste vivas, ¡vivas!

—     ¿y acaso tú eres mejor que yo?, Engañando a la gente para luego retener sus almas, ¡por todo la eternidad!

—     Yo no engañó a nadie, vosotros solitos aceptáis las condiciones, es vuestra arrogancia y vuestra codicia quién os mantienen aquí.

—     Pero tienes el poder de dejarnos ir y no lo haces.

—     Claro que no, querida, no hay nada más sagrado que un contrato.

La sala enmudeció, el sonido de unos de los violines del cuarteto, fallo una nota dejándola estridente en el aire. Todos se giraron hacia la puerta por la que se entraba a la sala del cóctel. Una anciana, menuda y de cabellos blancos entro con paso firme, haciendo resonar sus botas de montar por el pulido mármol, su vestimenta negra e intimidante en medio de aquel caos de sedas tintadas denotaba peligrosidad. Las nobles, giraban sus mustias caras ante aquella falta de decoro y por cierto pavor ante su mera presencia.

Aquella mujer desprendía sus energías negativas por toda la sala escupía magia negra por todos sus poros. Daemos sonrió al ver que se dirigía directamente hacia él. La Dama Negra era una grata compañía, la fiesta parecía animarse.

—     Ponme un licor fuerte, guapetón — dijo la mujer dando una palmada en el culo al mayordomo del Marqués.

—     He aquí a la mismísima Dama Negra, ¿a que debo este placer? — Daemos hizo una reverencia teatral demasiado recargada.

—     Maldito estúpido, siempre con tus excentricidades —masculló La Dama.

—     Pero soy el excéntrico que más amas.

—     Eso te gustaría guapito, sabes que tengo que aguantarte por tú maldito contrato, si no ya te habría cortado el cuello —Daemos hizo un gesto con la mano, a modo de cuchillo por su gaznate de manera teatral.

—     Eso y que soy inmortal —añadió con su mejor sonrisa.

—     Eso habría que verlo. Hay artes oscuros capaces de las mejores delicias — dijo la anciana chupándose los labios.

—     Yo, soy las artes oscuras, mi señora —la anciana tenso las cejas y sus ojos se hicieron dos líneas ante aquél título— y ahora — Daemos miro por encima de la mujer en dirección al mayordomo, que corría por la sala con un vaso de licor — brindemos por los negocios — la mujer cogió su vaso y volvió a dar otro cachete al asustado mayordomo.

Durante varias horas y muchos licores, La Dama le contó, que su mejor asesina estaba siendo perseguida por la misma Orden que ella regentaba. Que la muy traidora: ya había sembrado tres ciudades con sus hermanos y hermanas. Daemos, inmune al Licor, escuchaba a su amiga relatar que clase de mujer era esa asesina tan prestigiosa. Y si no se equivocaba, aquel problema era más peliagudo de lo que la madre de Asesinos pensaba.

Una Sombra no era una mera herramienta. Una Sombra era un ser nacido antes que el tiempo, antes incluso que él. Una energía creada de la oscuridad absoluta y que llevaba vagando eones por el cosmos, viajando de planeta en planeta, usurpando a seres como un parásito. Y si una Sombra se aferraba a un planeta no cejaba hasta dejarlo vacío, hueco, muerto. Daemos, en toda su vida solo había tenido que lidiar con una, y no fue nada fácil acabar con ella.

Y si algo era inmejorable para que una Sombra se volviese completamente loca, era tener a cientos de Asesinos tocándole las narices.

—     Detenlo ya— interrumpió Daemos a Dama, que se quedó mascullando algo mientras se callaba del todo.

—     No puedo… —dijo tras varios segundo.

—     Eres La Dama, tú tienes el poder para hacer y deshacer todo en la orden.

—     No es tan fácil guapito, esa bastarda a matado padres, hijos y hermanos. Toda la Orden está más unida que nunca. Si yo dijese lo contrario…, podría ser contraproducente. Muchos ansían mi puesto. Y una cosa así me pondría una diana demasiado gratuita en la espalda.

—     No sabes a qué te enfrentas, a que estás enfrentado al mundo entero.

—     ¿Acaso crees que la orden es un simple agujero de víboras?, Tenemos el poder por nuestro conocimiento, sabemos perfectamente a que nos enfrentamos y precisamente por eso, debemos destruirla.

—     Maldita egoísta, esto es más grande que tú y que yo, incluso que tú ridícula orden de hombrecillos encapuchados. Esto tiene un calado apocalíptico. ¡Debes pararlo ahora mismo!

—     No pu…

La cabeza de la Dama se ladeó torciendo el gesto y cayó rondando entre los pies de Daemos. Cuando él cuerpo cayó de lado, profiriendo chorros de sangre hasta el techo decorado con obras de arte; Daemos se dio por primera vez cuenta, de que el resto de invitados estaba en un solo lado de la sala. Una mujer de piel oscura y capucha de asesina blandía dos sables ensangrentados. Sus ojos, color ámbar le miraban llenos de dolor.

Era buena, jodidamente buena. Había aparecido en el resquicio más absurdo, de una ínfima sombra creada, por una vela apagada en una de las lámparas de araña. Aquello no iba a ser un trabajo sencillo. Aquella mujer estaba casi consumida por aquél ser. Si seguía exponiéndose a ese poder, acabaría sucumbiendo y desapareciendo en su propia mente.

—     Hostia puta —susurro la Princesa de sangre— otro contrató cumplido.

Daemos salto hacia atrás y agarró una de las lanzas de encima de la chimenea. Maldijo para sí. Parecía mentira que a su edad, aún no fuese armado a ese tipo de eventos. Sin su espada, era completamente imposible acabar con aquél ser. Solo aquel acero sagrado podía rivalizar con un ser como la Sombra.

—     Mátala, niñato a que esperas — La Dama había aparecido justo donde estaba su cuerpo. Fantasmagórica, aún daba más respeto mirarla.

—     Ahora cállate, está trabajando —le ordenó la Princesa de Sangre. La anciana la miró de arriba abajo con mala cara.

—     Cierra el pico maldita zorra. ¿Quién coño eres tú?, Por cierto.

—     Soy La Princesa de…

—     Cerrar el puto pico las dos, ¡joder! —ordeno Daemos con su rostro juvenil endurecido, bajo su refinado traje se tensaron todos sus músculos.

—     No tengo nada contra ti — aseguró la asesina —si quieres vivir no me sigas. Di a la Orden que acabaré con todos ellos si es necesario. Dejadme tranquila.

Valla, aquello si que era una sorpresa. Aquella mujer aún mantenía un control tan absoluto que podía eliminar el ansia de sangre. Tal vez aun había tiempo de parar todo aquello.

—     Tenemos que hablar —dijo Daemos dejando caer su lanza junto al pie a modo de buena fe, por supuesto Daemos era capaz de recuperarla con un simple juego de pies.

—     No… me… sigas —la voz de la mujer dejaba claro que no había dos opciones.

—     Tengo que hablar contigo.

En un abrir y cerrar de ojos la mujer desapareció.

—     Mierda, se va a escapar — grazno La Dama— acaso no eras tan poderoso, ¡mátala!, ¡mátala!

—     Cállate vieja chocha, sabe lo que se hace — La Princesa de Sangre abrazo el brazo de su amo haciéndole carantoñas.

—     Callaos las dos — miro a ambos fantasmas enfurecido — al foso.

—     No… — los hombros de la Princesa cayeron a peso.

—     ¿Qué mierda eso del foso…?

Ambas mujeres se esfumaron dejando solo a Daemos. Estaba molesto con aquellos calcáreos, pero tenían razón, no podía dejarla escapar. No, sabiendo que aún podía solucionar ese trance de manera pacífica.

Daemos cerró los ojos, se concentró y rápidamente abrió su tercer ojo, su verdadero ojo, con el podía ver mucho más, veía auras, luces y sombras de las personas de a su alrededor. Así seleccionaba a sus contratantes. Enseguida vio el camino que estaba recorriendo la mujer encapuchada.

Caminar con aquella visión era cambiar por completo de realidad. La herrumbre parecía devorarlo todo. Un escudo natural contra algunos seres feéricos al que el hierro le resulta venenoso. Parecía estar buceando en un lago de aguas tranquilas. No quedaba duda de cuál era el rastro de la Sombra, el suelo quedaba tiznado de negro, una especie de líquido que pudría la superficie emponzoñando todo a su paso.

Ese veneno debilitaba ambas realidades, aunque en la común, no pudiese verse el desastre que estaba creando aquella asesina. Tal vez, la vía pacífica no iba a ser una primera opción, tenía que detener aquello.

 

—     Jarol —pensó Daemos para reclamar al fantasma del Rey.

—     Si amo —contesto rápidamente, Jarol no lo reconocería nunca, pero en el fondo, vivir de aquella manera no le parecía demasiado mal.

—     Debes ir a mi mansión y traer mi espada.

—     ¿Esa espada que puede matarte?

—     Si — Daemos se estremeció, usar esa espada le acercaba más a su muerte.

—     Como deseé amo —dio dos pasos y las cadenas rascaron el mármol—iría más rápido sin cadenas amo.

—     Tu y yo sabemos que no pesan, déjate de gilipolleces y corre todo lo que puedas.

—     Pero…

Daemos chasqueó los dedos y las cadenas que tanta discusión había creado durante miles de años desaparecieron. Jarol se miró las muñecas, se las acarició sonriente y después su rostro se volvió furioso.

—     ¿Y ya está?, ¿Solo tenías que chasquear los putos dedos?

—     ¡Jarol!, ¡Necesito seguir a esa sombra! Si no quieres volver a conocer mi cólera corre.

—     ¿Una Sombra?

Los ojos de Jarol se abrieron como platos, pocos conocían aquella historia como ellos dos. Como una exhalación salió atravesando la pared. Daemos se dio cuenta de que toda la nobleza lo miraban asustados, llevaba un buen rato hablando con fantasmas frente al cadáver de una de ellos. Solo que nadie más veía a sus interlocutores.

Hasta ese momento no se había dado cuenta de que su mejor traje estaba completamente arruinado por la sangre de Dama. Se arrancó la chaqueta. Maldita bastarda, gruño.

Ahora le tocaba mancharse algo más que la chaqueta. Con paso decidido y amplias zancadas salió de casa del Marqués siguiendo su presa. La puerta estaba sembrada de cadáveres con armaduras.

El emponzoñamiento del suelo le marcaba el rastro. Se dirigía a los anillos exteriores, si la lucha tenía lugar en ese lugar, mucha gente podía quedar muerta o herida. No había tiempo que perder. Silbó a su montura, el destrero, apareció casi en el acto, aunque en la realidad común, Galo, era un equino de belleza sin parangón, en la realidad oscura, era muy diferente. Su cuerpo estaba desgarrado por multitud de partes, en esos jirones de piel y carne arrancada el esqueleto desprendía un fuerte fuego interior. No había caballo más leal y más poderoso en ningún plano de la realidad. Pero ese era otro contrató que no venía al caso.

Al galope cruzó el amplio jardín, el césped arrojado al aire desde los poderosos cascos de Galo. El viento soplando en su rostro. Daemos se sentía como hacía siglos, fuerte, poderoso, indestructible.

De la nada apareció la mujer encapuchada en medio del camino, se convirtió en una neblina oscura y Daemos lo atravesó sin poder detenerse. Mil cuchillas rasgaron su piel, al llegar al otro lado no era más que una gran mancha de sangre y huesos. El dolo era atroz. Todo su cuerpo estaba destrozado. Le había pillado desprevenido, pero aquello, no volvería a pasar. Poco a poco se fue regenerando, la encapuchada escupió al suelo y volvió a desaparecer. Daemos examinó al caballo. Ni una sola herida, sonrió aliviado.

Aquello iba a doler mucho, pero iba a ser muy interesante enfrentarse a algo tan poderoso como aquella encapuchada. Estiró de las riendas y Galo se encabrito. La caza continuaba.

 

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