La Gran Batalla: acto 3, escena 1 a la brasa


Cuando el Cabo llegó, tenía una pinta desoladora. Manchando de sangre y polvo, un brazo, colgando, sus pasos erráticos; pero una sonrisa dolorosa en su rostro mientras alzaba un pequeño cuaderno. Unos metros antes de llegar, cayó de rodillas y quedó tendido en el suelo. Aún respiraba, débilmente. Estaba inconsciente. 

El General mando postrarlo sobre un carro, unos niños lavaron su rostro, sus manos. El pobre había llegado a su tope. 

El General recogió del suelo el cuaderno.Estaba lleno de planos y esquemas. Toda la ciudad, estaba dibujada por tramos allí, tal vez algunos no lo hubiesen entendido, pero el General, harto de mirar la ciudad, desde la ventana de su pacífico despacho, no tardó en descubrir que conocía perfectamente cada vista de pájaro. 

El problema, no tenía ni idea, a qué demonios se referían las ideas anotadas. Eran un barullo de letras mal escritas. Necesitaba saber si aquel chico entendía algo de lo que allí ponía, o no habría valido para nada su esfuerzo.

Se acercó al joven, cogió un cubo de agua de uno de los barriles y lo lanzó sin muchos remordimientos por encima del joven, que saltó, como si Diana hubiese sonado en los cuarteles.

— Chico no hay tiempo para que duermas —le agarró de la cabeza.

— ¿Entiendes algo de esto?El cabo aún a medio espabilar, fue mirando uno a uno los bocetos. Giraba el cuaderno y según parecía, leía las acotaciones.

— Sí, mi General. Miré.

El Cabo Tuli le mostró el cuaderno. Señaló donde ellos estaban, las calles colindantes, las habían marcado con algo parecido a unas empalizadas. Formando un corredor directo a la plaza del mercado. Aquello, era una ratonera. Ya que desde hacía años, aquella plaza solo tenía una entrada y se encontraba rodeada de altos edificios de cuatro plantas, también era conocido el lugar como la Plaza de las Ventanas. Había cientos, cientos de ventanas que según el Capitán servirían de almenas improvisadas. En el centro, donde era aún más honda, debido a una simulación de gradas de las antiguas culturas, marcaba una X, la idea era juntar al enemigo en esa cruz, cerrar la callejuela de salida y rociar de aceite y fuego todo lo que quedase dentro.

— Por ahora me sirve chico, corre, prepara esas empalizadas y que los hombres tomen esas ventanas — señaló con su dedo acerado en círculos— y esos tejados. Que comiencen a acarrear el aceite a los tejados y que otros preparen las antorchas.

— Así se ara mi señor.

— Espera, Cabo —el chico giró sobre sus talones— te debo una ronda en la taberna.

— Pienso cobrármela señor. No muera.

Los gritos del chico movilizaron a sus hombres. En segundos habían desaparecido en busca de más madera. El cabo proseguía su camino, renqueando hacia el final de la vía y Plaza de las Ventanas.

Ahí va un héroe, rezó el General.

— Mejor no se lo diga— dijo un Zapador que pasaba a toda velocidad por su lado con un serrucho enorme.

De vuelta al frente, los licántropos continuaban siendo masacrados, aquel laberinto estaba haciendo un papel impresionante. Los arqueros mataban a los hombres lobos por cientos. Pequeños niños, corrían de lado a lado, por encima de los tejados portando más y más flechas de las armerías. 

Por esto somos los más poderosos. Nada nos detiene.

El General comenzó a hacer retroceder el ejército. A obligarlos a redirigirse a calles secundarias. A que taponaran, como fuese toda posible vía de escape. Era hora de contar con la suerte y al igual que aquellos seres no eran capaces de atravesar el laberinto de estacas, que se viesen cegados en su avance en recto hasta la trampa.

A los arqueros de retaguardia los guío a sus nuevas posiciones dentro de aquellos edificios. Tan solo, los más cercanos a la muralla, se quedaron para seguir entreteniendo a los licántropos. Después, tenía que contar, que correrían tan rápido como pudieran.

Las órdenes volaban arriba y debajo de los edificios. Los hombres de manera ejemplar ocupan sus nuevas posiciones. Los niños de los tejados ahora cargaban las flechas en la dirección opuesta. Los zapadores creaban tapones en las entradas de las calles. 

Pero necesitaban algo muy, muy grande para sellar la plaza una vez, el enemigo, estuviese dentro.Al llegar a la plaza, el cabo observaba los dos grandes torreones que reinaba cada esquina. Antaño, puestos de vigía fuera de la muralla. De roca sólida y tan altos como la muralla actual. Parecía hacer cálculos.

— Tenemos un problema Cabo.

— Tenemos que taponar la salida, señor —El General asintió sorprendido de la anticipación de un simple Cabo.

— ¿Pero cómo?, dime, ¿Qué piensas?.

— Señor estás torres. Si pudiésemos hundir ambas, a cierta altura, los cascotes aplastarían a muchos enemigos y generaría una barrera.

— Es buena idea, pero… ¿Cómo coño piensas hacerlo?

— Eso déjemelo a mí. Intente que no hallan hombres dentro o cerca. Y prepárese para algo muy grande.

El chico salió a la carrera. Ya no parecía recordar que su cuerpo estaba hecho una mierda. El General tuvo que reconocer que aquellos hombres, tan tercos, valían su peso en oro, aunque no respetasen para nada los protocolos del ejército. Tras el cabo, cuatro hombres le siguieron.

Al principio de la calle, la muerte seguía siendo continua, ¿cuántos monstruos de esos podían mandar?

Un movimiento en una almena, llamo su atención. Era un banderín amarillo, era una señal. Aquel valiente, advertía de que esa era la última oleada. 

Que los dioses nos bendigan.

A la carrera subió hasta uno de los tejados que quedaba al otro lado de la plaza. Se arrodilló y esperó mientras seguía dando órdenes a sus hombres. 

Los últimos arqueros comenzaron a correr hacia la plaza. La empalizada había sido convertida en cenizas. Vio volver al Cabo y sus hombres, entrar en los torreones y cerrar las puertas. 

La calle del Baluarte Oeste se sembró de pelaje negro y gris. Los enemigos avanzaban con lentitud. Sin saber cómo actuar. Nerviosos como animales hacía el matadero. Miraban las intersecciones. Pero no parecían atreverse a saltar aquellas barreras. Su avance era continuo. Y un segundo después, se quedaron parados. 

Mierda. Seguir hijos de perra.

Los Licántropos parecían estar pensando que hacer. Y eso era malo, muy malo. Se alzó sobre el tejado y comenzó a gritar. Pero debía estar demasiado lejos como para que lo vieran. 

De una callejuela salieron dos bultos. 

¿Eran…? ¡Joder que hacen esos niños ahí!

Los niños lanzaron algo a los monstruos y un fogonazo prendió fuego parte de la primera línea enemiga. Cómo dos ratones, delante de un gato, comenzaron a correr hacia la plaza. Uno parecía llevar una caja, el segundo, con una antorcha, lanzaba aquellos explosivos por encima de su cabeza sin dejar de correr. 

Los Licántropos estaban rabiosos, iracundos. Aullaban, gruñían, saltaban dando zarpazos. Los niños eran increíblemente rápidos. Una vez más cerca, descubrió por sus ropajes roídos que debían ser niños de la calle, huérfanos, raterillos. Y ahora que los monstruos los seguían, Héroes. Y para más sorpresa, en sus rostros había dibujada una amplia sonrisa. 

— Lanzar dos sogas, quiero a esos niños fuera de ahí lo más rápido posible. 

Los niños cruzaron la plaza, lanzando su último artefacto y a un lado la caja y la antorcha. Las sogas cayeron frente a ellos y cuando los niños se agarraron, cinco hombres, los subieron a una velocidad de vértigo, mientras los licántropos, intentaban hacerse con ellos. 

Las flechas comenzaron a aplacar los ánimos de los monstruos. 

¡Bom, bom!

Las torres a una altura media, explotaron casi a la vez. Los cascotes iniciales aplastaron a los últimos licántropos en entrar a la plaza y como árboles medio talados. Las torres crujieron, se balancearon hacia un lado y cayeron creando una alta pared de roca y maderas.El aceite cayó sobre las bestias, el General agarró de las manos de un soldado una antorcha encendida y la lanzó tan lejos como pudo. 

Cuando el aceite llegó hasta ella, la plaza se convirtió en un gran asador.

El General miró durante buen rato hacia las torres caídas. De allí no parecía salir nadie, ¿Estaría vivo aquel Cabo?, ¿Habría hecho el mayor de los sacrificios?

Que los dioses te protejan.



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