Desde hacía años, los Magos del Sur, grandes estudiosos del arte bélico, solían proveer a Mercita, de todo tipo de armas. Ya que la posibilidad de probarlas, en un medio estratégico como la ciudad más asediada de la historia del mundo, era una gran ventaja.
Las perlas de Dragón era uno de esos artefactos, por desgracia, no quedaba ninguna para lo que el cabo, quería llevar a cabo en la plaza de las Ventanas. Pero eso no quería decir, que en aquel peligroso sitio no hubiese otro tipo de sorpresas.
— ¡Tú, Cascarrabias —le dijo Tuli al más veterano y cascarrabias del cuerpo de Zapadores!— Hacía décadas, que era el furriel de la compañía—, ¡necesito algo que pueda derruir las torres de guardias!
— ¿Estás loco? —El hombre le miró por encima de sus anteojos—. ¿Qué te piensas que es este lugar?, ¿Acaso crees que yo soy como esos Magos del…? —su rostro, arrugado, sonrió de oreja a oreja— Ven, creo que tenemos algo aquí que lleva siglos descartado. Ya estaba aquí cuando yo me aliste. Según el Capitán está totalmente prohibido su uso.
— Cascarrabias, el Capitán está muerto. Y si eso, puede hacer que nosotros no la diñemos, será perfecto.
— No te aseguro nada. Pero seguro que hace, ¡Boom! — dijo dando una palmada.
La caja estaba al final de almacén, tapada con una lona roída y llena de polvo. Su tamaño no llamaba demasiado la atención y en el interior, tan solo había cuatro extrañas bolas metálicas, aún, tan tantos años, guardaban un lustre perfecto. De cada pareja salía una cuerda de tres brazas.
— A ver… , aquí dice que son muy potentes, hay que prender la me… mecha, que debe ser esa cuerda…
— ¿y qué más? —Tuli intento mirar el libreto, pero la lectura, no estaba entre sus virtudes. Era capaz de leer, si le daban su tiempo. Tampoco era un inútil absoluto.
— … Corres zoquete, corres todo lo que puedas.
— Me las quedo —El rostro de Tuli se iluminó— Vamos, coger una cada uno— sus cuatro hombres lo miraron enfadados—, ¡yo estoy tullido! — los hombres, mal encarados, agarraron las dos bolas maldiciendo.
Debían de pesar lo suyo, ya que aquellos hombres, fuertes como toros, parecían resoplar. Si no fuese por el intenso dolor, que poco a poco, se iba instalando en su hombro destrozado, podría acostumbrarse a tener el mando. Seguramente había nacido para eso.
Ya me lo decía mi madre, pensó sonriente.
El plan, que entre los cinco idearon, o mejor dicho, que ideó Tuli, con algunos pequeños retoques de sus compañeros; era simple. Tuli entro en la primera torre seguido de una pareja de bolas. Subieron hasta el cuarto piso, y colocaron la bomba, pegada a la pared que bordeaba la vía del Baluarte Oeste. En el tercer piso, una antigua ventana, daba a los tejados de la Plaza. Uno de los fortachones, salió primero, un exceso de gente, para salir por aquella ventana podía ser … Contraproducente.
Tuli observaba desde un ventanuco que daba a la Vía del Baluarte y cuando vio, que los lobos caían en la trampa, dio la orden. Encendieron las mechas y todo comenzó a tomar velocidad.
El grandullón llegó primero, salto por la ventana y ni tan siquiera se preocupó de sí su mando, mermado de un brazo, necesitaba ayuda.
Tuli subió un pie al alféizar, se agarró con su mano buena del marco y con un fuerte impulso, se enderezó en la ventana. Tras él la explosión resonó como si un trueno hiciese crujir el cielo y el infierno a la vez.
La onda expansiva lo lanzó a más de seis metros por el aire. Cayó sobre el tejado y comenzó a rodar intentando agarrarse a las tejas. Las cuales, se escurrían de las puntas de sus dedos como agua en un arroyo. El corazón se le aceleró. El dolor, de arrastrarse por aquel tejado le estaba terminando de moler los huesos. No había manera de detener su avance hacia el vacío. Se giró sobre sí mismo, quería ver el cielo una vez más, el tejado se acabó y cayó al vacío.
Maldita suerte, espero que mi cara quede visible.
Justo debajo, había una amplia balconada. Cayó sobre una mesa, de dura piedra, y siguió mirando el cielo.
Hostia puta, estoy hecho una mierda. Comenzó a reír a carcajadas mientras todo el cuerpo se quejaba.Tenía los nervios a flor de piel.
Por la cornisa de arriba, se asomó la cabeza de su compañero. En sus ojos estaba el miedo de verlo descoyuntado tres pisos más abajo. Al encontrarlo, a tan solo unos metros, tirado sobre aquella mesa, su rostro pareció ser algo menos dura.
— ¿jefe, necesita ayuda?
— ¡Largo de aquí!, Te voy a patear el culo, bastardo, ¡casi me muero por tu puta culpa!
— ¿Entonces…, no necesita nada? — por un oído le había entrado y por el otro había salido.
— ¡Largo!
La cabeza desapareció del horizonte, el Cabo se levantó, los huesos parecían crujirle por todas partes. Le dolía la cabeza, los oídos, incluso los dientes. Por no hablar de todos los músculos del cuerpo.
Joder sí que cuesta esto de ser un héroe.
Sujetándose el hombro, en el que ya sufría un dolor bastante fuerte, pensó qué quedarse quieto, no era buena idea. Necesitaba seguir moviéndose. Tener el cuerpo caliente. Si sobrevivía, ya estaría tumbado el resto de su vida. Giro en redondo y vio su obra. Las torres que antes se alzaban muy por encima de aquella casa ahora estaban a la misma altura que él. El resto, ya no estaba. El polvo, ascendía de la Vía, lo había conseguido.
Entro en la casa rompiendo con una silla de piedra los postigos del ventanal. El silencio, allí dentro, era reconfortante y aunque aquella lujosa cama con dosel, le llamaba sutilmente, hizo de tripas corazón y siguió bajando por las escaleras.
Dentro de poco, tendré una de esas.
Un pequeño ruido, llamo su atención. Allí había algo. ¿Se abría colado allí dentro uno de esos bichos? Tragó saliva. Se movió lentamente y volvió a escuchar otra vez el suave sonido. No parecía un sonido peligroso, más bien parecía el sonido de algún imbécil que no había huido en los barcos.
Que los dioses te protejan, seas quien seas… Pero estás en el peor sitio posible.
Al salir a la calle, los hombres le jalearon, Tuli hizo una reverencia teatral, al incorporarse, le produjo un fuerte dolor.El sonido de los Licántropos, siendo calcinados era estremecedor. El olor, a pelo quemado, vomitivo.
Tuli bordeó la plaza por las calles colindantes, tenía que encontrar al general y ver cuál era el siguiente paso.
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