— Maldito bastardo, eres duro de matar, ¿verdad? — El General no daba crédito, algunos hombres le habían asegurado ver caer al cabo de lo alto de un tejado y allí estaba, más sucio si cabía, pero vivo.
— Eso dicen General, ¿por fin ha acabado?
— Me temo que no — alzó su sable por encima de la cabeza del Cabo, que se quedó quieto—. En nombre de la Reina Graciela I de Mercita, te nombró capitán del cuerpo de Zapadores —aquellas palabras que parecían huecas, en la boca del general, retumbaron por todos los rincones de la mente de Tuli.
— ¿Capitán?
Tuli, o mejor dicho, el Capitán Tuliano, Silbó y dibujo una sonrisa de oreja a oreja, de Cabo a Capitán en un día.
Ya se imaginaba el desfile de la victoria, él, con su nuevo uniforme a lomos de un corcel, sus hombres laureados, las mujeres agolpadas en los balcones desnudándolo con la mirada. Canciones, en su nombre.
Capitán Tuliano, héroe y artificiero de la mayor victoria de la historia. Una Leyenda.
El destino le había encontrado. Por fin todos sus sacrificios tendrían un reconocido agradecimiento. Erigirían efigies de él por todos los continentes.
El Salvador de los hombres, el soldado más apuesto y con la mente más brillante.
¿Ha dicho que no?
A su alrededor los hombres correteaban por todas partes, estaba tan ensimismado en sus victorias que no se había percatado de todo el embrollo que lo rodeaba.
— Señor, ¿qué tenemos que hacer ahora?
— Sobrevivir, no te alejes mucho, puede que te necesite pronto.
— Así lo aré, señor.
Tuli corrió hasta sus hombres, algunos mordisqueaban unos buenos trozos de pan y queso. Bebían agua y un par, dormían como si la guerra no fuese con ellos.
Tuli consiguió su parte de comida y se sentó junto a sus hombres. Esperando el momento perfecto para decirle, que era nada menos que el nuevo capitán.Todos mantenían el silencio, estaban agotados, pero Tuli tenía que dar aquella magnífica noticia. ¿Por qué nadie le daba pie?.
Mordía el pan nervioso, mirando de un lado a otro. Ansioso y a la vez sorprendido de que aquellos hombres que hablaban hasta debajo el agua, estuviesen arruinando su momento.
— Vamos chico escupe de una vez, te vas a atragantar con las palabras — el hombre ni siquiera lo miró. Pero estaba claro que lo tenía bien calado.
— Soy el nuevo Capitán —sonrió de oreja a oreja mirando a sus hombres.
— Mejor tú, que yo.
¿Y ya está?, Os hago partícipe de mis ascensos y os suda la polla. Si salimos de esta, vais a cavar zanjas hasta que me pidáis perdón, cabrones…
El General le hizo señas y Tuli, corrió hasta él. El dolor del brazo ya era agudo y punzante. Continuo, pero no era momento de pensar en sí mismo. Todos estaban jodidos.
— ¿Cómo están tus hombres?
— Cansados, como todos. ¿Qué necesita General?.
— El vigía nos advierte de que el ejército enemigo tardará cerca de dos o tres horas en llegar.
— ¿El ejército?
— Eso parece, hombres a caballo y soldados de infantería, esto no parece tener fin. ¿Qué se te ocurre?
— Espere.
Tuli saco el cuaderno. Rebusco chupándose el dedo, entre las páginas, y miro al General.
— ¿Cuánto está dispuesto a perder?
— ¿Perder que?
— Pues eso, perder. Algún barrio, la muralla, no sé, la ciudad.
— ¿La ciudad?
— Es una forma de hablar. ¿O, no? Pero tenemos que hacer algo que frene un ejército. Y aquella murallita de la ciudadela se quebrara como si fuesen palillos.
— Que los dioses nos asistan chico, que estás pensando.
— Hace unos meses, hicimos limpieza en las acequias que llevan hasta el mar los desechos. El capitán, nos mostraba lugares clave, los mismos que están marcados en este plano. Podemos hacer un foso si es necesarios. Pero será muy peligroso. Es posible que los hombres que lo lleven a cabo mueran. Todo se les vendrá encima.
— Entiendo…
El General comenzó a andar de un lado a otro. Refunfuñaba, resoplaba, golpeaba las paredes con su guantelete. Incluso Tuli entendía, que dar una orden como esa no era nada fácil. Tuli se marchó hacia sus hombres.
— ¿Qué pasa chico? —dijo uno de ellos.
— Estamos jodidos. Viene un ejército. Y no tenemos ni hombres ni muralla que defender.
— ¿Y qué le pasa a ese? — señaló con su mentón hacia el General.
— Está indeciso. ¿Te acuerdas cuando limpiamos las putas acequias?
— Cómo olvidarlo.
— Y, ¿recuerdas lo que decía el capitán?.
— Esa mierda de la arqui… arquitectora. Joder, o como se diga.
— Arquitectura —puntualizó otro a su lado dándoselas de listillo.
— Si, ¿Y qué?—Dijo el hombre sin quitar la mirada del listillo.
— Que solo se puede hacer si los que lo lleven acabo, corran el riesgo de morir.
— ¿Y qué pasa? — dijo sorprendido el hombre.
— Pues eso, memo, que es un suicidio— dijo el listillo.
El hombre se levantó mirando a cada uno de los pocos zapadores que quedaban. Las cabezas se fueron levantado poco a poco.
— ¿Quién de mis hermanos tiene miedo a morir? — ninguno contesto, Tuli fue a decir “yo”, pero el hombre prosiguió, por suerte antes de dejarlo en evidencia — Hermanos necesito ayuda para salvar la ciudad, ¿quién viene conmigo?
Todos los zapadores se levantaron, incluso los dos que parecían dormidos, se alzaron. Tuli sintió una punzada de orgullo, sus hombres eran increíbles.
— ¡Mi General!
Los hombres entraron en la sala de acceso a al laberinto de largos pasillos y malolientes acequias. El olor era insoportable, pero en ocasiones de vida o muerte, el olor puede pasar a un segundo plano.
Allí se proveyeron de picos y palas, azadas y mazos. Aunque nadie parecía escuchar al capitán en sus largas charlotadas sobre estrategias. Era totalmente al revés. Sabían perfectamente lo que ese hombre les inculcaba una y otra vez.
Justo antes de separarse en diferentes corredores un hombre tuvo una idea.
— Capitán — aquellas palabras escuchadas por primera vez de boca de uno de los suyos le supo a gloria.
— creo que sé cómo podemos hacer esto sin perder ningún hombre.
— Habla
— Si recuerda, esos pilares están en los centros de cada sala, podemos apuntalar esas zonas, derruir los pilotes y llevar cabos hasta la calle, después, que unas bestias estiren de las cuerdas y así, nadie debería morir.
— Hostia Puta eres un genio. Cardull.
— Cardoll, señor.
— Está bien Cardull, consígueme esas cuerdas y esos caballos. Si esto funciona, te recomendaré para un ascenso.
— Preferiría que no, señor. Pero yo me encargo de esa parte del plan.
Un zapador, tan viejo cómo el tiempo se acercó a Tuli. Le dio una hoja amarga y le golpeó en la espalda con orgullo. Aquellas hojas eran muy potentes, acaban con los dolores, pero tenían algunos problemas secundarios. Algunos hombres sufrían fiebre, otra desorientación, Tuli la había tomado alguna vez, y por su edad o fortaleza jamás había tenido ninguno de los dos síntomas. La metió en su boca, y con cara de asco, la masticó.
Los hombres colocaban los puntales en los lugares estratégicos. Corrían de un lado a otro para ayudarse, unos a otros. Iban bien de tiempo, solo debía de haber pasado unas horas y tenían preparado ya el hundimiento de todo el lado Oeste de la ciudad. Todo caería una veintena de metros hasta el subsuelo.
¿Todo?, Pensó Tuli recordando y maldiciendo por hacerlo.
Aquel sonido, en aquella casa junto a la plaza de Ventanas. No podía dejar que fuese quien fuese, muriera bajo los escombros. Tenía que hacer algo.
— Tú — le dijo al cascarrabias— asume el mando. En cuanto ese ejército entre por la brecha hundirlo todo
— ¿Y tú dónde coño vas?
— Tengo una vida que salvar.
Tuli corrió tan rápido como sus piernas le permitían. El General ya había sacado sus tropas de aquella parte de la ciudad. El silencio era atronador. La hoja amarga iba haciendo efecto. El dolor remitiendo. Sintió cierto alivio. Debía de estar cerca de…
¿A dónde coño iba?
Sabía que tenía una misión importante, que sus hombres trabajaban para hundir parte de la ciudad. ¿Pero y él?Intento recordar…
Así, tengo que salvar una vida. Céntrate Tuli, céntrate.
Entro en el edificio, subió hasta el segundo piso y se quedó callado para escuchar. El sonido era muy leve, pero allí estaba, busco, armarios, tras los sillones …
¿Qué hago yo aquí?
Las cornetas sonaron, el enemigo había llegado y sus hombres, no tardarían en hundir todo aquel barrio. Una fuerte presión se alojó en su pecho. Abrío una puerta y encontró allí, a una ratera.
No debía ser mayor que él, pero su zurrón, lleno, colgaba de su espalda. La chica se giró y lo miro asustada.
— ¿Quién eres?
— Y a ti que te importa —contesto la joven de malas maneras.
— Soy el Capitán de Zapadores y creo que vengo a rescatarte.
— A mí, ¿tú?
— Eso me temo. ¡Debemos salir de aquí ya!
El sonido y la fuerte sacudida alertó a Tuli, sus hombres habían empezado a estirar de las sogas y el barrio se venía abajo. Tenían que correr. Agarró a la joven de la muñeca, algo que a ella no le gustó nada y estiró de ella para salir corriendo. Pasaron, junto a una ventana, dándose tirones uno al otro. Y entonces ella vio lo que sucedía.
Cómo un castillo de naipes, la ciudad iba cayendo, derruyéndose. Y aquel caos, iba directos hacia ellos.
— Hostia Puta — dijo Tuli.
— Hostia Puta — dijo la Ratera.
Antes de que Tuli pudiese darse cuenta, la joven salió a la carrera. Y como corría, Tuli no daba abasto. Sus piernas parecían doblarse. El sonido era atronador. Salieron a las calles.
A sus espaldas, el barrio entero se venía abajo. Si no eran lo suficiente rápidos. Quedarían bajo los escombros. Una nube de polvo los adelanto.
El suelo bajo sus pies, desapareció. El vacío los tragó a los dos.
Comentarios
Publicar un comentario