El General, con lágrimas en los ojos, veía como su ciudad quedaba parcialmente destruida por su propia orden. Todas aquellas casas humildes, talleres, tiendas. Cientos de años de historia, borrados para siempre. Borrados bajo su mando.
Vio llegar a los zapadores; salían de la nube de polvo que inundó toda la ciudad de un manto grisáceo. Se abrazaban unos a otros, otros contaban a sus compañeros. Otros caían, desplomados por el cansancio, los caballos y sus aparejos resoplaba asustados.
Joder son unos héroes, quién me iba a decir que estos hombres serían tan leales.
Se acercó a ellos y estrechó algunas manos, no todas, ya que parecía no tener el afecto de aquellos hombres de acero. No se lo reprochaba, tras tantos años de paz, los zapadores habían tenido que hacer trabajos que nada tenía que ver con el ejército. Mantenimientos, limpiezas… ahora veía, cuanto habían sufrido aquellos hombres. Y la culpa, en primera instancia, había sido suya.
Tras revisar a los supervivientes, no encontró al nuevo Capitán. Se acercó, al hombre más anciano.
— ¿Cuál es su nombre?
— Cascarrabias, mi General, soy el Furriel de la compañía.
— ¿Dónde está su Capitán?
— Dijo algo de que tenía que salvar una vida. No sabemos nada de él. Pero si algo sé de Tuli, es que tiene mucha suerte, mi General.
— Espero que siga teniéndola. ¿Sabe a dónde se dirigía?
— Ahí — dijo el anciano señalando a la escombrera.
Nadie podía salir de algo de esa envergadura, nadie, podía tener tanta suerte. Debía aceptar, que su mejor consejero había muerto. Por suerte, aquel héroe había creado un foso de nueve o diez metros de profundidad, el ejército rival se había detenido de golpe. Las primeras divisiones se habían hundido con las calles de aquella zona.
Ahora, sus hombres tomaban posiciones, los más rápidos, habían recuperado sus posiciones en las almenas y hacían llover flechas sobre el enemigo. Aquella locura le había dado una vuelta a la rueda y ahora ellos, tenían a su merced al enemigo.
Las cornetas del enemigo marcaban retirada. El General tomo un rocín, y cabalgó hasta la muralla, subió por el interior de las torres, las cuales permitían la subida, montado, y observo como el ejército se desperdigaba por los socavones del campo de maniobras.
Si aquel héroe, no hubiese originado aquella trampa, un ejército de esa magnitud, hubiera arrasado la ciudad sin pestañear. Una vez fuera del alcance de los arcos, el enemigo se reorganizó. Estaban bien instruidos. No portaban pendones ni banderines. Sus caballos eran grandes animales, incluso, excesivamente grandes, ahora que podía ver el cadáver de algunos sementales muertos de Las Primeras Espadas.
Cuanta muerte. Esto es horrible.
Un banderín blanco acompañó una comitiva parlamentaria. Eran seis soldados acorazados y en el centro, una armadura tan Dorada como la que portaba Graciela.
— ¡Alto el fuego! — ordeno el General.La comitiva se plantó bajo el matacán.
— ¡Reina Graciela, da la cara! —al quitarse el casco, el ser reveló su verdadera naturaleza.
Su piel era verde, y sus rasgos de serpiente. Debían de ser muy altos y fuertes para necesitar esos caballos que, sin duda, no eran de este mundo.
— Soy el General Madox del ejército de Mercita, si tienes que hablar con alguien, es conmigo.El ser escupió al suelo. Clavó sus ojos serpentinos en el General.
— ¿Por qué un rey tiene que rebajarse?, ¿No merezco el respeto de ser tratado por mis iguales?
— Aquí no — las tropas jalearon al General—. Si lo deseas, vuelve con tú ejército y largaros de aquí.
— ¿Irme? — aquel ser hizo algo similar a reír —. Vais a morir todos. En tres días, reduciré a ceniza está triste ciudad.
— Inténtalo.
El General dio por terminado el parlamento saliendo de la almena. El rey serpiente se colocó su casco y se marchó al trote hasta sus huestes.El Rey serpiente gritó una orden al llegar a su posición, los enormes tambores, volvieron a resonar.
Que demonios…
Una ingente cantidad de tropas comenzó a formar tras su rey, los más de cinco mil soldados, no eran más que una avanzadilla. Ahora ese número se multiplicaban por cuatro. Las torres de asedio, avanzaban poco a poco, su altura, bien podía rivalizar con la muralla. Por el centro, algún tipo de artefacto avanzaba pesadamente. Su parte superior, era como el tejado de una casa a dos aguas. Seguramente para defender el interior de la lluvia de flechas y objetos. Una vez más cerca, se reveló el uso, jamás habían visto un ariete de ese tamaño. La puerta,con más de mil años de historia, sería puesta a prueba por algo a su medida.
Vais a morir todos , escuchó el General dentro de su cabeza.
Jamás se había amedrentado ante nadie, pero esa vez había sido diferente por mucho que intentara aparentar delante de sus hombres. Tres días.
Aquel ser, viniese de donde viniese conocía el significado del honor. No era un monstruo más, arrastrado por la ira o el hambre. Era un ser pensante. Y sus huestes superaban en diez a uno a su ejército.
Capitán, por los dioses, resucita allá donde estés. Te necesito.
— Cascarrabias, crees que podríais hacer empalizadas para cubrir el lado Oeste de la ciudad.
— En tres días… no. Pero podemos hacer pequeños remiendos en las bocacalles, y así ganar tiempo.
— Adelante.
Bien.
ResponderEliminar