La Gran Batalla acto 3 escena 5 Dame tiempo






La oscuridad lo había engullido, no sabía ni dónde estaba ni por qué. Pero algo, blando estaba debajo de él. Palpo, y descubrió que aquello que tenía debajo era el cuerpo de una mujer.

—      Si mueves otra vez esa mano, te rajo el cuello —la voz de la mujer resonó clara y concisa.

—      Per… perdón — Tuli se levantó dolorido — ¿Dónde estamos?

—      Huele a mierda.

Tuli comenzó a recordar. Habían hundido parte de la ciudad. Y ellos, con ella. Debían estar sepultados bajo los escombros. Palpo las paredes y encontró, tras un rato de frotar fría roca una antorcha. Saco su pedernal y la encendió.

La mujer estaba acuclillada, en posición defensiva. En sus ojos se veía el miedo. Al ver luz, soltó un largo suspiro.

—      Joder que miedo me daba morir a oscuras— susurro la joven.

—      Tranquila, estás con la persona adecuada para salir de esta situación. Me presento, soy el cabo, el capitán Tuli de zapadores

—      Pues vale. Pero no te necesito para nada.

La joven agarró otra antorcha y la encendió con su propio pedernal. Recogió su zurrón y comenzó a andar hacia un corredor. Esa dirección la llevaba hacia la muralla.

—      Creo que estás desorientada. Mira la acequia, el agua fluye hacia el mar. Yo la seguiría. Pero si crees prudente ir hacia el enemigo,allá tú.

Se dio la vuelta y comenzó a seguir la acequia. Tras él, lejos de la luz de su antorcha, sabía que la joven le seguía.

No debían de estar muy lejos de alguna salida. Tuli seguía abriendo camino. Pero por alguna razón, parecía más perdido de lo habitual. Y la razón eran cuatro días sin dormir, una hoja amarga y tantos golpes en la cabeza que ya no recordaba la mayoría.

La chica avanzó hasta ponerse a su lado. Respiraba molesta. No parecía gustarle depender de nadie.

—      Bueno, ¿Pero sabes dónde vamos?

—      Estoy buscando una escala o una garita de limpieza.

—      Vaya veo que eres muy inteligente —dijo con sorna.

—      Y muy apuesto, por si no te has dado cuenta. Por cierto, ¿eres de por aquí?

—      ¿De verdad intentas flirtear conmigo en esta situación?

—      ¿funciona?

—      Para nada.

—      Dame tiempo.

—      Te voy a dar una patada en los cojones.

Tuli la miró sonriente, había tenido inicios más complicados. Y la joven, era bastante bonita. Su pelo rojo caía en una larga trenza y vestida con aquella ropa masculina le daba un toque realmente seductor.

Llegaron a una garita de limpieza y subieron a la zona Este de la ciudad más cercana a la muralla de la ciudadela. Al salir Tuli, un grupo de soldados freno en seco.

—      Alto ahí

—      Soy el Capitán Tuli de Zapadores — tras el, el zurrón de la ratera se rompió y un puñado de joyas y jarritas de oro cayeron al suelo provocando un gran estruendo.

—      Y yo la reina Graciela — dijo el soldado — andando rateros. El General dirá que hacer con vosotros.

Tuli, tras unos cuantos arrestos, sabía que el silencio era siempre la mejor opción, unos cuantos dientes se lo confirmaban, por suerte solo habían sido muelas, y lucía su famosa sonrisa. La chica cabizbaja seguía sus pasos. Sobre la muralla, el Soldado lo llevo frente al General.

—      Sigues vivo bribón — el General se bajó del caballo y en un acto, totalmente falto de protocolo abrazo al capitán.

—      Mi señor, se dedicaban al pillaje — dijo el soldado enfadado.

—      ¿Al pillaje? — el General miró a Tuli con cierta sospecha. Tuli miro a la chica, que no tenía ni el valor de mirarle a los ojos.

—      No mi señor, todo se ha sacado de quicio. Esta joven me ha salvado la vida. Y entre los escombros, recuperamos ese zurrón. Le prometo que no tenemos nada que ver.

Íbamos a entregárselo a la guardia para que lo acaudillen. Pero estos hombres no atienden a razones.

—      Largo de mi vista — ordenó el general.

Tuli se asomó a las almenas. Frente a ellos había un ejército, y menudo ejército. Debían de ser veinte mil soldados. Todos allí plantados. Cómo si el tiempo no importara para ellos.

—      Tenemos tres días chico.

—      Eso es mucho tiempo.

—      Tus hombres están asegurando el ala oeste de la ciudad. Para que aparte del foso, allá una empalizada. Pero tienen un ariete. La puerta no aguantará mucho.

—      Señor han pensado en hundir el resto de la ciudad. Podrán atravesar la muralla, pero el foso es otra cosa. Si colocamos trampas, puede ser una gran ventaja.

—      Esta batalla nos está arrancando las entrañas. Chico, haz lo que tengas que hacer.

—      Señor será mejor que vayamos a la ciudadela. Desde allí dispondremos todo. Pero será mejor que esos no se huelan nada. Que la retirada sea de boca en boca.

—      Inteligente.

 

 

 

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