La Gran Batalla acto 4 escena 1 El Contrabandista




Tras una noche entera durmiendo Tuli se levantó renovado. Había recibido ayuda de una sacerdotisa médica y aunque el hombro no le dolía, el daño era tan grande que había perdido para siempre parte de su movilidad.

Zana, no había intentado escapar y dormía en el catre de su lado, sabía que la tenía prendada, pero claro, eso era algo normal. Aunque aún se hacía la dura con él. 

Con las primeras luces se reunieron con el General. Gracias a aquel cuaderno y a la magnífica planificación del General, había preparado algunas trampas al enemigo.Cuando se repartieron para llevar a cavo las estratagemas; Zana fue tras el Capitán.

— Si me sigues, voy a pensar que quieres algo conmigo— le dijo a Zana con su sonrisa en la boca.

— Cree lo que quieras gilipollas, pero ahora que te conozco, será mejor que alguien con dos dedos de frente te lleve de la manita.

— Toma mi manita — Tuli estiró su mano justo delante de su cara.

— Si no fuese por qué solo te sirve una mano, te la cortaría de un hachazo.

— Uf, eso me ha dolido, recurrir a mi condición de tullido. Esperaba más de ti.

— ¿Cómo puedes estar pensando en esas tonterías cuando estamos a punto de morir? — miró a Tuli y por una vez, sus ojos eran sinceros.

— Querida, soy un héroe, y un genio, por si no te habías dado cuenta.

— Bueno, eso es muy discutible — le cortó y él prosiguió.

— He muerto tantas veces esta semana que, sinceramente, ya me da igual. ¿Por qué voy a darle el placer de tenerme atormentado?, A mí a un no me han ganado, ya cruzaremos ese puente cuando sea necesario. Me siento más vivo que nunca — Estiró su mano, la sujeto por detrás de la nuca y la beso con pasión. Un fuerte dolor le subió de sus huevos — Joder mis pelotas…

— Me cago en tú…— Zana se limpiaba los morros como si hubiese besado a un cerdo.

Las puertas de acero emitieron un fuerte crujido, con el siguiente golpazo, crujió parte de la muralla donde los goznes se adentraban en la piedra y con el tercer golpe, las puertas cedieron y cayeron hacia los escombros.

— Mierda — gruñó Zana — esas puertas le sirven de rampa.

— Sabía que algo se me escapa.

— ¡Algo!

Las tropas comenzaron a avanzar bajo una lluvia de flechas. Pero aquellos guerreros iban bien acorazados y portaba grandes escudos. En minutos, el foso se llenaba como una playa en marea alta. El sonido de sus botas era aterrador, sus lanzas rielaban bajo las primeras luces. Se contaban por miles, y parecían no tener fin.

Una pequeña marca roja, en una escombrera le marcaba su momento, cuando las tropas rebasaran ese punto, era su momento. Entre la multitud que se adentraban alineada, había un jinete de armadura dorada mirando el avance, las flechas, no parecían querer tocarlo, algún tipo de magia lo defendía. Su imagen era… perturbadora.

— Tuli, aún podemos huir, conozco una forma de salir de aquí que usan los contrabandistas.

— ¿Huir?, Zana aunque huir contigo pudiese ser una de mis fantasías, tengo un trabajo que realizar.

— Lo sé, pero digo después. Cuando el caos reine. Saldremos al otro lado de la montaña, nadie sabrá que hemos huido.

— No puedo hacer eso. Soy el Capitán de Zapadores.

— ¿Y de qué te sirve eso estando muerto?

— Se lo debo a mi Capitán. Pero nada te retiene a ti. Huye si lo deseas. Nadie te lo reprochará. Yo, no te lo reprochará.

— No quiero morir, Tuli. Per… perdóname.

Zana con lágrimas en los ojos se marchó corriendo. 

Así que esto se siente cuando te dejan tirado…

Tuli dejó escapar unas lágrimas por sus mejillas. 

¿Cómo he podido ser así con ellas? Sea cual sea mi destino, espero redimir todo el dolor que hecho.

Lo que antes fuera la ciudad ahora era un hervidero de soldados. Sus pieles verdes, sus rostros de serpiente. Sus brutales lanzas. 

Tal vez mi destino sea morir aquí hoy, pero pienso joderos cabrones.

Encendió la antorcha y desde el borde de la muralla la lanzó a unos barriles más abajo. A lo largo de la muralla, otras antorchas cayeron de igual manera.

El polvo Negro prendió y comenzó su avance hacia las tropas. Las llamas ascendían decenas de metros, su brillo era cegador. Los soldados enemigos intentaban huir, pero su rey, con algún tipo de arte mágica, evitaba su escape.

Los va a dejar morir. Maldita alimaña.

En pocos minutos, el foso era un horno. Los lagartos morían abrasados, pataleando, gritando, llorando y sufriendo durante unos segundos de auténtica agonía y su rey, con una sonrisa en sus labios de reptil, observaba la matanza.

Acabas de dejar morir a cinco mil de tus hombres, qué clase de rey eres, ¡Eres un cobarde!

Tuli corrió hacia caballerizas, el general portaba de las riendas un semental, su pelaje negro brillaba limpio, sus crines blancas, trenzadas y su armadura bruñida y engalanada hasta el último detalle. Lo hacía un magnífico caballo. Seguramente valía más que el mejor navío de Puerto.

— Buen ejemplar señor.

— Es para la Reina, yo cargaré a pie con mis hombres. ¿Dónde está esa ratera?

— ¿Zana, mi señor?, No es una …

— De verdad crees que me puedes engañar, soldado, yo también fui joven, y apuesto. Se a que tonterías nos vemos arrastrados por nuestras fantasías. 

— A… ha huido mi señor.

— ¿huir?, Pero si es imposible salir de la ciudad.

— Conoce unos pasadizos de contrabandistas.

— Eso es una leyenda del populacho, jamás hemos encontrado esos túneles.

— Me temo que no se buscó lo suficiente, mi señor, es una ladrona, pero no una mentirosa. Lo siento en las tripas. Ha huido.

— Chico, encuentra esos túneles, ¡Ya!

Tuli se acercó a caballerizas, cogió un corcel y troto tras la joven. Tuli no era de esos soldados que gastaba dinero en sustancias de otros reinos, pero sí sabía, de buena tinta, que un noble residente en la ciudadela, comerciaba con ese tipo de cosas. 

Por supuesto, ningún soldado había denunciado al noble. Ya que todos, en algún momento, habían recurrido a sus servicios. 

Si había un túnel, capaz de salir de la ciudad, tenía que ser en su mansión.

Detuvo el caballo junto a la verja y entró en el patio, allí, justo en el centro, una jarrita de oro relucía totalmente fuera de lugar.

Zana, ¿estás aquí?

Corrió hasta la puerta, estaba abierta de par en par. Entro en la mansión. Busco algún tipo de entrada y en su búsqueda escuchó unas voces. Parecían discutir, se adentró en las sombras de la mansión, con su espada en alto. Llegó hasta la entrada de lo que debía ser, el gran comedor y se asomó por el resquicio de la puerta.

— Así que tenías que venir a robarme a mí, verdad zorra.

Tuli no veía a la otra persona, pero estaba claro que era una mujer. El noble, de porte elegante, jugueteaba con una espada de duelos, un arma muy fino para una batalla, pero mortífero en un duelo de esgrima. Lo azotaba al aire haciéndolo silbar. Su rostro desencajado, evidenciaba que tenía tantas sustancias en sus organismos que había perdido toda cordura.

— Te prometo que no, solo quería huir, suéltame, aún podemos conseguirlo justos.

Esa era la voz Zana, Tuli entreabrió un poco más la puerta y la vio atada a una gran silla. Ese bastardo la había golpeado de lo lindo. Su rostro estaba bañado en su propia sangre que emanaba de una ceja. Te voy a matar cabrón.El noble, arto de la conversación, alzó el sable para ensartar a Zana que se había quedado completamente quieta. 

Estaba aterrada. 

Tuli cargo, chillando y arrollo al noble. Se revolvieron por el suelo. Se golpearon, se patearon, pero la falta de un brazo comenzaba a marcar la balanza de parte del noble. En una de las agresiones. El noble golpeó a Tuli con una silla en la espada y el zapador cayó de bruces. La silla se hizo astillas. El noble alzó su sable y le atravesó el hombro malo. Tuli rugió de dolor, el noble, con sadismo en su rostro, retorció el sable generando un fuerte dolor. Tuli estaba a su merced. 

Su rostro se llenó de sangre y un bulto cayó en su vientre. Era una cabeza. La cabeza de aquel hijo de puta. Zana, había conseguido liberarse, y con la espada del Capitán, había decapitado a aquel hijo de puta.

Tuli cerro los ojos.

— No te mueras joder — Dijo Zana golpeando su pecho. Acercó su rostro para escuchar su respiración y Tuli la agarró de la nuca y volvió a besarla, esta vez, ella no opuso resistencia. No fue rápido, ni frío. Era fuego, y furia y rabia… y dolor 

— gilipollas pensé que te ibas a morir.

— Querida, soy el capitán de Zapadores. No muero fácilmente, por si nadie te había hablado de mí.

— Has venido para que nos marchemos juntos. Dime qué sí, Tuli. Por favor. Aquí solo te espera la muerte. 

— No puedo, Zana, necesito saber dónde están esos túneles. Podríamos salvar vidas.

— Están aquí abajo— dijo fríamente Zana, se levantó, agarró su zurrón de encima de la larga mesa y desapareció de allí a la carrera.

Joder que mierda, que puta mierda.

Unas cornetas resonaron desde el puerto.


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