Mala muerte: capítulo 3 Los peces del río




 El despacho, estaba atestado de estanterías con todo tipo de tomos. Desde economía a historias de fantasía, yo había ojeado algunos. Lo justo para que mi tapadera, como empresario de exportaciones, fuese lo bastante sólida para continuar con mi principal fuente de ingresos, el asesinato. 


Sin duda, era el mejor en mi trabajo. La prueba era que, en veinte años, jamás me había visto salpicado con ninguno de mis contratos. Y muchos, principiantes, que habían intentado copar ese mercado, colgaba de una soga o bien, yo mismo, les había impartido unas clases prácticas de cómo llevar a cabo un crimen en condiciones.


La puerta de caoba se abrió dejando paso a Sebastián, el mayordomo. Yo siempre me había preguntado si al sacarse el título de mayordomo, les obligaban a cambiarse el nombre por Sebastián, Jeffrey o Alfred, pero jamás le había preguntado a mi amigo y sirviente, de dónde procedían tales nombres.En su habitual bandeja de plata, traía un té humeante junto a una jarrita, unas pastas y montón de correspondencia.


Su porte elegante y su gran presencia física, le hacían parecer diez años más joven. Aunque ya debía rondar los setenta y cinco años, y no solo se negaba a pasar a ser mi invitado y dejar paso a nuevas generaciones, que parecía decidido a morir con su uniforme puesto. Y aunque yo había ampliado el servicio, para aliviar sus cargas, algunas, cómo está, prefería llevarlas a cabo en persona.


— Señor, su Té — su rostro serio, me miró por encima de sus gafas que se apoyaban casi milagrosamente en la punta de su afilada nariz. Sus ojos azules, casi grises, me miraron con enfado.

— Gracias, puedes dejarlo por ahí — con los años había aprendido a no preguntar algo que sabes que te va a salpicar. Y esta vez, me salpicaría seguro.

— Puedo decirle algo, mi señor.

— ¿Puedo evitarlo?

— Me temo que no — subió sus gafas hasta una posición más normal y comenzó a volcar la jarrita de leche sobre el té, teniendo en cuenta, que jamás ponía leche en mi té —, esa jovencita, ¿estará aquí mucho tiempo?

— Cuanto necesite y quiero que sea tratada como mi invitada — lo miré y vi como sus agallas cedían. Hacía años, que él también sabía, hasta donde podía llegar para que yo doblarse el brazo.

— Es un tanto… salvaje.

— Es una niña que lo ha pasado mal.

— Y… ¿Desde cuándo nos importa eso?, no me malinterprete, sé que es una buena persona, pero jamás ha sido usted muy dado a las obligaciones.


La puerta volvió a abrirse, Paúl, mi mejor amigo entro, dio una sonora palmada en la espalda de Sebastián y se sentó, sin mucho protocolo, en el sillón tras mi mesa.


— Buenos días — dijo Paúl con su habitual sonrisa.

— Lo eran — contesto Sebastián — si me lo permiten, tengo muchas ratas que sacar de esta casa.

— Uf, Sebas, eso me ha dolido — contesto Paul fingiendo dolor en el pecho. Donde llevaba un broche de portuario falso. Sobre una camisa de lino. Sus botas sucias habían dejado una retahíla de huellas en el parqué. Sebastián las seguía con la vista mientras sus labios se movían sin emitir palabra. Indignado contesto.

— Sebastián, señor Paúl, me llamo Sebastián y por primera vez, no solo me refiero a usted.

Sebastián salió, con el mismo estilo con el que había entrado, dejado, un té, que no me tomaría y un Paúl, deseoso de saber de qué iba aquello. Paúl cogió el té y las pastas y se las colocó en su regazo mientras se arrellanaba en la silla.

— ¿De qué hablaba el viejo? — dijo mojando una pasta.

— Nada que deba preocuparte.

— ¿Seguro?

— Así es. Nada de tu incumbencia.

— Está bien — dijo llevándose a la boca la pasta, que se partió a medio camino y cayó sobre la alfombra con cuatro generaciones en mi familia— uy… lo siento.

— ¿Tienes el dinero?


Esa era la parte en la que Paúl, entraba en mi sociedad, era mi representante, por así decirlo. Él era el encargado de recoger los contratos y de asegurar sus cobros. Sabía moverse por los bajos fondos como nadie. Me miró muy serio y negó con la cabeza.

— Me ha pedido un día más, quiere asegurarse de que ese gordo quede para siempre bajo dos metros de tierra.

— Si mañana no te paga, pártele las piernas, y si aun así no paga, dile que será mi próximo trabajo.

— Ya le he advertido. Pagará — Paúl se quedó mirándome en silencio.

— ¿Qué?

— Eso que tienes que contarme…

— Nada…

— De mi incumbencia, ya lo sé, pero se escucha por la calle, que el asesino, además, se llevó un activo de mucho valor. Una joven muy preciada para su dueño.

— ¿Muy preciada?, iban a torturarla y después a matarla como a un animal. No podía dejarla allí — conforme escupía iracundo aquellas palabras me iba dando cuenta de por qué, Paúl, era tan valioso a la hora de conseguir informaciones.

— Ah, ya van saliendo las ratas. ¿Entiendes el problema que me estás creando?, ¿verdad? Es mi cara y mis piernas las que se ven ahí fuera, aunque todos sepan, que no soy yo el especialista.

— Podrás lidiar con esto.

— Esa niña pertenece al Duque.

— ¿Al Duque?, no me jodas — Me levante sobresaltado del sillón. 

— Sí, y me ha dicho que, si mañana no le devuelvo su activo, mis problemas serán compartidos con los peces del río.


Ese tal Duque no se andaba con tonterías, yo había llevado a cabo multitud de contratos para él. Su banda era la más grande y peligrosa de la ciudad. Si había alguien, aparte de mí, con quién no debías meterte, ese era el Duque.

— Que te dé un precio.

— ¡¿Qué?! — la taza de té se volcó sobre su camisa de portuario —. ¿Te has vuelto loco?, ¿para qué quiere tú a una niña?

— No quiero que la maten.

— ¡Pero si somos asesinos, nuestro trabajo es matar!, ¡Tú, trabajo, es, matar!


Paúl se levantó molesto. Nervioso. Daba vueltas mientras maldecía. 

— Vale te entiendo. Mira, aremos esto, yo me la llevo ahora. Y tú te olvidas de esta locura. Sé que eres un buen hombre, y por eso soy tu mejor amigo. Así que seré yo quien cargue con esta carga. El Duque queda contento y yo sigo sin conocer el fondo de ese puto río.

— No.

— ¿No?

— Tarta no va a ir a ningún sitio, habla con Duque y que me la venda a mí. A fin de cuentas, es lo que iba a hacer de todas formas.

— ¿Te estás escuchando…?, ¿Tarta? ¿Logan que te está pasando? — se volvió a dejar caer sobre el sillón-. No le va a gustar. A ese hombre no se le roba, Logan. Por mucho que después quieras compensarle. No se puede permitir ceder con algo así. Si yo llevo a la niña, tal vez tengas una opción de comprarla si quieres. Cómo un servicio más. Pero si en algún momento cree que tú eres el Ladrón, te cortará en rebanadas y acabaremos los dos, en el fondo…

— Del río — le corté—, si, Paúl, esa parte me ha quedado clara. 

— Mira, voy a probar, no te prometo nada. Pero si no cede, prométeme que dejaras que me la llevé y te olvidarás de esto.

— No sé si puedo jurarte algo así.

— Maldita seas — dijo desganado —, vas a conseguir que me maten.

Se levantó, se dirigió a la puerta y la abrió, se giró, corrió hasta mi escritorio, se metió las pastas en el bolsillo de pantalón de trabajo y se marchó.


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