— En la cocina, hay una bestia, lo devora todo. No tiene modales. Miré — la mujer enseño un arañazo—. Me ha atacado. Esto es inaudito.
¿Pero qué diantres dice esta mujer?
Los engranajes de mi mente comenzaron a girar. La noche anterior había matado aquel cerdo y había traído a la niña a la mansión.
¿En qué coño estaba pensando?
— Ah, ¿y no piensa decir nada?
— Lo siento — en mi voz se notó la falta de convencimiento.
— ¿Lo siento?, Vístase y eche a ese animal a la calle, ¡ya!
— Cloti, es solo una niña, no puede ser tan malo.
— No puede ser tan malo — dijo Cloti de manera pausada y taimada.
— Ahora mismo bajo.
— Más le vale — con aquella mirada, dejó claro que no cabía demora.
No era la primera vez que Cloti se ahogaba en un baso de agua, la conocía desde siempre, ya servía a mi familia antes de que yo naciera. Y por muy traviesa que pudiese ser aquella pobre niña, dudaba bastante que pudiese competir conmigo.
La puerta de la cocina, estaba cerrada y tras ella, escuchaba a Cloti gritar como una condenada. Abrí la puerta y mi corazón se quedó helado.
Cloti se encontraba con un enorme rodillo para amasar, amenazando a la joven. Cómo siempre hacía, cuando estaba desquiciada, usaba su idioma materno, por suerte, jamás decidí aprenderlo, así, me ahorraba toda esa información que nuestro idioma no puede expresar.
La joven estaba subida sobre la isla de la cocina. Acuclillada y mordiendo un enorme muslo de oca crudo. El suelo estaba lleno de desperdicios, huesos, sangre, y trozos de carne que no debían de gustarle demasiado. Su pelo negro caía sobre sus huesudos hombros. Su rostro, aún estaba manchado por aquel maquillaje barato y le daba el aspecto de un verdadero diablo. Escuálida y manchada de sangre. El camisón, que debía de haberle dado Cloti, estaba hecho un verdadero asco.
— ¿Pero qué coño…? — escupi con sorpresa.
La joven me miró desafiante, salto del banco y se escondió en la lacena. Cloti me miró y señaló con el rodillo en esa dirección. Me acerqué lentamente, no quería asustarla, la joven estaba sentada, al fondo, comiéndose la carne, y por como la saboreaba, debía ser de su agrado. Me miró, primero, retadora. Después sus ojos cambiaron un tanto. Pareció reconocerme.
— Me llamo Logan, yo te traje anoche — la chica me miró. — si quieres, Cloti puede cocinarte lo que desees, ¿Qué te apetece?
— ¿Lo… que desee? — la chica miró tras de mí, Cloti debía estar justo detrás, amenazante y seguramente en desacuerdo con cocinarle algo.
— Sí, es una gruñona, pero tiene buen corazón.
— Gruñona, ¿Yo? — la chica me miró y pude ver un leve atisbo de sonrisa.
— Dime, ¿Qué quieres comer?
— Pan.
— Vale, eso está hecho.
— Y carne
— Carne — le dije a Cloti.
— Y caldo.
— Y caldo — Cloti gruñó tras de mí.
— Y queso — la chica miró hacia el techo pensativa.
— Mira, empecemos con la carne y el pan, y después, elegimos otra cosa.
— ¿Elegimos? — en su rostro se veían dudas.
— Claro, yo comeré contigo, anoche, te comiste mi cena y tengo un hambre voraz — la verdad era que después de ver cómo se comía aquella carne cruda, mi estómago no estaba para desayunos fuertes.
— ¿Juntos?
— Si tú quieres, sí.
— ¿Y por qué ibas a comer conmigo?, ¿Qué quieres de mí? — vi que se ponía a la defensiva, en parte era normal, solo ella sabía por todo lo que había pasado.
— Únicamente quiero ayudarte. Que recobres fuerzas y cuando estés lista, ya veremos qué hacemos.
— ¿Y por qué ibas a ayudarme?, a mí nunca me han ayudado.
— Siempre ahí una primavera vez.
El olor de la carne en la plancha la hizo olfatear el aire. Me di cuenta, que, si yo no me apartaba de la puerta, aquella chica no saldría de la lacena. Así que me di la vuelta y me senté en la mesa de la cocina.
Poco a poco, como un animalito nervioso, fue asomando la cabeza. Sus ojos, de un color negro como noche cerrada, me miraron y después miraron a Cloti, yo la invité a la mesa con un movimiento de manos, y pasito a pasito, conseguí que se sentará.
Era evidente que aquella criatura había vivido un verdadero infierno. Podía leerse su desconfianza y no se lo reprochaba. Incluso advertí, que aquella chica había nacido en cautividad. Sus gestos eran espontáneos, no seguía ningún orden de conducta establecida. A veces, parecía gruñir, cuando un trozo de carne no quería salir de entre los huesos. Cómo lamía, sin decoro, sus dedos grasientos.
Al principio, había intentado copiarme a la hora de usar los cubiertos, pero tras varios intentos fallidos había optado por comer con sus manos. Decidí no hablarle mientras comíamos. Quería que se confiara. Que se relajara y por extraño que pudiese parecer, Cloti se marchó en silencio.
Tal vez fuese una gruñona histérica, pero no podía esconder el corazón que latía en su pecho.Cuando la joven quedó saciada, eructo, de manera larga y sonora. Subió los pies descalzos y manchados de sangre sobre la mesa y se arrellanó en la silla.
— ¿Cómo te llamas?
— ¿Yo?... Yo no tengo un nombre de esos.
— ¿Cómo no vas a tener nombre?
— Si lo tengo, lo desconozco. Y tampoco lo veo necesario.
— Todo el mundo tiene uno.
— ¿Y como pudo saber el mío?
— Elige uno. Y así te llamaré a partir de ahora, es tu decisión — la chica me miró pensativa.
— ¿Puedo elegirlo yo?
— Claro.
El silencio se estiró.
Así que me levanté y saqué de la tartera dos trozos bien grandes de tarta de nata y chocolate. La chica me miró como si estuviese viendo un ídolo sagrado, me senté y le puse un trozo al lado de sus pies. Los bajo de la mesa y hundió el dedo en el pastel. Se chupó el dedo y sus ojos cambiaron como si su vida hubiese dado un vuelco radical.
— ¿Qué es esto? — masculló mientras engullía un gran trozo.
— Tarta, las hace Cloti.
— Pues quiero llamarme Tarta.
— No puedes llamarte tarta, eso es una locura.
— Pero… ¿No podía elegirlo?
— Bueno, sí, pero llamarte Tarta es algo bastante raro.
— Y Logan, ¿no?
Que absurdo, Logan era un nombre bastante común, como podía compáralo con Tarta, ¿de dónde salía aquella cría, de una jaula?
— Pues si quieres llamarte así, allá tú.La chica asintió, no muy convencida. Y miró mi trozo de pastel, que aún no le había dado bocado. Estiré el plato y lo puse junto al suyo. Me sonrió, por primera vez, con sinceridad y se puso a devorarlo.
Tras acabar el último trozo, se puso colorada, después blanca y vómito el contenido de su estómago en el suelo. Por suerte, no mancho mis zapatos.
— Creo que ha llegado el momento de que te des un buen baño — la desconfianza volvió a sus ojos.
— ¿Con… tigo?
— Por supuesto que no, Cloti te ayudara, y no podrás evitarlo, es muy persistente, te pediría, por favor, que no la ataques, solo quiere ayudarte como yo, pero ella es… una gruñona.
Tarta me miró sonriente. Asintió y se levantó dispuesta a ese baño.
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