El cielo crujía vomitando agua sobre los tejados, los rayos y los truenos, estallaban sobre mi cabeza. El agua azotaba mi rostro empujado por el fuerte vendaval de la tormenta. Por una vez, la suerte nos iba a sonreír.
Nuestra red de espionaje había decidido que era el momento de dar un golpe sobre la mesa. Habían situado el lugar donde el Duque, guardaba sus dividendos. La vieja harinera era un edificio robusto. Bien construido, de paredes gruesas y tres alturas, un patio interior y muchos asideros entre ladrillo y ladrillo. Por supuesto, el constructor nunca imaginó que alguien fuese a trepar por una de sus paredes. Pero yo tenía cierta historia con aquel edificio. Justo allí, mi padre me había enseñado a trepar una fachada. En realidad eso fue en la segunda lección. Ya que la primera acabe magullado tras una mala caída.
Con las yemas de los dedos, en carne viva, toque el lomo del múrete superior. Me subí a pulso y me asomé. Un rayo cruzó el cielo, allí, en la terraza superior, había un tirador. Su rifle estaba apoyado contra el múrete y el hombre intentaba calentar sus manos frotándolas enérgicamente. Pase una pierna sobre el múrete y después la otra.
El trueno ensordeció a la tormenta, momento que yo aproveche para correr hacia él y con mi daga, le hice el descabello, una muerte rápida y limpia. Cayó de rodillas y se quedó en esa posición. Agarre el cadáver y lo aleje del borde para que no cayera en el peor momento.
Me asomé a la fachada y saqué un diminuto espejito que me había apropiado para la ocasión. Lo usé para hacer la señal acordada y pude ver bajo el manto de agua a los hombres del General, moviéndose hacia el edificio.Dos noches antes, habíamos recibido el primero de los envíos.
Al General le había parecido demasiado pequeño, pero era mejor mover el material en pequeños envíos, carruajes pesados fuera de las vías que solían utilizar, llamaría demasiado la atención.
El Sargento Smith había pedido al General un ataque conjunto creado por hombres de los dos grupos, para enseñar, en la práctica, como funciona una refriega. Para mi disgusto, el maldito Paúl se había presentado voluntario. Yo nunca había deseado esto para él. Yo era el asesino, el que debía exponerse. Pero la vida nunca transcurre como nos gustaría. Y Paúl ya era un hombre capaz y astuto. Seguro que sabría cuidarse solo.
Descendí por una escalerilla metálica y sumamente resbaladiza; al interior del edificio. Toda la planta era un anillo diáfano. Con ventanas en todas sus caras. Con vidrieras rotas o simplemente los huecos completamente pelados. El techo de gruesas vigas y cañas, estaba arqueado hacia abajo.
Tuve que hacer gala de mi habilidad para el sigilo, allí, el más leve sonido, levantaría un eco delatador. Encontré dos individuos. El primero estaba dormido sentado contra la pared, me encargué de que siguiera así para toda la eternidad. El segundo estaba meando contra una de las columnas. Borracho como una cuba. Quedó, muerto, apoyado en la misma posición, pero sobre sus rodillas meadas.
Tuve una sensación extraña, algo se deslizaba en silencio, alguien se cernía sobre mí. Era bueno, muy bueno. Salte girando hacia la derecha, y un cuchillo se clavó en una de las juntas de argamasa entre ladrillos. Volví a girar por el suelo y otro cuchillo imitó al primero. Miré en redondo, no era capaz de verlo. Eso no era bueno.
Me levanté y corrí en zigzag por el enorme pasillo, dando hábiles volteretas y aprovechando el impulso contra las paredes para lanzarme hacia delante y lateralmente en mi huida.Cada movimiento era necesario para esquivar los ataques de aquel bastardo.
Gire la esquina y saqué mis cuchillos del fajín, cinco en cada mano. Respiré, conté hasta diez y un rayo cruzó el cielo, su destello entro por las ventanas durante unos cortos segundos en los que yo volví a girar la esquina. El asesino, vestido muy parecido a mí, se quedó paralizando, lance mis cuchillos, creando dos abanicos de acero. Tres de ellos impactaron en él, mientras intentaba imitar unas de mis volteretas.Corrí hacia él, pero herido de muerte, se encaramó a la ventana interior y se lanzó al vacío. Cayó tres pisos sobre una enorme chapa metálica emitiendo un fuerte grito de pánico y dolor.
El ruido de las armas comenzó a resonar rápidamente.Escuche el sonido de unas botas, venían hacía mi, en la oscuridad se recortó la silueta de un hombre alto y delgado. En cada mano llevaba el brillo de revolver. Giré, nuevamente la esquina. Y las primeras balas rozaron los ladrillos junto a mi cabeza. Aquel pistolero era rápido y certero. En cada intento de asomarme, una bala rasgaba la esquina que me cubría.
Guarde silenció, se había plantado en algún lugar y no se movía. Busque en mi fajín, y agarre unas de mis probetas, saqué otro cuchillo lanzador y dando un salto y una voltereta a ras de suelo lance ambas cosas hacia el tipo. El cuchillo dudaba que le tocase, ni tan siquiera de cerca, era imposible sin saber exactamente dónde estaba. Pero la probeta si cayó haciéndose añicos a escasos dos metros de él. Para que mi plan tuviese efecto, tenía que mantener a aquel bastardo allí, todo el tiempo posible.
— ¡Valla, eres un gran tirador! — nada mejor que usar el ego de los hombres contra ellos mismos.
— El mejor. Y el que te va a matar — escupió taimado.
— Eso lo dudo bastante, teniendo en cuenta que soy más rápido que tú.
Salte nuevamente y las balas siguieron mi estela, le escuché recargar. Una bala cayó al suelo. Teniendo en cuenta la habilidad del pistolero, eso significaba que mi narcótico comenzaba hacer efecto. Salí de la esquina a toda velocidad. Las balas chocaban contra los ladrillos, pero esta vez. No tan cerca como las anteriores. Comencé a avanzar hacia él a toda velocidad, zigzagueando, el tipo comenzó a gritar mientras disparaba y yo cada vez estaba más cerca. Cuando llegue hasta su altura, cara a cara. Las balas de sus tambores ya habían quedado extintas. Me miró con los ojos medio cerrados y clave mi daga y mi machete en su pecho. Los arranque manchando de sangre mi cara. Sus ojos me miraron mientras se apagaban, no entendía que había sucedido, de eso no me cabía duda.
Sentí un fuerte dolor en el muslo. Tenía clavado un de cuchillo, el primer asesino me había acertado. La adrenalina me había eliminado el dolor. El instinto de supervivencia. Era una herida fea. Si sacaba la hoja podía cortar la femoral y morir en pocos minutos. Maldije.
Un fuerte trueno resonó sobre la harinera. Y en el patio, hubo un fuerte fogonazo.Las puertas del edificio había volado por los aires. Los chicos entraban en tropel, disparando, desde allí arriba se veía que aún eran torpes bajo las lámparas de gas. No sabían cubrirse. Pero la ventaja numérica era abrumadora. En el segundo piso vi un brillo, era un tirador oculto. No podía llegar a él corriendo, no con ese punto cuchillo clavado. Seguí su línea de tiro y Paúl, ajeno, recargaba su tambor apoyado tras unas cajas.
Amartille mi revolver, era un tiro difícil. Muy lejos, poca visión. Un rayo volvió a sonreírme, y vi al tirador estirando del cerrojo. No podía permitirme fallar. Apunte al bulto y dispare. El rifle abrió fuego y un segundo después, el tirador cayó muerto o malherido hacia atrás. Miré hacia Paúl, estaba tirado en el suelo.
Tan rápido como pude, baje a la primera planta, a pie de escalera había otro asesino, su rostro, de nariz para abajo, quedaba oculto tras una tela que giraba alrededor de toda su cabeza. Sus ojos quedaban ocultos tras una pintura oscura y las sombras de la noche. De su espalda desenfundó dos cimitarras y se colocó en posición defensiva.
Saqué mi daga y mi machete, intenté apoyar la pierna herida, y el dolor me ascendió hasta el ojo que me parpadeo nervioso. El asesino me miró la herida sorprendido. Negó con la cabeza y sin mediar palabra se marchó.
Valla aún queda honor entre asesinos. Lo tendré en cuenta cuando tenga que acabar con tu vida.
Guarde mi acero y saqué a relucir mis revólveres, tuve que abrir fuego en varias ocasiones. Colarme tras las líneas enemigas, disparando sin compasión por la espalda, no podía permitirme el honor, no sin saber que le había sucedido a Paúl.
No podía ver qué le sucedía. Solo veía sus pies estirados en el suelo. Al llegar lo vi demasiado quieto. Me agaché asustado. De su cabeza salía un fino hilo de sangre. La bala únicamente le había rozado. Respiré. Paúl estaba paralizado por el miedo, cubriendo su cabeza con sus manos y brazos. Me miró, sus ojos estaban desorbitados. Poco a poco, pareció reconocer mi rostro y vi un gran alivio en su cara.
Me senté apoyado contra la pared y él se sentó a mi lado. En silencio. Desorientado.
Hubo una fuerte explosión. Me asomé y vi como el Sargento Smith lanzaba dos bombas de mano más dentro de una sala llena de enemigos. Sonó un fuerte trueno y todo lo que había allí dentro, acabo, pulverizado. Paúl se espabiló de golpe por el estruendo y me vio practicándome un torniquete con mi cinturón.
— ¿Pero qué coño...?— Se rascó la cabeza y me ayudó a levantarme.
— Casi te vuelan la cabeza, no he podido evitarlo — reconocí agotado.
— Por suerte tengo una cabeza bien dura. Pero, soy un gallina…
— Que tontería es esa. Solo que nunca habías estado en un escenario como este.
— ¿Y tú? — me preguntó por primera vez en tantos años.
— Cada noche que salgo, y también me he paralizado por el miedo. Eso algo que no puedes evitar. Anda sácame de aquí.
Paso mi brazo por sus hombros y me llevo cojeando al exterior.En el centro de la calle había una tapadera del alcantarillado. Allí, una retahíla de carretillas estaban preparadas para transportar, fuera de toda mirada, el botín. Esta vez, habíamos ganado. Pero podía habernos salido muy, muy caro.
A partir de ahora, estarían preparados y no sería tan sencillo. Ahora sabían que tenían un enemigo.
Los hombres nos habían bautizado como “La Justicia del Antifaz”, y varios de ellos pintaron en el interior un enorme cartel con nuestro nombre.
Una nueva banda había llegado Hardan, solo que en realidad, nosotros, éramos los genuinos.
Genial
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