Mala muerte: capítulo 18 Un viaje de negocios


El compartimiento del Zepelín era el más lujoso, solía tener una vida austera, pero solo por ver a Rossy pegada a las mamparas, valía la pena gastar un poco más de lo habitual. Corría de lado a lado del compartimento, agitando los brazos como si fuese un ave. Graznaba y saltaba sobre los sofás de los miradores y volvía a pegarse en la mampara opuesta. Por desgracia, parte del viaje era nocturno, y con la oscuridad, también llegó la calma, y la cena. 

— Cloti dice que es la ciudad más fea, gigantesca y sucia de todo el país — me dijo mientras roía el muslo de faisán.

— Así es, es enorme. Y tengo que admitir que sucia, ¿Pero fea?. Nada de eso. Es el futuro. Tiene grandes edificios. Enormes fábricas con miles de trabajadores. El casco antiguo, amurallado es el que más jardines alberga, según los registros. 

— ¿Y como de grande son los edificios? — No lo creerías, es mejor que lo veas cuando lleguemos, tengo otra sorpresa.

— ¿Y qué es? — pregunto mirando mi enorme muslo encebollado. Yo aún no lo había tocado, tenía demasiadas cosas en la cabeza, así que estire lentamente mi plato hacia ella. Ella sonrió y le hincó el diente. Las clases de protocolo, no debía de llevarlas muy al día.

— Si te lo dijese, ya no sería una sorpresa, ¿no crees?

— Creo que no me gustan las sorpresas, Logan, prefiero saber que va a pasar antes de que suceda. Para estar preparada — valla, esta niña pasa demasiado tiempo conmigo.

— Pues está vez, tendrás que esperar. Confía en mí, te va a gustar — me miró con esa profunda mirada que solo había visto en un niño en toda mi vida, ella— ¿Rossy cuántos años tienes? — la niña me miró indecisa.

— Y qué más da. 

— Sé que no eres humana, y en consecuencia, no te tienes que regir por las mismas leyes que nosotros. Es... un a duda razonable. ¿No crees? — ahora que ya había un vínculo fuerte, sería buena idea saber que y quién era Rossy.

— A las señoritas no se le pregunta la edad, ¿No crees? — dijo con una sonrisa pícara y su mandíbula llena de salsa. Saqué mi pañuelo y limpié su cara. 

— Concédeme esta duda, por favor.— No sabía decirte, de dónde yo vengo, eso importa poco.

— ¿Y de dónde vienes? — eso sí sería un buen dato a tener.

— En realidad… no sé, si sé explicarlo. Este es mi mundo, como el tuyo. Pero yo vivía en el otro lado — Rossy dio otro enorme bocado.

— ¿Otro lado?, ¿Qué otro lado?

— Eso es lo que no sé explicar, tonto, solo sé que es diferente a este. El sol brilla más débil — miró hacia la mampara donde se veían las dos lunas— pero, en cambio, las lunas brillan como vuestro sol. En mi lado no hay ciudades, pero si percibimos que en este lado sí que las hay. Os escuchamos, sois muy ruidosos, por eso sabemos hablar vuestra lengua.

— Valla, sí que es complicado — tuve que admitir mientras mi cabeza daba vueltas intentando imaginar ese otro mundo.

— Tampoco hay árboles, ni plantas… la verdad es que es un lugar feo. Y triste. Y… solitario.

— Entonces es una suerte que hayas acabado aquí — le dije sonriendo.

— No sé. Mi mundo es salvaje. Pero este mundo… está lleno de malas personas, en mi mundo también había seres malvados. Pero los veías venir. Sabías a qué te enfrentabas. Por suerte, mi hermano siempre me ha protegido — sus ojos se anegaron de lágrimas.

— Tranquila, te prometo que lo encontraremos. 

— ¿De verdad?

— Aunque me cueste la vida. 

— Y… ¿Mataremos al Duque? 

— Deberíamos apresarlo, y que la ley lo juzgue.

— ¡No, hay que matarlo!— sentenció —, no podemos permitir que siga haciendo esto. Ni tampoco que siga haciendo sufrir a Paúl y a sus amigos — en eso tenía razón, si ese bastardo pagaba a un juez, saldría de rositas, pero si le cortaba el gaznate, todo acabaría —. ¿Me prometes que lo Mataremos?

— Te lo prometo.

Las sombras de la ciudad se recortaban en la noche, a Rossy no parecía importarle lo más mínimo, intuí que su visión, era más aguda que la mía y que era capaz de ver en la oscuridad como un gato. 

Señalaba, sobresaltada, hacia todas partes, pero para mí, no eran más que manchas difusas en la oscuridad. Esa noche, las dos hermanas, brillaban tenues por el cambio de estación. El verano estaba a la vuelta de la esquina.

Descendimos del Zepelín en la pista de aterrizaje. Una enorme retahíla de carruajes esperaban a sus dueños, o en nuestro caso, había sido alquilado previamente desde mi despacho, gracias al telégrafo. Era una bonita Calesa, tirada por cuatro corceles blancos. El chófer era un joven que se afanó a cargar nuestros equipajes y que, gentilmente, ayudo a Rossy a subir, sujetando su mano. Rossy se sonrojó y sonrió amable.

Tras varios minutos por la oscuridad de la noche, solo rota por las linternas que llevaba a cada lado la Calesa, entramos en la ciudad. Como toda ciudad, estaba rodeada por el anillo de casas más humildes. Amontonadas unas sobre otras. La luz de las farolas de gas demostraban que Cloti no mentía, la suciedad se encontraba por todas partes, el metal de los edificios herrumbrosos. El olor era acre y desagradable, Rossy miraba con pena todas aquellas estructuras.

— ¿Por qué esta gente vive así? — me preguntó llena de tristeza.

— Bueno, así es la vida. Unos viven para trabajar y otros, como yo, tenemos la suerte de tener una mejor vida. 

— ¿Pero eso hace que las personas no valgan lo mismo, no?

— Por desgracia así es. 

— Pues no es justo — dijo abrazándose enfadada.

— La justicia no existe, Rossy. Los poderosos gobiernan el mundo y los pobres son sus víctimas. Trabajando por migajas. Por eso Paúl es tan importante.

— ¿Qué hace Paúl? — claro, como iba a saber ella a que nos dedicábamos.

— Paúl se encarga de que gente como está, tenga una mejor vida. Se preocupa de que tengan un trato justo por parte de los ricos.

— Y además es muy guapo — me cortó la respiración, tampoco había pensado que ella pudiese sentir ese tipo de cosas.

— Pero tú eres muy pequeña para pensar en esas cosas…

— Si tú lo dices.

Llegamos al hotel donde había reservado nuestra estancia. Bajamos de la Calesa y le di una buena propina al joven que se encargó de llevar nuestros equipajes a recepción. Rossy se plantó bajo la cornisa del primer piso y miró hacia arriba. Yo la imité y sentí un vacío en el estómago, la fachada se perdía en la oscuridad, pero se intuía recortando el cielo a más de cuarenta plantas de altura. Rossy me miró con una sonrisa de oreja a oreja. No pude más que imitarla, y la invite a entrar.

El recepcionista, como buen profesional, sabía cómo referirse a mí y cuál era mi reserva. Un joven con una jaula con ruedas doradas nos acompañó hasta un enorme ascensor. Yo era la primera vez que subía a uno y creo que Rossy, ni siquiera se imaginaba para qué funcionaba. Cuando notó el primer suave tirón hacia arriba se aferró a mi mano.El trayecto fue demasiado largo, pero esa sensación se acabó cuando llegamos a la suite real. Me había costado una pequeña fortuna. Pero las vistas valían la pena. 

Las grandes balconadas del último piso mostraban toda la ciudad. Las calles iluminadas, las murallas de la zona rica, esbeltas y de un tamaño colosal. Los jardines, con tenues luces, decorando de pequeños rastros verdes en la oscuridad. Las mansiones iluminadas, el castillo de la familia real. Que aunque ya no reinarán, habían conseguido un acuerdo de por vida con su tren de vida. Al Oeste, grandes fábricas que trabajaban día y noche. Con sus grandes hornos, sus silos, sus enormes almacenes y al Este, los barrios pobres, de más acaudalados en el centro de la ciudad a los más desfavorecidos en la parte más exterior. Aun así, aquellas hiladas de luciérnagas estáticas que delineaban la urbe, lo hacía mágicamente impresionante. 

Rossy no daba crédito, ahora, me volvía a señalar lo que ella había visto desde el cielo. Los grandes rascacielos que competían en altura con nosotros. Los grandes estanques, las enormes estatuas de antiguos reyes cruzando la vía prima. Desde allí, uno podía creerse un dios. Estar por encima de todo mortal. Aquella noche no dormimos nada en absoluto. Pero no hubiese cambiado ni un solo segundo por nada en el mundo.

Al amanecer me fue imposible retener a Rossy por más tiempo allí dentro. Y en cuanto nuestra Calesa llegó, comenzamos nuestro día. Paseamos por grandes jardines. Rossy olía todas las flores que no había visto en mis jardines, veía volar a los pájaros sobre nuestras cabezas, aunque no estoy demasiado seguro si era por su belleza, o por el rugido de sus tripas. 

La moda, en Ciudad Central, era más exclusiva que Hardan, en realidad uno podía llegar a sentirse una sombra de aquellos hombres de trajes ajustados y perfectamente tallados. Sus mujeres con corsés de sedas de miles de colores y Joyas lustrosas y llamativas, sus caras de porcelana, con maquillajes de polvo de oro y plata. Sus cabellos decorados con hojas de aves exóticas, sus sonrisas estudiadas. 

Incluso tuvimos la suerte de ver uno de esos vehículos autopropulsados. Eran ruidosos, emitían un feo humo negro, pero eran definitivamente increíbles. Sus dueños paseaban en ellos, creando envidia por donde pasaban y en sus rostros, se dibujaba a la perfección la sobre autoestima que sentían.

La comida, con mi contacto, no paso inadvertida. Por suerte, fue en un bonito reservado, pero ver comer a Rossy, fue toda una diversión para ambos. 

Lo conocía desde la universidad y como anticipe, me conseguiría todos aquellos que le pedí. Con la tan sola promesa, de no decir de donde habían salido, allí, el Duque, comenzaba a tener cierta notoriedad, y me vi en la obligación de ponerlo en alerta, para que sus redes, anticipasen lo que sucedió en Hardan.

Para nuestra desgracia, el viaje había concluido y nuestro carruaje, con nuestros equipajes, nos llevó directos al vuelo de vuelta. 

Tuve que prometer un viaje más largo a Rossy, ya que le supo a poco, y no es de extrañar, aquella ciudad, tenía una esencia que cautivaba a todo aquel que la visitaba.

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