Cloti me había levantado a primera hora, decía que se me pegaban las sábanas. Pero la sensación que me producía aquel colchón de plumas…, me aferraba, me absorbía y si por casualidad me despertaba, me inducía a dormir sobre toda aquella comodidad emplumada.
No se estaba tan mal en este lado. Bueno, si no eras prisionera de un hijo de mala madre. Logan me cuidaba, me estaba dando una buena vida. Sabía que era una privilegiada. Había visto el Barrio, sus humildes casas nada tenían que ver con esta enorme mansión. Sus ropas embrutecidas por la vida de trabajo y esfuerzo. Nada que ver con mis nuevos vestidos con encajes y algunos con esas faldas tan divertidas que parecían flotar como una nube. Pero si alguien me estaba cuidando con verdadero cariño, esa era la renegona de Cloti.
Esa mañana me había traído una bandeja con un trozo de pastel y una buena taza de leche. ¿Cómo podía haber vivido tantos años sin probar algo tan rico?. Si mi hermano estuviese aquí conmigo, sería el sumun de la felicidad. Me puse triste al recordar que todo esto que yo disfrutaba, era arrebatado por mil a mi hermano. ¿Qué le estarían haciendo?, a veces, un fuerte dolor me recorría ciertas partes del cuerpo. El vínculo con él me dotaba de poder sentir parte de lo que él sentía. Sentía su rabia, su miedo, su hambre… y su dolor.
Hermano, te sacaré de ahí lo antes que pueda. Te lo prometo.
Cloti retiro sorprendía la bandeja, al ver que no me abalanzaba sobre el pastel, se me había quitado el hambre. ¿Cómo podía estar yo disfrutando?, teniendo en cuenta que mi hermano estaba sufriendo.
— ¿Qué sucede niña? — Cloti se sentó en el borde de la cama y me aparto el pelo de la cara.
— Me acuerdo de mi hermano…
— Pronto lo salvará nuestro Logan, de eso puedes estar segura.
— ¿Me lo prometes? — la miré a la cara, realmente estaba convencida, asintió con seguridad.
— Oh, claro que sí, niña, Logan consigue todo lo que se propone, no digas que yo he dicho esto, pero es el mejor hombre que conozco, teniendo en cuenta su profesión.
— Sí, es un buen hombre. ¿Hoy puedo tomarme el día libre? — estaba agotada con tantas clases. Protocolo, lectura, escritura, necesitaba un día, solo uno, pasear por el jardín, juguetear bajo el fuerte sol de este lado, era un lugar hermoso. Todos aquellos colores, aquellos pájaros con mil sonidos diferentes… Y además que sabían tan bien.
— Bueno, mi niña, pero solamente hoy. El mes que viene hay un gran bailé, y tú, pequeña, tienes que estar lista para la ocasión. Tú vas a ser la excusa perfecta para obligar a Logan a relacionarse con más personas. Últimamente está muy solo. ¡Necesita una mujer! — dijo sonriendo.
Cuando Cloti se marchó, me sentía algo mejor, aquella mujer era un cielo. Aunque sí que, a veces, renegaba en ese idioma tan extraño. Me puse mi nuevo conjunto de pantalón negro y camisa negra. Era muy parecido al que Logan usaba en su oficio. Me había costado mucho conseguir convencerlo. Pero para lo que tenía pensado, era mejor que un vestido de tela frágil. Necesitaba sentirme cómoda.
Salí al jardín. El sol bañó mi rostro. Miré al cielo. Era azul, no había ni una sola nube y el calor acarició mi piel. Era una sensación extraordinaria. El camino de gravilla fina crujía bajo mis pies. Los bordillos de piedra hacían de linde con los grandes setos bien recortados. La pequeña plaza con aquella bonita fuente me hizo detenerme. La mujer de la escultura, tenía curvas redondeadas y un gran cántaro de dónde salía el agua cristalina que se vertía en dos finos chorros.
Me senté en el bordillo y toque el agua con mis dedos. Enseguida llegaron, dos, de eso, pequeños pececillos que se habían escapado del cardumen. Tenían colores vivos y me hacían cosquillas en los dedos cuando mordisqueaba la piel muerta.
El primer día me había comido uno de ellos, y descubrí, que el pescado no me gustaba en absoluto. Así que tras un rato, viendo cómo nadaban alrededor de mi mano, decidí intérname en el jardín.
Logan me había enseñado los diferentes caminos a los que acceder por aquel laberinto de setos. Uno de ellos llevaba a una pequeña arboleda. Allí, había recibido algunos días clase, a Lucilda, mi institutriz, le gustaba darme clase al aire libre, no en aquellas salas recargadas. También me caía bien. En general, los humanos eran buenos. El otro camino llevaba aún viejo edificio abandonado por la familia de Logan, era un lugar tranquilo. Me gustaba pasear por allí. Estaba lejos de la mansión y de la mirada del mundo. Allí podía ser yo. Ya que le había prometido a Logan, que me haría pasar por una niña normal. Pero allí, en la soledad, podía sentir mi instinto.
El edificio, estaba semiderruido, su tejado estaba desplomado en el suelo, o por lo menos gran parte de él. Las enredaderas trepaban por los muros exteriores e interiores. Muchos pájaros habían anidado en los recovecos donde el techo aún permanecía intacto, protegiéndolos de las inclemencias. Algunas paredes, bajo la cubierta, aún mantenían el color original. Tuvo que ser una casa preciosa.
Algo se movió rápido, lo capté por el rabillo del ojo. Era un ser cuadrúpedo. Me miró con recelo, tenía todo su cuerpo envuelto en un brillante pelo negro. En su cara tenía unos bigotes muy divertidos. Sus ojos eran sabios y se sentó mirándome descaradamente, esperando mi reacción. Levantó una de esas patitas y se la lamió, después se atusó el pelo. En ese momento pensé que lo había visto representado en uno de los libros de ciencia. Era… un gato.
Intenté acercarme. Era la primera vez que veía uno de ellos. Pero salió disparado en otra dirección a una velocidad increíble. Pero si creía que podía escapar de mí, lo tenía claro. Salí corriendo tras de él. Era un buen trepador. Subía por las paredes a las vigas sin a penas esfuerzo. Cuando veía, que yo no podía alcanzarlo, se paraba y me miraba retador. En una de sus piruetas salió por una de las ventanas del primer piso. Cuando yo llegué, lo vi mirar hacia arriba. Seguía retándome. Salte por la ventana y caí acuchillada para no hacerme daño en los tobillos. Yo también era una buena saltadora.
El gato salió a la carrera hacia una arboleda del jardín. Corrimos entre los árboles, saltamos cogiendo impulso con los troncos partidos y las raíces de algunos arboles. Incluso vistos desde el balcón de mi habitación. Parecían imposible que se mantuviesen en pie. Como los edificios de Ciudad Central. El gato, que tenía unas afiladas garras, comenzó a trepar a uno. Llegué bajo el árbol y miré hacia arriba. Había cientos de ramas, pero gracias a mi visión. Vi al gato oculto por las sombras, el brillo de sus ojos lo delató.
Miré a mi alrededor. Seguía sola.
Allá voy bribón.
Saqué mis garras, era algo natural para mí, lo raro era terneras escondidas. Por lo menos, de dónde yo venía, era mejor estar siempre preparado para lo peor. Para la sorpresa del gato, que pareció mirarme con ojos de incomprensión, comencé a trepar agarrándome de la corteza del árbol, rápidamente. La carrera vertical continuó durante muchos metros. Me quemaban los brazos. Y por como se detuvo el gato. A él también. Lentamente, se fue hasta la punta de una de las ramas. Si avanzaba mi peso partiría la rama. Caeríamos al vacío. Yo no sufría daños, no a esta altura. Pero el gato, si podía tener más problemas. Así que me senté a horcajadas en el nacimiento de la rama donde sí, soportaría mi peso.
Se veía toda la ciudad. Hardan no podía compararse con Ciudad Central, ni en tamaño, ni en altura. Tenía una bonita muralla que separaba donde ellos vivían del Barrio, que era como Paúl llamaba al resto de la ciudad, menos la zona de fábricas, y la parte burguesa. Muy sosa y muy aburrida. Por cierto.
Y más allá, el mar. Debía de ser muy grande, ya que no podía ver su final. Era precioso como brillaba, como bailaba y los barcos que lo cruzaban. Podía ver veleros a varios kilómetros y barcos mucho más grandes que se perdían en la línea del horizonte. Lo había decidido, ese, era mi lugar favorito de este nuevo mundo. Incluso los pájaros, pasaban por debajo de mis pies en lugar de sobre mi cabeza.
Cuando me quise dar cuenta, el gato, estaba en mi regazo. Lentamente, le acaricié el lomo. Era suave, su corazón palpitaba muy rápido. Su sangre se movía liviana por su interior. Seguro que era un buen bocado. Olía muy bien. Pero si quería vivir como estos seres. Tendría que empezar a comportarme como ellos.
¿Cómo te llamas amiguito?
Saqué unas galletas que había robado en la cocina y partí una por la mitad. Metí media en mi boca y le regalé la otra mitad al gato, cuando me miró, relamiéndose los bigotes, decidí que debía llamarse Gato Negro.
Un pajarillo se detuvo a media rama. Me quede muy quieta. Era preciso. Tenía las plumas amarillas y verdes. Un pico fino y anaranjado. Trinaba abriendo su pico y agitaba sus alitas. Cuando quise darme cuenta. Gato Negro salto, lo agarró con sus patas y de un mordisco en la cabeza le partió el cuello. Me miró, agarró el pájaro y volvió a mi regazo con su presa colgando de la boca. Se arrellanó entre mis piernas y comenzó a devorarlo metódicamente.
Yo seguí con mis galletas. Aunque debo reconocer que aquel pajarito olía de maravilla. Gato Negro puso la mitad del pajarito sobre mi pierna, había devorado toda la parte de arriba. Agarre las ancas y las metí en mi boca. Su carne era dulzona. Pero sus plumas me daban arcadas. Lancé las patitas por detrás de mi hombro y volví a acariciar a Gato Negro. Por fin tenía un amigo con quién sí, podía ser yo.
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