Mala muerte: Capítulo 21 Descanso forzoso


Estuve una semana en cama, Sebastián me hacía las curas, dos veces al día, y gracias a un potente cicatrizante, que conseguía en el mercado negro, me dolía bastante menos que cuando Sebastián saco la hoja del muslo. Estaba ansioso por levantarme. Pero aquel tozudo hombre se negaba en redondo. Paúl no había acudido ni una sola vez, eso me preocupaba. Cloti mantenía alejada a Rossy para que pudiera descansar. 

¿Descansar de qué?, Si no me deja ni levantarme de la cama.

La puerta se abrió sin emitir ruido, primero un dedo, después, lo justo para que apareciera la cabeza de la niña.

Esta es mi chica.

Entro haciéndome la señal de que estuviese callado. Cerró la puerta y caminando de puntillas se subió en la cama. 

— ¿Cómo estás?

— Mejor, ya casi no me duele.

— ¿Y por qué Cloti no me deja venir?

— Por qué es una renegona — la niña sonrió —, supongo que es para que descanse. Pero puedes venir siempre que quieras. Sin embargo no te puede ver — Rossy asintió riendo. Me vino un fuerte olor a tierra húmeda y hierva. Me fijé en que la niña iba vestida con aquel traje de asesina que tanto me había pedido. Tenía rasgadas las rodillas y los antebrazos.

— ¿Te has divertido?

— ¿Yo?, ¿Cuándo? — me miró con un claro secreto en sus ojos.

— A mí puedes contármelo, Rossy, has estado jugando por el jardín y — agarre un fino pelo negro, de su blusa — has estado con un gato.

— Sí… bueno, es mi amigo.

— Eso está bien y ¿Dime?, ¿Cómo se llama?

— Gato Negro.

— Supongo — dije levantando el fino pelo del gato — que es por su color.

— Si, a él le gusta — yo asentí.

— ¿Entonces Gato Negro vive en el jardín?

— Eso creó, y es muy rápido y listo.

— No lo dudo. Me alegro de que tengas un amigo más. 

— ¿Puedo invitarlo a cenar?.

— ¿Invitar a un gato a cenar?, Cloti nos mataría a los dos. Pero si quieres, puedes dejarle agua y comida en tu balcón. Por otra parte no puedes dejar que entre dentro.

— Bueno, seguro que le gusta. ¿Estarás listo para el baile? — Rossy se levantó de la cama y se dirigió a la puerta de puntillas.

— ¿Qué baile? 

— El del mes que viene. Cloti quiere que te acompañe.

— Maldita mujer.

— ¿No quieres ir? — en sus ojos noté cierta decepción.

— Contigo sí — sus ojos se iluminaron—, cuenta con que estaré más que listo para ser tu acompañante.

— Hasta luego, Logan.

— Hasta luego, Rossy — conteste ausente. Rossy cerró la puerta silenciosamente y, escuche sus pasitos correr a toda velocidad.

Esa mujer… sabiendo como estaba la ciudad…

Durante un rato estuve maldiciendo, maldecía por estar allí tumbado, viendo pasar el tiempo. Maldecía por las ideas de Cloti y aún maldecía más por qué ninguna de las informaciones que nos llegaban al cuartel general, nos decía donde tenían retenido al hermano de Rossy. Parecía haber desaparecido. Si no fuese por la seguridad con la que Rossy aseguraba que podía sentir que estaba vivo, pensaría que el Duque lo habría asesino. 

Sebastián entró en la habitación con su bandeja de plata y sus útiles para la siguiente cura. Su semblante era serio y por primera vez en una semana, mi diario iba bien doblado en uno de los lados. 

Que los dioses te bendiga, Sebastián.

El anciano me destapó, se sentó dejando mi pierna sobre su muslo y retiro la venda. La herida tenía un color feo, los puntos estaban limpios, era una suerte que no se infectara la herida. Eso era muy buena señal. Si mantenía aquella velocidad en una semana más, podría andar con dificultades. Pero ya no tendría que estar tumbado como un vago.

El hombre untó el menjunje cicatrizante, y volvió a tapar la herida con una gasa y una venda bien ceñida. Se levantó, me entrego el periódico y se marchó sin decir ni una sola palabra. 

Siempre actuaba así cuando estaba convaleciente. Su cariño hacia mí, lo ponía realmente preocupado y me culpaba a mí, de seguir los pasos de la familia.

Abrí el diario, estaba ansioso por ponerme al día. En la primera página venía en la parte superior la fotografía de un cuerpo quemado, en la parte de abajo, otra fotografía mostraba un hombre colgado, acerque el periódico, cada vez me costaba ver sin mis lentes de lectura. 

¿Ese era…? 

El Capitán de la guardia. Mis ojos subieron al primer texto, el cuerpo quemado no era otro que el alcalde. Toda su casa había sido reducida a cenizas. Los agentes aseguraban que el olor a productos químicos, inundaba toda la calle y al servicio de Bomberos, le fue imposible apagar el fuego hasta veinte horas después. Seis edificios se habían visto implicados. Por suerte, solo otro hombre había resultado muerto por la inhalación de humos tóxicos.

Eso era cosa del Duque, no cabía duda. Represarías por haber perdido aquella fortuna, nuestra mejor baza era una fina línea de lealtades de los hombres del barrio, muchos de los guardias, aunque no formaban parte de La Justicia del Antifaz. Aunque que si pasaban por alto algunas cosas, las más importantes. Yo tenía planeado pasar por sus casas, visitar en medio de la noche al alcalde y al Capitán, para tener unas charlas con ellos, esas conversaciones habían sido canceladas. Pero por lo menos, me quedaba la seguridad de que aquellos, que yo creía buenos hombres, en el fondo lo eran.

Me levanté con suavidad y agarre mi bastón de caoba... Aquella noticia había enrarecido el aire de la habitación. Fui al ventanal y lo abrí de par en par, hacia una tarde espléndida, agarre el diario y salí a sentarme en la mesa que tenía dispuesta y seguí devorando la información. 

Habían pasado muchas cosas. Habían cerrado varios diarios. Sus imprentas habían sido saboteadas y los dueños no podían cubrir sus reparaciones. Otra gran jugada de ese bastardo. Cortar las alas a la prensa. Evitar toda información que le perjudicara. Que ganas tenía de echarle el guante. De estrangularlo lentamente.

Alcé la mirada, desde mi balaustrada, podía observar todo el jardín. Mi balcón, como no podía ser de otra manera, coronaba la fachada trasera y todo a su alrededor estaba creado para que fuese el centro arquitectónico de todo el patio y fachadas traseras.

Vi a Rossy, sentarse en la fuente. Jugueteando con el agua. Podía ver su sonrisa. ¿Quién pensaría el poder que albergaba esa niña?, parecía tan frágil, tan inocente. Y en realidad, era un ser de otro plano existencial, una bruja. Un ser de cuentos de terror. Sería su hermano igual, podríamos confiar en que se comportara como Rossy, o sería un verdadero peligro para toda la ciudad. 

¿Habría forma de devolverlos a su plano? Las preguntas comenzaron a emerger, no me había planteado ninguna de ellas todavía. ¿Cómo habían llegado?, ¿Cómo habían sido encarcelados por el Duque?, ¿Qué podían llegar a hacer con sus poderes? 

Tal vez, debería de tener alguna charla más seria con Rossy. Había demasiadas incógnitas. Demasiados cabos sueltos. Hasta que punto era seguro tenerla en casa, la habíamos tratado como a una niña, pero, ¿Qué edad tenía?, ¿Qué había hecho durante esos años?. Me surgían más preguntas que respuestas lógicas.

Vi como una bola de pelo negro cruzó el camino de gravilla, salto sobre el bordillo de la fuente y se quedó plantado mirando a Rossy, se lamió una para y comenzó a lamer su pelaje. Rossy lo miraba fascinada. Quería pensar que si un animal, tan inteligente como un gato, no salía huyendo de allí, era por qué Rossy no era un peligro. 

Los animales son más sabios que nosotros juzgando su entorno. 

Rossy metió rápidamente la mano en la charca. La saco, gritando, alegre y dejó algo frente al gato que no tardó en devorar. Si Sebastián, se enteraba de que un gato se estaba comiendo a sus peces exóticos, le daría caza con una escopeta. 

Rossy y Gato Negro, se internaron en el laberinto al trote. Los perdí dentro del laberinto de setos. Después de un rato, la vi trepar a unos de los altos árboles que crecían allí desde antes de que mi familia comprara el terreno. Las secuoyas, cuatro docenas en total, también habían sido en otro tiempo mi escondite del mundo. 

No era fácil trepar hasta tan alto, Rossy tenía muchas habilidades que yo aún desconocía. Se sentó en una de las últimas ramas con el gato en su regazo. Me era imposible ver su cara. No desde aquella distancia. Pero estaba seguro de que había una sonrisa de oreja a oreja. La misma que se me dibujaba a mí, cuando sabía que estaba lejos de todo el mundo.

Comentarios

Publicar un comentario