Estábamos sentados uno frente al otro. Paúl estaba hecho polvo, tenía la cara completamente deformada por la hinchazón. La camisa abierta, un vendaje, desde los hombros hasta el ombligo y una pierna le temblaba si la tenía mucho tiempo en la misma posición. Algo que evitaba obligándose a doblarse hacia delante para coger su vaso de Whisky.
Yo no estaba mucho mejor. Aunque mantenía las apariencias, el dolor era agudo. Los últimos días había forzado demasiado la pierna, tenía demasiadas cosas pendientes. Y todo sea dicho, el obligarme a doblarme hacia delante para coger mi vaso, me producía un fuerte pinchazo en el muslo. Así que éramos una sinfonía de gruñidos y maldiciones.
Por su seguridad, habían traído a Paúl a mi mansión, nadie lo buscaría aquí, además, el General se había encargado, había hecho que se corriera la voz de su salida de la ciudad. Los hombres hablaban entre ellos, asegurando que uno o dos lo había visto salir a Hurtadillas en medio de la noche, huyendo como un cobarde.
Sebastián entró y dejó su bandeja sobre la mesa. En ella iba un vaso vacío con un posavasos de madera. Jamás lo había visto. Colocó con su refinado estilo el posavasos sobre la madera del escritorio y colocó justo en el centro el vaso.
— ¿Esperamos visita? — le pregunté con verdadera curiosidad.
— No, señor Logan — dijo acercándose a una de las sillas y estirando de ella, produciendo un sonido estridente, la arrastró hasta la mesa. Se desabrochó la pajarita, se abrió el último botón de su camisa, perfectamente planchada y se sentó. Me miró, miró la botella e intuí, que el vaso era para él.
— Esto sí que no me lo esperaba — río Paúl cogiéndose del pecho.
— Ni yo tampoco, pedazo de gilipollas — le contesto a Paúl que dejó de reírse de golpe —. ¿En qué cojones estáis pensando vosotros dos? — agarró el vaso recién servido y se lo bebió de un trago —. Primero tú — me señaló — bajas la guardia y casi te dejan cojo. Y tú — señaló a Paúl — te piensas que eres un rudo marinero y te metes en medio de un grupo de esclavistas y no tienes — me miró para qué rellenará nuevamente el vaso — más cabeza que matar a uno de ellos…
— En mi defensa — dije y su mirada me silenció.
— Y aquí estamos — cogió el vaso y volvió a vaciarlo — los tres, un anciano cobarde y dos jóvenes temerarios y sin mucho seso. Y encima, tengo al servicio revuelto por tener aquí a este patán. Imagino que le habrás prohibido perseguir a las sirvientas.
— No lo he visto necesario — miré a Paúl, aquella cara no podía subir la libido de absolutamente nadie, y dudaba bastante que incluso Paúl, tuviese ganas de demasiados trotes — no está en su mejor momento.
— Le prometo, señor — dijo Paúl — que no causaré problemas.
— Hijo, tú eres un problema en sí.
Se levantó, colocó su vaso sobre la bandeja, sobre el vaso, el posavasos. Se abrochó el botón de la camisa y abotono la pajarita, se levantó, agarró la botella de whisky, la colocó sobre la bandeja y sin decir nada más se marchó con nuestro licor.
— ¿Esto acaba de suceder? — me preguntó Paúl, intuí una sonrisa en su rostro desfigurado.
— Eso me temo. Y se ha llevado el Whisky — gruñí.
— Cada día está pero el servicio, ¿No crees? — no pude más que reír. El dolor de la pierna me subió de súbito al mover incontrolablemente el abdomen.
Aún, en un estado deplorable, la tarde fue bastante amena. Hacía tiempo que Paúl y yo no pasábamos tanto rato de ocio. Como en los viejos tiempos. Pero advertí que Paúl no estaba tan bien como quería aparentar.
Así que me levante, moví uno de los tomos de la estantería y saqué mi reserva de whisky. Sabía que Sebastián no le gustaba que bebiera y había aprendido ciertas tretas que también había usado mi propio padre. Sonreí a Paúl y volví a sentarme dolorido.
— ¿Te duele? — me preguntó.
— Menos que tu cara, eso es seguro.
— Sabes, hay algo que aún no me cuadra.
— ¿Y qué es?
— Mi tío, me ha dado la charla, me había castigado en mí cuarto — solté una risotada —, si, yo todavía no me lo creo… Smith se ha enfado mucho. El Capitán, me dijo que lo había decepcionado… ¿Pero tú no has dicho absolutamente nada? — me quedé pensativo.
— ¿Y qué debería hacer?, tengo que asumir que eres un hombre hecho y derecho, y jamás cuestionaría tus decisiones, aunque no las comparta. En algún momento tienes que ser tú el que cargue con tus acciones y por como tienes la cara, estoy seguro de que has aprendido una gran lección.
— No lo sabes bien.
— Claro que lo sé, todo humano pasa por eso, la vida es así, te da ostia tras ostia hasta que aprendes la lección que quiere enseñarte. Y créeme, todos aprendemos. O acabas muerto con una soga al cuello o en un canal — rellené los dos vasos—. Bueno, por lo menos cuéntame que paso.
Mientras liaba un par de mis cigarrillos, Paúl comenzó a relatar su día anterior. Todo iba de mal en peor. Es el problema de ser un joven impulsivo con un gran corazón. A veces un hombre no discierne si es capaz de llevar acabó sus ideas más violentas, y Paúl, decididamente, era capaz. Si a eso le sumabas su ira reprimida desde que todo esto empezó, me quedó claro que era un verdadero polvorín. Y en una guerra, los héroes son los primeros en morir.
— Y le partí el cuello… fue… asqueroso.
— Toda muerte te hace sentir esa sensación.
— Me di cuenta de lo fácil que es irte a criar malvas. Lo simple que es morirte, lo poco que se necesita para quitar una vida.
— ¿Y como te hace sentir eso?
— Me dio miedo. Creo que soy…
— ¿Un cobarde? — Paúl asintió —, Paúl, no te preocupes por eso, eres un hombre valiente. ¿Cuántos conoces que con tu edad dirija el sindicato de toda una ciudad?
— Pero no es lo mismo, ¿tú no tienes miedo?
— Claro que tengo miedo, aunque no lo creas, soy humano — Paúl soltó una risotada y después gruñó sujetándose el pecho —, Paúl, todos tenemos miedo, el valor es como nos afecta ese miedo, si dejamos que nos paralice o si nos ponemos manos a la obra para superarlo.
— Pues podías ayudarme con eso.
— Mañana empezaremos con algo que te puede ayudar.
— ¿Y por qué no hoy?
— Por qué hoy vamos a emborracharnos. Lo necesitamos los dos.
Y no mentía, cuando Cloti llegó con Sebastián y la cena, nuestras lenguas ya eran de trapo. Sus malas caras lo decían todo, aunque ya que somos sinceros, nos importó poco o nada. La cena quedó en sus platos, pero de alguna manera, la botella había vuelto a desaparecer. Lo último que recuerdo, es que tuve que usar mi segundo escondite, entre risas tontas. Y una clara ausencia de dolor.
La mañana siguiente fue dura, hacía años que no me emborraba de esa manera, y ahora recordaba exactamente por qué. La luz del sol me molestaba en los ojos, salí de mis aposentos, el estómago me pedía algo sólido, seguro que Cloti tenía algo que llevarme a la boca.
Rossy paso como una exhalación corriendo por el pasillo. Me temí lo peor, un ataque a la mansión o un accidente.
— ¡¿Qué sucede?!— ¡Hay un hombre muy feo, quiere abrazarme — agitó los brazos sobre su cabeza — dice que es Paúl, como si yo estuviese tonta! — me respondió girando una de las esquinas a toda velocidad.
Eso me hizo sonreír, últimamente creo que me estaba acostumbrando a esa sensación. Hacía mucho que mi humor se había agriado, mi trabajo, cada vez me estaba endureciendo más. Como bien había dicho Paúl la noche anterior, uno se daba cuenta de la futilidad de la vida. Y las heridas que había ido acumulando por mi cuerpo empezaban a pasarme factura, obligándome a estar más en alerta de lo normal.
Paúl estaba en la cocina, tenía en alto toda la bandeja de pastel de Cloti, ella, saltaba y le golpeaba mientras le gritaba en su idioma materno. Había visto esta imagen mil veces. Cuando ambos me vieron, Paúl dejo la bandeja rápidamente y Cloti se dirigió hacia mí, gritándome con aquel galimatías y generándome un agudo dolor en las sienes. Después se marchó el sonido de su voz mientras se perdía en la lejanía de las salas.
— Esa mujer la tengo en el bote — susurro Paúl cogiendo un triángulo de pastel.
El desayuno fue fuerte y silencioso. Paúl parecía estar de maravilla, salvo por su cara algo menos hinchada. Por lo menos podía abrir los ojos un tercio. Y me prometió, que no volvería a dejarme beber. Como en las últimas cien borracheras anteriores.
Algo más dispuesto, conduje a Paúl a mi sala de meditación, miraba mis altares con respeto. Encendí dos cirios que tenía dispuestos para mis sesiones. Apague la luz de gas y nos sentamos sobre los pequeños cojines que tenía repartidos por el suelo. Encendí dos incienso y los coloqué en el centro.
Explique lo básico a Paúl. Mantener la sensación en la respiración, dejar que los pensamientos naciesen y después, dejar que se marcharán. Ver que teníamos que decirnos a nosotros mismos. Sin censurar aquellos que no nos gustaban. Una vez entendida la dinámica. Cerramos los ojos. Mantuvimos el silencio.
Parecía que Paúl estaba haciendo todo lo que yo le había aconsejado. No sé cuánto tiempo pasó, yo no media el tiempo cuando entraba en ese estado. El estado del que fui arrancado cuando Paúl comenzó a roncar. Se había quedado dormido, sentado. Apague el incienso, apague los cirios y me marché de allí. Necesitaba vomitar.
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