Me dirigía al almacén de grano, los hombres estaban haciendo bien su trabajo, los que no tenían algún propósito, se dejaban ver en la calle. Con malas caras y ropas sucias. Queríamos dar la imagen de derrotados. Como de costumbre, en momento difíciles, las conversaciones eran monosílabas.
Llegué a la puerta del prostíbulo, Luciana, su regente y Madame, se encontraba sentada en los escalones con la cabeza entre sus rodillas. Jamás había visto bajar la guardia de esa manera a la mujer más inteligente que sin duda conocía.
— ¿Luciana que sucede? — me senté a su lado y agarre su mano. Tenía un olor dulzón y sugerente, además de un montón de años.
— Han venido a verme, Paúl, esos asesinos han venido a verme — levantó la cara, estaba llorando y tenía el contorno de uno de sus ojos oscurecido. El maquillaje no llegaba a cubrir el moretón de debajo.
— ¿Quién ha sido? — me miró a los ojos, pude leer su miedo, su preocupación.
— Era un extranjero, su piel era negra y sus pantalones rojos. No llevaba camisa — me agarró con las dos manos, aferrándome como una madre que sabe que vas a hacer una locura—, pero tú no te metas hijo, es un asesino profesional. Además de una mala bestia.
— ¿Qué quería? — dije levantándome. ¿Cómo iba a quedarme al margen?, Ella había sido una madre para mí, después de que mi propia madre y mi tía fallecieron.
— Que eche a mis chicas, él traerá nuevas, mujeres esclavizadas… y el ochenta por ciento de la recaudación será para el Duque — las lágrimas tuvieron más fuerza que su tesón—. Es mi ruina, es mi ruina.
— De eso nada — me zafé de sus manos, tal vez, con demasiado ímpetu.
La mujer me suplico que no hiciese nada, pero no podía permitir algo así. Me marché a grandes zancadas, maldiciendo entre dientes, repasando una y otra vez como acabaría con ese puto cobarde. Lo encontraría y pagaría por aquella fechoría; ¿no podía haber tantos hombres negros y pantalones rojos?
Sabía dónde se juntaban a beber cuando los esclavos ya estaban encerrados. Apreté mis puños y el paso. Me crucé con algunos hombres, era evidente que leían mi ira. Ninguno se atrevió a cruzarse en mi camino. Sabían que en ese estado era muy impulsivo.
Llegué a los embarcaderos. Allí una pequeña cantina servía al aire libre. Los hombres de piel oscura se amontonaban a su alrededor. Tal vez debería haber acudido con algo de ayuda. Pero ahora que había llegado hasta allí, no había vuelta atrás.
Enfile hasta la cantina. Resultaba que todos aquellos hombres, portaban pantalones de un tono rojizo. Sus rostros se tornaron taimados, cuando me introduje en su círculo. Me coloqué en el centro y respiré hondo.
Allá vamos.
— ¿Quién de todos vosotros es tan cobarde como para pegarle a una anciana?
Todos se callaron. Después comenzaron a reírse.
— Si tiene cojones que salga y de la cara. Así podré decirle que su madre es una golfa.Todos volvieron a callarse. Esta vez se miraban sin muchas sonrisas en las bocas.
La primera fila se abrió y apareció un hombre que sobrepasaba dos cabezas a todos aquellos gigantes. Se plantó frente a mí, mis ojos quedaban a la altura de su pecho. Sus brazos eran tan anchos como mi cuello. Su sonrisa estaba formada por unos dientes afilados formando una sierra bastante intimidatoria. En su rostro tatuado había cientos de pequeñas protuberancias.
— He sido yo — dijo riendo mientras miraba a sus compañeros a mi alrededor — y ahora también voy a pegar a un niño. O más bien, te voy a matar.
Aquella pelea no iba a ganarla por fuerza, eso estaba descartado. Logan me había enseñado a pelear con cabeza. Observe al gigantón. Tenía una fea cicatriz en un hombro, en otro tiempo, una espada había roto sus ligamentos. Esas heridas jamás sanaban del todo. Decidí que ese era su lado débil. Lanzó un puñetazo de arriba abajo y lo, esquive por los pelos. Era lento, muy lento. Un punto a mi favor. Lanzó otro gancho con su brazo malo, lo esquive, agarre su muñeca y la giré en redondo hasta que su brazo quedó pegado a su espalda. Doble su muñeca y el tipo grito e hincó la rodilla en el suelo.
Cuanto más subía la torsión, más daño le hacía y más fuerte gruñía. Pero sus amigos no iban a permitir que lo tuviese así eternamente. Tampoco hicieron ningún movimiento que denotara que me atacarían, por lo menos, sabían lo que era el honor entre hombres.
Así que con un fuerte subidón, note como su hombro y muñeca cedían y se destrozaban, como sus ligamentos cedían, como sus huesos se hacían astillas. El gigantón se zafó dando un grito gutural, apoyo su mano buena en el suelo. Su espalda, de un tamaño colosal, subía y bajaba frenética.
Se giró de improvisto y me propinó un puñetazo en el estómago. Salí rodando hacia atrás. Parecía que me habían golpeado con un Mallo, sentí un fuerte dolor en la espalda al caer. Como derramaba sangre desde mi boca. Me levanté sujetándome el estómago, el gigantón cargaba con todas sus fuerzas y yo lo esquive en el último momento, gire a su espalda y golpee uno de sus pies con una patada baja, el gigantón cayó de bocas al suelo.
Sus aliados se quedaron en silencio. Sin duda debía de ser su mejor guerrero. Salte sobre él, coloque mis rodillas sobre su espalda, como haría un hijo jugando con su padre, o por lo menos, esa fue mi sensación. Tenía que terminar aquello, o estaría realmente jodido. Lo agarré por el cuello con mis dos brazos, Logan me había enseñado varias llaves de ese tipo, con alguna de ellas, podía dejar dormido a mi enemigo, pero esta vez, esa no era mi intención.
El gigantón intentaba agárrame con su único brazo bueno. Intentaba levantarse, pero mi peso era el suficiente para impedírselo. Comenzó a tener convulsiones. Apreté más fuerte la tenaza de mis brazos… Y un clac sonó sordo, feo y frío. El hombre dejó de moverse. Le había partido el cuello.
A mí alrededor, los ojos sorprendidos comenzaron a tornarse peligrosos.
¿Y ahora que…?, Me van a matar.
Había cumplido mi venganza, pero ahora pagaría muy caro aquella victoria.Uno de ellos me levantó del pelo. Y me propinó un duro puñetazo en la mandíbula, mi cuerpo fue hacia atrás y otros dos hombres me sujetaron por los brazos.
La tunda que me estaba propinando aquel bastardo me hizo sentir el sabor metálico de la sangre en la boca, otra vez. Me daba puñetazos a placer. Tampoco descarto que fuera más de uno, ya que no podía ver nada por la sangre que las cejas vertían en los ojos. Me costaba mantener la consciencia.
De repente se detuvo todo. Caí al suelo. Pude sentir como la madera del embarcadero se agitaba al son de muchas botas.
Abrí un ojo, pude ver, entre la sangre, cómo los hombres del barrio me habían seguido. La pelea se alejó de mí. Podía oírlos gritar. Darse mamporros.
Alguien me agarró por la pechera y comenzó a tirar de mí. Después me levantó como un saco, me cargó sobre un enorme hombro y me alejo a la carrera. Deje de escuchar el sonido del mar, el sonido de la pelea, perdí el norte y debí perder el conocimiento.
Me desperté en mi cama, tenía los ojos tan hinchados que me costó poder abrir una fina ranura, el fogonazo me hizo dar vueltas la cabeza hasta que se acostumbraron a la luz, tenía la garganta seca, la piel me estiraba, me dolía todo el cuerpo y entonces los vi.
Mi tío me miraba enfadado, tras él, Smith me miraba aún más enfadado, y detrás de aquellos rostros enfadados, se encontraba el General con cara de decepción. Intenté levantarme, pero las costillas me produjeron un fuerte pinchazo. Tenía el pecho vendado.
— ¡Estate quieto! — me ordenó mi tío con aquella voz que solo salía de su boca cuando tenía que recriminarme algo.
— ¿Pero como has sido tan idiota chico? — escupió Smith.
— Esperaba más de ti, chico — susurró el General.
— Lo… — las palabras se ahogaban en mi garganta, lo había hecho por Luciana, por el barrio.
— ¡A no! — rugió mi tío —, ni se te ocurra pedir perdón. Por qué no te lo vamos a conceder. ¡Te podían haber matado!, si esos hombres no se hubiesen preocupado por ti, ahora estarías dando de comer a los peces.
— Lo…
— Mataste a uno de ellos Paúl, eso no va a acabar con una simple pelea en el puerto — Smith se levantó sin mirarme a los ojos y se fue hacia la puerta —, hemos puesto hombres en tu puerta y en el prostíbulo.
— Doblaremos a esos hombres, de paso los tendremos haciendo algo y no pensando cómo suicidarse — dijo el General sin mirarme a los ojos. Ambos se marcharon. Pero mi tío se quedó junto a mi cama.
— ¿Acaso no te hemos enseñado que las cosas en caliente nunca salen bien? — su tono de voz bajo un tono.
— Me dejé llevar. Es Luciana, tío, tiene pocos años menos que tú. Le habían pegado — mi tío me miró con menos tensión en sus pupilas, sabía cuánto afecto procesaba por aquella mujer y que en el fondo, había hecho lo correcto, me dio dos golpecitos en la mano.
— Descansa — su voz volvió a la normalidad—. Me han dicho que has peleado bien. ¿Ahora quiero que reflexiones que sucederá después de esto? Es tu cara la que van a buscar. Así que se acabó salir a la calle.
— ¿Qué?, ¿me estás castigando si salir?, pero si yo no soy ningún niño, no puedes re…
— Cuando seas un hombre volveremos, a hablar, así que sigue con tu rabieta de niño mal criado y estarás encerrado aquí hasta que madures de una vez — su voz volvió a subir la intensidad, fui a discutir sobre aquella locura, pero recordé por qué mi tío era el Juez —. Ni se te ocurra tocar está puerta. Lo sabré — y no mentía, siempre lo había sabido, y jamás me había revelado su secreto.
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