boceto 1 Entre las estrellas


Entre las estrellas. (Boceto 1)

Introducción:

La cantina olía alcohol, drogas y una acuciante falta de duchas de iones. Pero si alguien quería hacerse un nombre en el oficio, tenía que darse de alta. 

En la puerta había un ser de cabeza diminuta pero cuerpo de gigante. En su mano, un Faser, que bien podía haber ido armado en nuestra nueva nave, nos detuvo.De su boca salieron unos sonidos guturales, de las branquias de su diminuto cuello, salía otro sonido bastante desagradable. Toni me golpeó el brazo al ver que me había quedado en blanco en el peor momento. 

— Enciende el comunicador idiota — me susurró a la espalda, el ser repetía una y otra vez sus asquerosos sonidos. Golpeé en mi tríceps derecho y el comunicador se encendió

— Puto gilipollas, ¿Qué coño quieres? — decía realmente molesto.

— Perdone, señor, tenía problemas con el comunicador. Venimos a inscribirnos.

— ¿Vosotros tres? — sonrió con una boca similar a las larvas — iros por donde habéis venido cretinos.

— Una mierda — Samuel dio un paso adelante y me aparto con su brazo musculoso —, no me voy de aquí sin nuestro patente de corso — Toni lo agarró por el codo.

— ¿Prefieres irte con un agujero en el pecho, chico? — El guardia encendió el arma y un sonido aterrador fue ascendiendo hasta su máxima potencia.

— Déjalos pasar, van conmigo — dijo una mujer apoyando su mano en el hombro del gigante y mirándonos con una sonrisa.

— Elsa, no quiero problemas ahí dentro — susurró el armatoste. Ella asintió y el sonido del arma descendió hasta quedar apagada —. Si me creáis problemas, os tiraré a trocitos en algún estercolero — los tres asentimos, el tono, y su posición nos advertía que no era un farol.

Aquel lugar era tal y como nos lo habíamos imaginado, allí dentro estaba lleno de todas las caras conocidas de las cartas de la justicia. Los peores asesinos, los peores contrabandistas, los peores hombres en este cuadrante de la galaxia, estaban sentados por allí.

Por fin todos aquellos años de carroñeros en el estercolero de la Federación había servido para algo. Tras cinco años recogiendo piezas, habíamos conseguido recuperar una nave de carga pequeña, pero no lo suficiente como para no tener un motor de curvatura. Pero si demasiado pequeña como para trasportar más de quinientas toneladas de material. Estos contrabandistas que nos rodeaban tenían naves estelares de primer nivel. Su capacidad de carga podía multiplicarse por cien, con nuestro humilde carguero, pero por lo menos, teníamos un Faser en el morro que quedaba superintimidante.

La mujer nos guio hasta una mesa al fondo del local, se sentó en la silla más cerca a la pared y subió sus mallas y botas tácticas sobre la mesa. Con el dedo, nos dijo donde debía sentarse cada uno. Debía de tener cinco o seis años más que nosotros, pero para una mujer tan mayor, había que reconocer que estaba bastante bien.

— Muy bien, niños, decirme, ¿cuántos añitos tenéis? — sonrió mirándonos, tenía una sonrisa pícara y mirada audaz, su pelo negro caía en una coleta mal arreglada hasta sus hombros. La verdad, tenía pinta de peligrosa.

— ¿Y qué importa eso? — Samuel y sus impulsos suicidas, pensé.

— Es necesario para el registro, no permito que ningún niño de menos de diecisiete años valla por ahí jugándose nuestros negocios.

— Tenemos diecinueve — respondí.

— En realidad yo tengo casi veinte — apuntillo, como siempre Toni.

— Cállate — dijimos al unísono Samuel y yo.

La mujer miró al camarero, su piel de cocodrilo brillaba bajo los focos. Asintió y vino a la mesa con un libro. Lo dejo sobre la mesa y nos miró con sus ojos reptilianos, sé me puso los pelos de punta, como cada vez que veía uno de su raza.

— Muy bien, nombres — la mujer me miró a mi.

— Él, se llama Toni y él, Samuel, yo me llamo Leo.

— ¿Terrícolas?

— Si

— ¿Nave propia?

— Si

— Tipo — dijo mordiendo la punta de la pluma. Miró a Toni, era el más reservado de los tres, su piel morena y su pelo negro plagado de rizos, debía de haber llamado la atención de la mujer. Como pasaba casi siempre.

— Carguero pequeño minero — Toni agachó la cabeza avergonzado de como lo devoraba con la mirada, como siempre.

— ¿Me lo dices en serio?, Esa mierda.

— ¿es una nave, no? — conteste yo, la mujer apartó la vista del pobre Toni.

— Bueno. Solo espero que no os maten en el primer contrato. A ver — miraba el registro mientras se daba golpecitos en el labio inferior —, el treinta por ciento de los beneficios es para el gremio — nos miró a los ojos para ver nuestra reacción.

— Veinte — dijo Samuel.

— Niño, esto no es una negociación. Aquí mando yo. Y yo, soy quien decide cuanto riesgo puedo absorber si la cagáis. Y créeme, la vais a cagar. 

— Está bien el treinta — le contesté — cuando empezamos.

— Darme un rato, buscaré algo fácil, no tengo ganas de borraros del libro el primer día. Podéis tomar algo, hoy, invito yo. Pero hacerme un favor.

— Claro — dijo Toni. La mujer le guiñó un ojo.

— Quedaros muy quietos… — se levantó y cuando parecía irse volvió a girarse — y muy callados. 

Seguimos su consejo. Intentamos pasar inadvertidos, salvo Samuel, que parecía considerarse el Alfa del lugar, con su barbilla cuadrada alta, mirando con desdén a todo el mundo. Un mundo que no se lo pensaría dos veces en freírnos con sus láseres.

La mujer volvió con una tableta. Con todo el que se cruzaba, tenía una broma o una discusión. Realmente movía el cotarro allí dentro, sería bueno llevarse bien con ella, decidimos entre susurros. Se sentó a horcajadas en la silla y tiro la pantalla sobre la mesa. 

El contrato era el movimiento de un grupo de Foquers, unos seres mal olientes y bastante agresivos. Su venta en el cuadrante esteba castigada con la cárcel. Mucho peligro para…

— Cincuenta Dits, esto es una mierda — escupió Samuel, la mujer lo miró y toda su chulería se difuminó.

— Ahí está descontado nuestros honorarios, si crees que es poco, vuélvete de donde hallas salido y trabaja doce horas por dos Dits. Para ser vuestro primer trabajo es una verdadera maravilla.

— Pero si no da ni para pagar la materia negra de los motores — susurró Toni.

— Si no lo queréis se lo daré a otro, pero si aceptáis un consejo, id poco a poco. Sois jóvenes y tenéis todo el tiempo del mundo. Yo puedo hacer que nadéis en la abundancia, pero todo tiene un proceso.

— Aceptamos — estiré mi mano y la mujer apretó la suya contra la mía. El trato estaba cerrado.

— Un consejo. Intentar no entrar en combate. Esa carga es cara y vuestra nave una puta mierda. Id, dejarlos y volver. Dos días. Rápido y limpió. 

— ¿Dónde recogemos la carga? — preguntó Samuel.

— En una hora en el hangar dieciséis. Más os vale no llegar tarde. Y ahora largo de mi bar.

Salimos de la cantina. Con toda aquella emoción, no habíamos pedido ni un mísero baso de agua. En aquel arenal, el polvo se pegaba en nuestras gargantas bajo aquel sol de grado 1°.

Conducimos la nave hasta el hangar dieciséis, era el hangar más triste de todo el aeródromo. Pero todos tenemos que empezar desde abajo.

Por suerte, la mejor escotilla de la nave, la habíamos ubicado en la zona de carga. Sellaba a la perfección y el olor, no llegaba hasta la cabina. Tardaríamos días en dejarla en condiciones otra vez. 

Pero para bien o para mal. Nuestra leyenda comenzaba ahí. Con nuestra nave llena de bestias y mierda.

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