— Me temo que el General no exageraba — me faltaba el aire.
Mi mansión era una escombrera, aún olía al humo del incendio y podía imaginar a todos esos bastardos disparando sin ton ni son a todo lo que hubiese dentro de mi propiedad.
El jardín estaba destrozado, algún emocionado se había dedicado a pasear con un carro por encima del césped y por en medio de mis maravillosos setos.
La fuente, había sido foco de la ira de esos pistoleros y la mujer, decapitada, soportaban un jarrón que bien podría haber sido un colador. Gato Negro subió al bordillo, agitó el agua con sus patitas. Bajo la pátina verde, los pequeños pececillos intentaban esconderse bajo las piedras que habían caído dentro.
Bueno, algo es algo.
Por suerte, parte del laberinto de setos permanecía en pie, y tras aquella desolación, sentí gran alivio al ver aquel lugar tal y como siempre lo había conocido. El Gato de Rossy corrió hasta el edificio abandonado y desapareció.
Rossy y yo nos acercamos al edificio. Me dirigí hacia la puerta secreta y Rossy me pidió permiso para ir con su amigo. La niña se fue a la carrera. La puerta secreta estaba intacta, aunque habiendo volado la salida, no sé si me serviría para algo.
Desde allí me dirigí, bordeando la muralla trasera, hasta la puerta que Paúl y yo usábamos cuando mi identidad permanecía en el anonimato. Ahora tampoco tendría demasiado uso. Pero debía saber a qué atenerme.Allí todo estaba normal, salvo la rejilla que hacía de entrada que seguramente Rossy había olvidado volver a poner en su sitio tras su refriega con los lobos. Pero no se veían daños en el terreno, así que podía confirmar que seguía siendo segura.
A escasos metros, llegué a la pequeña fuente que escondía un bordillo que accionaba una de las entradas a la bodega de la antigua Mansión. No tenía ninguna confianza en que estuviese intacta, pero era de vital importancia acceder para recuperar parte de mi equipo. O más bien, los equipos que guardaba de mis maestros.
Rossy entro unos segundos antes de que la puerta volviese a su posición, de su amigo no había ni rastro. Encendí los fanales, hacía años que usábamos las lámparas de gas, pero Sebastián y sus manías, los tenían siempre a punto ante cualquier problema.
La sala donde Sebastián había confinado a Paúl y Rossy por su seguridad, seguía abierta. Hacía mucho que no accedía a esa cámara. Mi mente viajó a antiguos tiempos. Donde era un insecto y un patán y que para mi desgracia me había llevado a cargar con la muerte mi padre hasta el fin de mis días.
Accione un ladrillo rojizo y la pared dejo una entrada a una sala que permanecía en la más absoluta oscuridad, el aire estaba viciado. Sentía las telarañas rozar mi cara. En cuanto localicé el primer farolillo fui encendiendo todos los que pendían de las paredes. En el centro de la sala estaba los dos maniquíes. En uno el traje de asesino de mi padre, en el otro, el viejo kimono de Nakato, mi segundo maestro en el arte de matar. Pero eso era otra historia y ahora necesitaba centrarme y salir de allí cuanto antes.
Cogí un petate, he introduje el traje de mi padre. Era muy similar al mío, el suyo tenía las protecciones de cuero por fuera de la tela. Mi traje no tenía ninguna protección, yo las llevaba ancladas a la piel por cordeles, me resultaba más cómodo y era más fácil hacer uso de ellas. Cogí sus dagas, no eran dos elementos decorativos. Eran toscas e intimidantes.
Rossy miraba, todo, alucinada, allí dentro había todo tipo de armas para mi oficio. Cada cual, más grande y más inútil que la anterior, pero mi padre tenía otra escuela que yo. Él era menos hábil, pero más letal. No se andaba con rodeos. No escondía sus huellas. Estabas muerto antes de saber que estabas muerto.
Rossy soplo sobre una caja de caoba llena de polvo. Paso su mano y el brillo del barniz lució cómo antaño.
— ¿Esto qué es? — la belleza de la madera era hipnótica. Era un elemento sumamente caro. Pero lo que en su interior guardaba, bien merecida tal envoltorio.
— Es a por lo que hemos venido.
Rossy se apartó y yo abrí el suave clic con las llenas de los dedos, el interior era de tercio pelo azul oscuro, y anclado con unos broches de oro, las dos Catanas de Nakato aguardaban una mano que las esgrimiera. Jamás había tenido el valor de usarlas, pero aquello que nos acontecía, me daba aún más miedo.
Volvimos sobre nuestros pasos, cerrando todo lo que aún mantenía intacto. La nueva mansión, tenía que tener acceso a la bodega, solo que para ese tiempo, tan solo sería una bodega. Lo tenía claro, iba a dejar esta vida. Emprender más responsabilidades en mis empresas y quién sabe, tal vez me tomara algún tiempo sabático para descansar de estos veinte años de locura.
— Nunca hablas de él — Rossy me saco de mis cavilaciones, al principio no entendía la pregunta, después entendí que era evidente que hablaba de mi padre.
— No era un hombre corriente.
— Bueno, por lo que he visto tú tampoco.
— Perdió a mi madre cuando yo era muy joven y tuvo que cuidar de mí, siempre estaba de mal humor y solía pagarlo yo, salvo cuando Cloti o Sebastián me escondían. Yo tampoco ayudaba mucho, siempre estaba metido en líos.
— ¿Tú?
— Si, Rossy, yo también he sido joven. Aunque no lo creas — Rossy sonrió — y era un tanto… problemático. Todo eso acabo cuando él murió.
— ¿Cómo murió?... Bueno, si es que quieres hablar de eso.
— Por mi culpa — vi como Rossy se mordía el labio, esa última información la había dejado con más preguntas que respuestas, pero no continuó presionándome — siéntate, te contaré algo.
“Veinte años antes:
Tras varios encuentros, el asesino había contactado con mi padre, su propósito era apropiarse de los contratos de la ciudad, y como todo asesino sabe, solo puede haber un profesional por ciudad. Esa noche, se pondría punto y final a aquella discusión territorial. Yo había estado de viaje, de placer, el asesino en sí, no sabía nada de mi existencia. Yo debía ser el arma secreta de mi padre. Al primer sonido de acero contra acero, yo debía trepar sigiloso al tejado, observar el combate y si mi padre, comenzaba a perder, ayudarlo en un ataque rápido y sin honor.
En esa época, el honor para mí no era más que una palabra de héroes muertos y leyendas estúpidas. Y mi padre tampoco conocía esa palabra. Era un hombre que usaba tantas trampas como fuesen posible para conseguir su propósito. Tampoco lo culpaba. El asesino al que se enfrentaba no era un novato de tres al cuarto, su nombre era conocido dentro y fuera de nuestras fronteras.
Nakato, el asesino de las dagas bailarinas. El nombre era demasiado largo, aunque con el solo hecho nombrar a Nakato, cualquiera temblaba si es que tenía sentido común.
El acero sonó.Subí tan rápido como pude, el combate era increíble. Mi padre era un gran luchador cuerpo a cuerpo, pero Nakato bailaba sobre las tejas como si no las tocase con sus pies. Sus giros, sus saltos. Sus fintas y quiebros. Estaba tan absorto que no me di cuenta de que al que estaban dando una tunda era mi propio padre.
Salte al tejado, corrí con mis dagas por delante. Silencioso como mi padre me había enseñado. Salte y con la fuerza del impulso, clave las dos dagas en los omoplatos del Nakato, que soltó un quejido que quebró la noche. Cayó de rodillas y después sobre las tejas.
Corrí hasta mi padre. Estaba con una rodilla en tierra. La sangre emanaba de varias laceraciones en su cara. Tenía un brazo roto y se lo sujetaba con el otro y le costaba respirar. En su cara solo había decepción. Una vez más le había fallado. Sus heridas eran tan graves, que ni Sebastián, ni el doctor pudieron hacer nada por él. Murió en su lecho, sin ninguna despedida. Sin ningún adiós.
Un mes más tarde me encontraba en el jardín, me estaba esforzando por coger fuerza y velocidad. Ahora el legado familiar era mío y no podía volver a fallar a mi padre, me estaba convirtiendo en mi mejor versión. Entrenaba cinco horas diarias. Otras dos horas lanzando cuchillos y dagas y dos horas estudiando con un viejo amigo que había terminado la carrera de química; me enseñó algunos venenos fáciles de manejar.
Esa tarde, corría por el viejo edificio. Aquella zona me relajaba, nadie podía verme, ni molestarme. Allí trepaba por aquellos altos árboles para fortalecer mis piernas y mis brazos. Tenía que ser más rápido, más flexible, más letal.
Fue entonces cuando lo vi. Un anciano, de ojos rasgados, me miraba desde una de las ramas más altas. Salto y surco el aire como si la gravedad no le afectase. Se plantó a un palmo de mi. Su piel estaba plagada de arrugas y olía rancio. Mi primer impulso fue darle un derechazo en la cara, ¿Cómo se atrevía a molestarme dentro de mi finca?, Me esquivo sin demasiado esfuerzo y con una sonrisa en sus labios.
— Tú eres el heredero del asesino, ¿verdad? — me dijo pausadamente.
— ¿Qué sabes tú de eso, viejo? — intenté conectar la izquierda, el efecto fue similar.
— Debo darte mi más sincero pésame, tu padre fue un rival digno.
— ¿Rival?
— En mi país tenemos ciertas normas que no eludimos nunca, y si un asesino tiene un heredero capaz, me veo en la obligación de acabar con su aprendizaje.
— ¿Y si yo me niego?
— Tendrás una muerte rápida, te lo prometo.
El hombre saltó y se perdió por la hojarasca. Yo no podía dejar aquella amenaza impune, así que comencé a descender saltando de rama en rama, llevaba varios días probando esa técnica y era el momento de ponerla en práctica. El equilibrio era fundamental. En segundos, y dando vueltas al tronco, llegué hasta las raíces que salían del suelo.
Allí, no había nadie.”
Comentarios
Publicar un comentario