Su cuello aún estaba amoratado, ¿cómo pude hacerle eso?, Por suerte Rossy había hecho lo que debía. Y si soy sincero, en ese momento, poco me hubiese importado que me partiese el cuello con su don. Tampoco merecía mucho más, pero saber, que Rossy había llegado a ese nivel de autocontrol me reconfortaba.
Y hablado de Rossy, hay venía, con su amigo, siempre inseparables. Venía directa a mi, algo quería. Salto la valla del balconcito y se sentó enfrente mío imitando mi postura de piernas cruzadas.
— ¿Por qué os sentáis así? — me dijo.
— ¿Sentáis? — ¿Por qué hablaba en plural?
— Sí, Paúl estaba la otra noche sentado así y ahora te veo a ti, no es muy cómodo, la verdad — valla, así que Paúl también, no me había dicho nada, bueno, la verdad es que no me había dicho demasiado desde el altercado.
— Esto es para meditar y relajarnos.
— Ah… ¿Y eso que es?
— ¿Meditar?, Bueno, es llevar tu mente a un lugar en calma dentro de ti, calmar tus pensamientos y las voces de tu cabeza, te relaja y centra.
— ¿Y yo puedo? — dijo limpiándose los mocos con la manga de su nueva camisa de lino.
— Claro, todo el mundo puede. Pero es algo que tienes que aprender hacer, no es algo que la primera vez de frutos, es un ejercicio diario.
— Suena aburrido.
— Todo lo bueno de esta vida, cuesta conseguirlo. Las cosas que se consiguen de manera fácil, pocas veces valen la pena a la larga.
— Bueno… a ver, cierro los ojos, ¿y qué hago? — dijo sonriendo con los ojos cerrados.
— Nada.
— ¿Nada?
— Nada, espalda recta — la niña busco la posición— ahora tu cabeza, un poquito hacia delante, ahora inspirar profundamente —Rossy hincho el pecho — y ahora espiras lentamente — la niña soltó por su nariz el aire muy, muy despacio… valla que capacidad pulmonar.
— ¿Y ahora?
— Tienes que hacer eso todo el rato.
— Es aún más aburrido, vamos allá.
Yo cerré los ojos, cogí aire y comencé a soltarlo lentamente. Mi mente, gracias a la práctica, rápidamente encontró el silencio. La paz. Mi cuerpo prácticamente desaparecía para convertirme en una energía que entraba y salía por mis fosas nasales. Algo comenzó a perturbarme, me sentía sucio, frío, agitado. Hacía años que mi habilidad no me fallaba de esta manera, ¿Qué quería decirme mi inconsciente?, Sentí un fuerte viento en la cara.
Abrí los ojos y Rossy levitaba ante ni, su respiración era perfecta y relajada, una luz dorada salía en remolinos de su interior y giraba haciendo efectos increíbles alrededor de ella. Su pelo, flotaba aún más alto que el resto de su cuerpo, dado el efecto de la llama de una vela de color negro. Gato Negro la miraba a ella y me miraba a mi no muy convencido. Era un momento mágico, ver tanta pureza.
Así que no eres tan oscura como creíamos. Solo estabas usando una parte de tu poder.
Cuando salí del hipnotismo de la imagen me di cuenta de lo que estaba sucediendo. De lo que podía pasar si alguien la veía. Debía pararla, pero en un estado de trance como ese, no sabía hasta qué punto tenía posibilidades de ello.
— ¡Rossy para!, ¡Por lo que más quieras para!
Como había imaginado, Rossy no era capaz de conectar con mi voz fuera de su cabeza. Me levanté y miré alrededor de dónde nos encontrábamos, volví a suplicarle que parara, por suerte no había nadie. Poco a poco Rossy descendió hasta sentarse y su pelo y las luces volvieron a la normalidad. Rossy se levantó de un salto, aullando.
— ¡¿Qué ha sido eso?! —sus ojos estaban muy abiertos, al igual que su boca y sus brazos.
— Eso eras tú, o bueno, una mitad tuya
— Pero… yo… ella… —Rossy comenzó a dar vueltas por el balconcito.
— ¿Qué as visto?, ¿Qué as sentido?
— Todo.
— ¿A qué te refieres?
— No puedo explicarlo…
— Ha sido alucinante.
— ¿El qué? — me preguntó sin mirarme y sin para de dar vueltas mientras Gato la seguía imitando su camino.
— Rossy, estabas levitando, desprendías Luz, tu pelo — le hizo con las manos la imitación de cómo se veía su pelo, la niña me miró como si estuviese loco.
— ¿De verdad? — miró a Gato Negro que maulló.
— Es de vital importancia que esto no lo vuelvas hacer donde alguien pueda verte. Rossy ha sido… ¿Qué eres? — seguramente la pregunta no la dije en el mejor tono, no empatice con ella y me miró con brillo en los ojos.
— Soy Rossy.
— Perdóname — la abracé muy fuerte. En lugar de pensar en cómo se sentía ella después de ese trance, premiaba en mí mis miedos y dudas.
— Quiero repetirlo.
— Claro, pero aquí no, vamos a dar una vuelta — Rossy asintió.
Al salir a la parte delantera de la casa vi que Paúl hablaba entre sonrisas con Sebastián. Por lo menos, esos dos, han empezado a comprenderse. Paúl corrió hacia nosotros con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba bañado en sudor y en su rostro caían unos negros chorretones. Sebastián nos miraban desde la lejanía. Y vi que tenía buenas noticias, pero si no me las contaba Paúl, después le preguntaría. Tenía que volver a ver a Rossy en ese estado. Necesitaba saber más.
Paúl decidió acompañarnos, estaba en el momento que él, se había autoimpuesto para su descanso. La choza cada vez tenía más forma, se había tomado ese trabajo muy en serio.
— ¿Y a dónde nos vamos? — preguntó cogiendo la manita de Rossy.
— Yo conozco un lugar tranquilo — dijo la niña.
— ¿Tú?, Pero no se supone que no puedes alejarte de la casa — le pregunté autoritario.
— Tampoco tú puedes pegar a tus amigos — me contestó, no sé si de manera inocente o Rossy comenzaba a usar el sarcasmo.
— Oh, esa te ha dado en la frente, amigo mío — carcajeo Paúl golpeándome en el hombro amistosamente, ya había decidió levantarme el castigo. Respiré aliviado.
Paúl me contó las nuevas, un hombre iba a ir a Hardan, Sebastián lo mandaba, a hacer unas compras y a enviar un mensaje a su tío, por fin aquel hombre podría respirar tranquilo. Y en consecuencia, la resistencia sabría que seguimos vivos.
Desde luego, Rossy se había alejado mucho de la casa, por una parte, sentí alivio, allí, nadie podía verla jugar con su amigo utilizando sus habilidades, pero, por otra parte, sentí lo que deben sentir los padres cuando sus hijos desobedecen.
El claro se encontraba en lo más alto de una zona de cerros. Sembrado de pinos y abetos. De suelo suave por las agujas secas, era un lugar húmedo y fresco, alejado de toda mirada. Sin duda, Rossy sabía cómo esconderse de los demás. Las vistas eran preciosas, se veía prácticamente toda la finca. Paúl no daba crédito a lo que yo le había relatado de lo sucedido con la niña, creo que tenía más dudas que yo. Y eso que él me reveló cierta información que yo no conocía mientras la niña correteaba por delante con su gato. Aunque debo decir, que todo lo que Paúl me contaba, o me parecía inverosímil, o simplemente Paúl se estaba equivocado.
— Eso mismo te estoy diciendo, cabezota. Las dos lunas son su padre y su madre.
— ¿Pero eso es imposible?
— Y que una niña arrase a veinte hombres no, ¿Verdad?
— Bueno. La verdad es que todo en lo que creía se ha ido al traste, tal vez la lógica no sirva para las energías del universo.
— ¿Y dices que brillaba?
— Ha sido… mejor que lo veas con tus propios ojos, no sé, si soy capaz de explicarlo con palabras.
Rossy se detuvo en la cresta. En ella había un antiguo obelisco. Debía de llevar allí milenios. El aire había afilado la roca y estaba pulida bajo el fuerte sol. Una larga sombra, caía hacia un lado, donde Rossy se sentó con Gato Negro. Paúl y yo nos sentamos frente a ella. La roca era tan grande, que daba sombra de sobra para los cuatro. Uno no podía dejar de mirarla y pensar que podía caer y aplastarnos. Esperaba que después de tanto tiempo, ese no fuese justo el día. Por como la miraba Paúl, creo que pensaba lo mismo que yo.
— Vamos Niña, demuéstrame que sabes hacer — le dijo Paúl tocándole la nariz con su dedo.
— Creo que deberíais alejarnos y tú también Gato Negro ves con Paúl.
Los tres nos alejamos. Aquel gato era igual de obediente que un perro. Rossy nos miró, sonrió y cerró los ojos. Podía ver como su pecho ascendía y descendía. Pero no sucedió absolutamente nada. La niña abrió los ojos y nos miró sonrojada.
— Podéis dejar de mirarme, no me dejáis concentrarme.
Paúl y yo nos giramos sonriendo. A veces no recordábamos que Rossy era en el fondo una niña.
En menos de un suspiro, la niña volvió a aquel trance, Paúl Silbo, al ver como desprendía toda aquella luz. Cualquier religioso, creería que está viendo un dios.El vórtice de luz se expandía exponencialmente, y tuvimos que dar pasos hacia atrás para no entrar en su corriente. Rossy brillaba como una estrella. El suelo vibraba bajo nuestros pies. El aire comenzaba a soplar en todas direcciones, las pocas nubes del cielo, se separaban como si una honda en el estanque creciera, creando un círculo perfecto sobre nuestras cabezas.
La vibración del suelo comenzó a pasar a un movimiento excesivo. Sonó un fuerte crujido, como si algo que llevara eones en una posición se desprendiera.Mierda el obelisco se va a caer.
Por muy rápido que me creyese, jamás podría llegar hasta ella y sacarla de allí abajo. El obelisco se zarandeó y cayó a plomo hacia la niña. Paúl también estaba intentando correr hacia ella y tuve que pararle. Él tenía aún menos opciones que yo, y la única opción posible, era acabar con ella. La gran roca se caía a una velocidad, lenta pero continua. No hacía falta que cállese de golpe para aplastar cualquier cosa que allí estuviese. Antes de que rozará a la niña, Gato Negro ya estaba junto a su amiga. O era muy Leal, o no era muy listo.
La niña levantó la mano, y sus ojos se abrieron. Eran dos estrellas, aún más brillantes en su pálido y luminoso rostro. La roca se detuvo. Rossy que levitaba a un palmo del suelo y comenzó a volar, y cuanto más alto ascendía, más devolvía la roca a su posición natural. La roca volvió a su lugar y Rossy descendió. Sin dejar de brillar, ando hacia nosotros. Gato jugaba a su alrededor y la luz lo atravesaba sin causarle daño alguno, se plantó frente a mí y dijo.
— He visto a mi hermano, creo que puedo encontrarlo. Ha llegado el momento de recuperar su libertad. Y lo aré, con vuestra ayuda o sin ella.
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