Cerré los ojos y respiré profundamente, estaba ansiosa de volver a sentir aquella agradable sensación. Paúl y Logan me estaban mirando. Me miraban fijamente. Dejar de mirarme, dejar de mirarme, mi mente no se centraba, pensar que aquellos dos, estaba mirándome, me inquietaba. Al final tuve que decirles que se dieran la vuelta. Ellos se giraron sin rechistar.
Volví a intentarlo. Con las primeras respiraciones, mi mente comenzó a calmarse. La verdad es que me resultaba muy fácil llegar a ese punto. Lo complejo era avanzar en ese mar de calma. Había una llama, en medio de la nada, no sabía si iba en una u otra dirección o si ascendía o descendía. Pero lo que si sabía, era que me dirigía nuevamente hacia ella. Cuando sentí su calor, estire mi mano y la toqué.
Mi mente dio un salto, ascendí hasta los cielos, seguí subiendo y vi como el cosmos me atraía hacia él, me encontraba entre las estrellas, nuestro planeta quedaba ya lejano y diminuto. Me sentía libre, normal, una energía más del universo. Mi ascensión me llevaba muy lejos de allí. En poco tiempo, nuestro sol no era más que un diminuto punto bajo mis pies. Y las estrellas que lo rodeaban, se empequeñecían junto a él. Ese cúmulo de estrellas pasaron a ser otro pequeño punto luminoso. Estaba tan lejos que temí no poder volver.
Mi ascenso se detuvo. Allí, había otra llama. En medio del frío espacio entre galaxias. Me sentía atraída por ella. La deseaba… la toqué. Sentí todo. El cosmos era uno conmigo. El poder era ilimitado, me daba calor, me daba frío, me daba un regocijo inexplicable. Entendí que no era un bicho raro. Lo entendí todo, mi forma de vida solo me había dejado sacar mi lado oscuro. Pero ahora podía verlo. También era luz. Yo era luz. No solo era muerte, también era vida. Y tras aquella epifanía. Mi descenso fue fugaz.
Las estrellas pasaban ante ni cómo líneas luminosas. Las galaxias como círculos llenos de luz y vida. Y tras un descenso que me obligo a cerrar los ojos.
Caí en la oscuridad.Me encontraba en un lugar feo y mortuorio. Olía a rayos. Al fondo, escondido en las sombras, había un bulto. Mi luz, lo saco de su escondite y me miró aterrado. Era él. Era mi hermano. Llevaba cadenas de plata por todo el cuerpo, estaba muy enfermo. Casi muerto.
— ¡Hermano!
Él no me veía, no podía tocarlo. Tampoco me escuchaba. Grité y grité para consolarlo, darle parte de mi sangre. Lloré, maldije. No podía salvarlo…
Tanto poder y no puedo hacer nada, ¡Nada!
Me sentí lanzada de allí nuevamente. No quería irme, pero no tenía la habilidad para detenerme. De pronto estaba en el claro. La roca se venía sobre mí. Levanté mi mano y sin saber muy bien como, la detuve. Me costó un gran esfuerzo.
Descubrí que podía ascender en el aire y con ese movimiento, me costó menos depositar el obelisco en su sitio. Descendí y fui hacia Paúl y Logan. Que me miraban hechizados.
Había llegado la hora de salvar a mi hermano.
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