Mala muerte: Capítulo 36 Reunión Clandestina


Las campanas marcaban la media noche, a esa hora, los antiguos esclavos se arrodillaban dirección sur, y rezaban con un cántico al cielo. Era la primera vez que veía tal devoción. Y más teniendo en cuenta que sus dioses, sin duda, los habían olvidado. La melodía ascendía y descienda entrelazando los cánticos masculinos y los femeninos. Macmu, su líder, se posicionaba en primera fila y su cántico era diferente al resto. Su voz era potente, sus rezos, casi rozaban lo agresivo. La masa se movía de manera hipnótica al plegarse, serviles a sus dioses y cuando levantaban sus troncos para mirar al cielo, con los brazos en cruz y seguir con sus oraciones. Macmu, en cambio, no se plegaba en toda la oración.

Luciana me apretaba el brazo emocionada ante tanta belleza. Y debo reconocer, que yo también hacía mucho que no sentía algo similar en mis propias carnes.

Habíamos intentado esconder al colectivo en diferentes almacenes, ocultarlos durante un tiempo, pero nos fue imposible. Se negaban a rezar por separado y sin una visual directa al cielo. Así que decidimos que su antigua cárcel, debía ser su nuevo refugio. Allí estaban expuestos, ¿pero de qué sirve la libertad si al final iban a ser presas del miedo? O eso decía Macmu.

Smith había repartido armamento a todos ellos. La gran mayoría, no necesitaba ninguna indicación de cómo funcionaban las armas. Las manejaban con disciplina y conocimiento. Eran hombres y mujeres valerosos. Macmu me aseguro que tras liberarnos de esos bastardos. Volvería a su tierra a luchar por su gente. Un acto a la altura de un verdadero líder.Con toda aquella gente armada, y sin una cabeza visible en el puesto de Capitán de Alguaciles, no eran molestados. La guarida y los mismos alguaciles, parecían tenerles miedo, y si debo de ser sincero, yo también tenía ciertas incomodidades. 

Un ejército así, bien podría tomar la ciudad y aplicar la ley por su cuenta, a fin y al cabo, habían estado trabajando para hombres de Hardan y aunque Macmu, me aseguraba entender que nosotros, también habíamos sido víctimas, había un amplio número de hombres que nos miraban con desprecio.

En una semana, habían comenzado a construir un pequeño poblado donde antes se erguían aquellos barrotes que les privaban de libertad Y que, ahora, creaban un perímetro de seguridad. Eran como hormiguitas, poco a poco el poblado iba creciendo exponencialmente. Mis hombres se había prestados voluntarios para ayudar en el proyecto. Debo reconocer que estos hombres, al final, estaban demostrando más humanidad y lealtad que cualquier batallón militar. Y el colectivo también, Siempre respetando el turno para que los más ancianos o enfermos, ocuparán las primeras chozas.

El comercio de Hardan estaba paralizado, la burocracia estancada, los burgueses, atemorizados, no querían salir de sus casas. Había rumores, inciertos, de que aquellos hombres de piel oscura comían carne humana, que robaban las almas con su mirada y un montón más de supersticiones absurdas inventadas para generar inquietud.

Tras la oración, la reunión clandestina daría comienzo. Habíamos elegido altas horas de la noche para mantener el anonimato de sus integrantes. El Juez del barrio, un hombre que debía de reconocer, tenía un juicio y unos ideales duros como el acero. El presidente de la cámara; un viejo amigo y Macmu, y en última estancia, Luciana y yo. Debíamos tratar y hacer acuerdos para que Hardan no cayese en banca rota. Había que hacer grupos para jornadas mínimas para no paralizar todo el comercio. Preparar la ciudad para lo que nos acontecería más tarde, ya que todos sabíamos que el Duque no iba a cejar en su intento de tomar la ciudad.

El Salón Social era un local humilde, las sillas cómodas, pero de una manufactura barata y la mesa, donde el Juez había servido seis vasos de licor, era redonda y prácticamente nos tocábamos codo con codo.

— Debo decir que he podido establecer contacto con el gobierno del país — dijo el Presidente de la cámara — las altas esferas no dan crédito a mis palabras, según sus informaciones, el Duque es un hombre respetable y de gran peso para el país y su futuro. No están contentos con las revueltas. No me extrañaría que hubiese represarías.

— ¿Represalias?, Si lo único que hemos hecho es liberar nuestra ciudad y al pueblo de Macmu — dijo el Juez airado.

— Era de esperar que ese bastardo tuviese contactos en el gobierno, de otra manera es imposible que actúe con tal impunidad — mencioné yo.

— ¿Y qué aremos si el gobierno central decide actuar en nuestra contra? — pregunto el Juez mirándonos al Presidente y a mí.

— Luchar — sentenció Macmu.

— Señor Macmu, no es lo mismo luchar contra esa escoria que contra las fuerzas de seguridad del país — El Presidente dio un trago a su baso.

— Así empezó en mi tierra. Ese bastardo compró con dinero a los burócratas de mi país, después uso esos pagos para extorsionarlos y cuando mi rey quiso darse cuenta, pendía de una Soga en el árbol sagrado de mi pueblo.

— Valla, ha debido de ser muy duro — el Juez trago whisky para quitarse el nudo de la garganta.

— ¿Duro?, Nos arrebataron todo, señor Juez, las tierras, nuestros hijos y mujeres, hemos sido apaleados y torturados. Doblegados. Mi pueblo era un pueblo de guerreros, de hombres de honor… y ahora, no somos más que sombras. Gracias a ustedes hemos recuperado la libertad. Pero aún debemos recuperar nuestras viejas costumbres. Alzarnos ante este mal y destruirlo desde la raíz.

— En eso estamos de acuerdo — tuve que reconocer— pero no será una tarea sencilla. Hay gente en la ciudad que les tiene miedo, no sé hasta qué punto podemos contar con ellos.

— ¿Miedo?, Hemos demostrado ser pacíficos, no hemos creado ningún problema, o eso espero.

— Al contrario, su actitud es ejemplar — razonó el Presidente — y en nombre de la Cámara, les pido disculpas por nuestra cobardía. Pero nuestras vidas pendían de un hilo, varios industriales ha muerto de manera violenta por negarse o dudar. Ni tan siquiera hemos tenido potestad para los horarios o la productividad. Nos ha partido el alma ser parte de esta barbarie.

— Como ya le he dicho, señor, entendemos en que situación estaban, nos es particularmente conocida. ¿Qué podría hacer mi pueblo para demostrar que no somos un peligro?

— General — me dijo el presidente — como hombre de vida marcial, ¿cuánto cree que podría tardar en llegar un destacamento desde Ciudad Central?

— Según mi experiencia, no será mañana. Hay que preparar las tropas y las viandas, preparar las tácticas y hasta qué punto, el gobierno está dispuesto a ejercer la fuerza. Eso se debate en el parlamento, como bien saben — miré el baso de whisky, tenía el gaznate seco, la mano de Luciana lo quito de mi vista. Bendita mujer — en ese lugar, nada tiene especialmente urgencia. Puede tardar varias semanas la resolución en la corte, yendo a marchas forzadas, y un ejército de más de cuatro o cinco mil soldados hay que movilizarlo a pie. El primer destacamento podría estar aquí a primero del mes que viene, pero aún tardarían cuatro o cinco días más en llegar el grueso del ejército.

— General — dijo Macmu —, me sorprende, es usted un verdadero estratega, espero aprender algo de usted, me ara falta para cuando vuelva a mi país.

— Se lo agradezco, será un placer aconsejarle en lo que desee — quién me iba a decir a mi, que en tampoco tiempo, rodeado de los hombres del barrio, me acostumbraría a hablar de igual a igual con todo el mundo. Supongo que eso es bueno.

— Caballeros — corto, Luciana — si queremos que los hombres de este apuesto señor, se ganen la confianza de la ciudad, hagamos una fiesta — todos la miraron sorprendidos, Que idea tan horrible, tal y como se presenta el panorama.

— Querida — le acaricié la mano y en sus ojos vi el potencial violento que esa mujer podía esconder —no creo que una fiesta sea lo mejor en esta situación tan angustiosa.

— Querido — me contestó condescendiente — he sido joven y he viajado a las guerras que usted dirigía como puta — el silencio sello los labios de todos los presentes—, los días antes y después de las batallas, mis honorarios eran exactamente el doble de caros y aun así, mi catre no permanecía vacío más que para asearme y descansar. Así que no me digas — me señaló con su larga uña y me tiré un tanto hacia atrás— que necesita un hombre para situaciones angustiosas. Esta ciudad necesita un desahogo, que se mezclen, que participen, que beban juntos. Eso ara lazos más fuertes que un pedante dando discursos que nunca traen nada bueno — todos nos quedamos mirando a Luciana, que garra tenía esa mujer — y no digo una baile de una noche. Una semana de juegos, de bailes, de todo lo que haga falta para que estos buenos hombres se asienten en condiciones en esta maldita ciudad. Y de paso, poner en marcha mi negocio. Mis mujeres tienen que trabajar.

— Estoy de acuerdo con esta mujer — dijo el Juez. Por su actitud, entendí por qué el barrio le había otorgado ese título, aunque con voz paciente, sabía poner punto y final a una conversación.

Una semana después todo estaba listo. La burguesía no parecía muy segura de que se necesitará una fiesta teniendo a tres mil soldados armados a la puerta de la ciudad, capaces de robarles el alma con la mirada. Los hombres del barrio, era otro tema, había hecho muy buenas migas con aquellos hombres y mujeres, trabajando en crear el nuevo barrio. Se repartían mezclados, por toda la ciudad, tocando tambores improvisados de cuero, con una forma bastante exótica y tocaban ritmos imposibles de no de seguir, aquellos tambores tenían un sonido hipnótico, las voces de los hombres de Macmu era áspera, pero sus melodías en su idioma natal, eran claras muestras de alegría y agradecimiento. 

Poco a poco, las calles fueron llenándose de aquellas bellas mujeres de piel de ébano y ropajes de muchos colores. Nos había costado una fortuna proveer toda esa tela, pero era lo mínimo que podía hacer la ciudad por ellos.Montaban pequeños puestos donde regalaban diminutas tallas y colgantes coloridos hechos con las mismas telas que sus ropajes y todo tipo de materiales.

Al principio fue un problema el idioma, pero si algo tenía Hardan es que no podían resistirse a una buena fiesta. 

Luciana tenía razón, como casi siempre.


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