Sebastián me despertó de buena mañana, me entrego un sobre con la rúbrica del general como remitente.
Estimado Malkovich:Le escribo la presente en virtud de nuestra favorable, aunque fugaz victoria. Mi alegría por saber, que sus vidas están intactas, me llenan de júbilo.
Lamento ser yo quien le dé las malas nuevas, pero su Mansión quedó hecha cascotes. Una gran explosión asoló los cimientos y no queda piedra sobre piedra. El terreno, aunque un tanto revuelto, será de fácil recuperación.
Me veo con la virtud de poder compensarle un tanto. La casa de mis padres, una vivienda humilde, pero con todas las comodidades para una vida saludable, están a su servicio el tiempo que crea conveniente.
Y con la misma, le invito a volver cuanto antes. La ciudad se encuentra en un festejo sin precedentes. Hemos cohesionado las culturas de los ciudadanos con sus nuevos conciudadanos y debo asumir que hemos suscitado una paz en apariencia estable.
A diferencia de lo creído, el Alcalde es un hombre de bien. No puedo decir lo mismo del ya póstumo, Capitán de Alguaciles, que sufrió un accidente en el gas de su extinta vivienda.La guardia y el cuerpo de Alguaciles ha llevado a cabo una rápida criba de todo aquel que considerábamos afines al Duque. No ha sido muy complejo, ya que las nuevas incorporaciones a los diferentes cuerpos, eran bastante fortuitas.
Debo hablarle de un nuevo valor a tener en cuenta, el señor Macmu, el líder de nuestros nuevos socios. Es un hombre de honor y talentos espirituales. No solo es su líder que también ejerce como referente teológico de su comunidad.
Estoy ansioso de que vea nuestros avances y por supuesto, su inestimable ayuda en aquello que nos acontece.Le espero esta misma noche, No demore su partida. La guardia de la ciudad no le pondrá pega alguna para que acceda a la ciudad. Después acuda a la Calle del las Hojas, número 1, allí les mostraré su nueva residencia.
Pido que advierta al mensajero de su decisión, para preparar todo para su llegada.
Un fuerte abrazo, su amigo, El General Duncan.
Hardan a 13 del primer ciclo lunar de la tercera estación.
— Sebastián, cuando el mensajero allá recuperado fuerzas, dígale que mande, mi sí, al General.
— ¿Y qué significa ese, sí? — me contestó esperando que le devolviera la carta.
— Será mejor decirlo en la cocina, para que todos estéis presente.
— ¿Malas noticias?
— Al contrario, son buenas, muy buenas.
— ¿Nos marchamos?
— Vaya y avisé a todos, les quiero en una hora en la cocina. Ahora márchese, ¿Dónde está Paúl? — aún no me había fijado, pero su catre estaba vacío.
— Trabajando, desde las primeras luces, ese chico tiene madera para carpintero, además de un tesón encomiable. Al final tendré que pensar que la mala influencia era usted, y no al contrario.
Como esperaba la noticia tuvo dos efectos claros, primero una alegría generalizada, después llegó el caos. Mi intención era que solo viajaríamos Rossy, Paúl y yo. No quería perder a aquellos dos cascarrabias en un traspié. Allí estaban a salvo, las chicas de mi servicio, se quedarían para cuidar su seguridad. Cloti maldecía en todas las lenguas que conocía. Sebastián bufaba y mascullaba improperios. Pero fue Diana la que puso el punto final con su lógica aplastante. Rossy, también intercedió poniendo el pretexto real de que había que salvar a su hermano y que, sin duda, se sentía más segura con nosotros.
Sé que jamás me lo perdonaría Cloti, pero era lo mejor para todos.
Gato Negro se encontraba en el pescante de la carreta que preparamos a primera hora de la tarde. Y con aún luz, en el cielo azulado, partimos hacia nuestro nuevo hogar.
Para ser sincero, nos creíamos a cientos de kilómetros de distancia de Hardan, pero tan solo teníamos una treintena, sería un camino lento hasta llegar a los caminos principales, pero una vez en ellos, podría aumentar un tanto el trote de los caballos. Calculaba que en menos de cinco horas podríamos estar ya, entrando en la ciudad.
Mis cálculos fueron erróneos, los caminos estaban abandonados, tenían socavones, estaban mal cuidados y en algunos, tuvimos que empujar la carreta para salir de los atolladeros.
Con las primeras estrellas ya brillando en el cielo, vimos, en la lejanía, la ciudad. A más de una hora de camino. La luz de la ciudad únicamente cortada por la muralla exterior, ascendía iluminando el cielo. Por suerte, a esas horas nos encontrábamos en un convoy de varias carretas para aumentar la seguridad de los caminos. Y el chófer que iba en cabeza, parecía conocer a la perfección los recovecos y peligros del viaje.
Al llegar bajo la muralla nos separamos, ellos harían noche en la posada exterior. Nosotros, cuando todos nos habían olvidado, nos dirigimos a la entrada de la ciudad. Nos detuvimos a pie de rastrillo. Siempre había creído que no era más que un decorado, una imitación para recordar la grandeza de la ciudad en otros tiempos. Pero me equivocaba. Su mantenimiento había sido impecable y en sus barrotes rielaban las luces de las lunas que quedaban a nuestra espalda.
— ¡Alto ahí! — dijo un guardia desde el interior —¿Quién va?
— Soy el señor Logan Malkovich, creo que esperan mi llegada.
— Así es señor Malkovich, por cierto, es un honor. ¡Vamos gandules alzar el rastrillo! — el sonido de las cadenas fue crescendo, así como el suave chirrido del rastrillo al rozar contras las rocas. Justo cuando pasamos. Volvió a bajar — continué, el General le espera.
— Se lo agradezco, para mí, también es un honor.
— Disfruten de la fiesta. Buenas noches — los soldados hicieron el saludo marcial y los perdimos tras girar una de las esquinas de la calle principal.
Por doquier, había hombres de piel oscura y vestimentas de colores chillones. Me dolía los ojos solo de mirarlos. Pero había que acostumbrarse al progreso. La gente de la ciudad, nos miraba con amistad y muchos otros con rencor, podía entender que los familiares de mis víctimas, ajenos a sus deleites y pecados, me tuviesen cierta ojeriza. Tan solo esperaba que al tener un enemigo común, no intercedieran demasiado en mis acciones.
Y como todo en la vida, las cosas tienen la explicitación más simple. Nunca había entendido como un hombre con los recursos del General, no vivía en una mansión como cualquiera de sus colegas de menor rango. Como, un hombre acostumbrado a una vida opulenta podía haberse contentado con tan poco. Y la explicación se abría camino ante mis narices, ya que sus padres, habían vivido justo enfrente de su casa.
Los hombres y mujeres saludaban a Paúl de manera efusiva, se chocaban la mano a nuestro paso. Corrían cerca de la rueda dándole nuevas y en muchos casos, se decían obscenidades. Rossy sonreía. Era joven pero no tonta.
Miré a Paúl, el brillo en sus ojos, su sonrisa de oreja a oreja. Yo no podía arrebatarle todo esto. Debía dejar atrás mi vida después de esta guerra, si es que conseguía sobrevivir. Alejarlo de la mala vida y sobre todo, dejando de lanzar mis cadáveres al fondo de los canales. Podía labrarse un verdadero futuro. Un futuro en el lado correcto de la historia. Pero eso, era una conversación que tenía con él y que, de momento, quedaba pendiente.
Paúl saltó de la carreta antes de que la detuviese enfrente de la nueva casa, en la puerta estaba el Juez y el General. Abrazó a su tío mientras lo levantaba en el aire como a un niño y después, repitió con un General que más bien parecía un palo. Aunque creo que reconocí cierta sonrisa en su rictus militar.
Entramos en la casa tras una larga bienvenida, aunque si debía ser sincero, ninguno de aquellos hombres mostró demasiada confianza para con Rossy, que no pareció darle importancia. El Juez la había visto, en sus peores momentos, matar a Veinte hombres con su oscura magia. Y seguramente, esa conversación, se había dado entre ellos.
Mientras descargábamos las viandas y nuestro escueto equipaje, acudieron la señora Madeleine y para mi sorpresa, la Señora Luciana, la Madame del burdel. Pero si había algo aún era más sorpréndete, era su camaradería. Una ama de llaves y una Madame, siempre hubiese imaginado que ese sería un verdadero combate a muerte.
Ambas mujeres se habían encargado codo con codo en limpiar el edificio, Paúl sonreía mientras Luciana lo ponía al día. El General, por lo contrario, estaba muy serio y acalorado. No pude advertir el menor rastro de olor a alcohol en ese hombre y sentí cierto orgullo, una vez más ese hombre había librado y ganado una batalla.
Aunque Rossy y yo decidimos quedarnos a descansar de aquel tortuoso viaje, Paúl se marchó con la comitiva. Entendía que necesitaba hablar con su tío, con sus hombres y con el General.Rossy eligió la habitación que disponía del balcón más grande, Gato Negro se paseaba por la balaustrada buscando salidas, solo esperaba que Rossy no hiciese ninguna tontería. Aunque tampoco sabía, si decidía ir, sí sería capaz de detenerla.
En el edificio de enfrente vi una sombra moverse. Justo pegada a una de las chimeneas. La asesina ya me había localizado. Pero no parecía que fuese atacar.
Pronto te daré caza, tranquila. No me he olvidado de ti.
Cerré el balcón y cenamos en la cocina. Esa noche fue tranquila. Pero seguro que era la última.
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