Como cada día, Rossy y yo volvimos a lo que, en un tiempo, fue la mansión Malkovich, su amigo, Gato Negro, había decidido quedarse permanentemente, en su antigua morada. O eso decía Rossy.
Rossy llevaba una cesta de pícnic llena de dulces y Sándwiches, y añadía algunos pescados frescos para su mejor amigo, que comprábamos en el mercado de camino.
Mientras ella jugueteaba por el bosque, a su manera. Yo invertía el tiempo en practicar con las Catanas de Nakato. No era como usar un sable o una daga, para manejar una catana hace falta algo más que pericia y reflejos. Es todo un arte, donde cuerpo y mente hacen que el acero forme parte de tu anatomía. Son movimientos amplios y cómodos, pero a su vez, complejos y plagados de micro rituales. No solo se esgrimen, se bailaba junto a ella. Debías sentir su más mínimo cambio contra el aire para cambiar de posición y aprovechar su versatilidad.
“Dieciocho años antes:
Llevaba dos horas en aquella maldita posición. Sujetando ese estúpido palo sobre mi cabeza. Nakato me observaba sentado, bajo uno de aquellos enormes árboles; en la lejanía. Jamás sabía si estaba observándome o estaba durmiendo, y a su edad, no me extrañaría nada. Pero sabiendo su severidad, era mejor no comprobarlo.
Ese era mi castigo por equivocarme en las prácticas de combate. Luchar contra ese hombre era un imposible. En dos años, ni tan siquiera le había rozado con ese puto palo. En cambio, mi cuerpo había estado en un estado deplorable, plagado de cortes y verdugones. Si en algún momento, había pensado que mi padre había sido duro conmigo, estaba bastante equivocado, como con muchas otras cosas que la lucidez de la madurez, te va mostrando poco a poco.
A Sebastián no le gustaba nada nuestro invitado, o eso farfullaba, y aún más, sabiendo que era el hombre que había acabado con la vida de mi padre. Pero en el fondo y con el tiempo, había hecho buenas migas. Nakato era un hombre serio y culto, de modales que rozaban la perfección y un invitado magnífico. Pero lo que más había hecho cambiar a Sebastián de opinar, era lo que estaba haciendo con mi carácter.
Llevaba dos años sin probar alcohol, sin salir con ninguna señorita, ni acudir a ningún baile. Madrugada, estudiaba y me pasaba el día entero entrenando una u otra habilidad.
El entrenamiento con Catanas era el más duro, teniendo en cuenta que el único filo lo esgrimía Nakato. Yo en cambio, lanzaba varazos. Lo que aquel hombre intentaba enseñarme era una verdadera locura. Era frustrante ver cómo aquel anciano danzaba a mi alrededor si poder golpearle, había aprendido parte de las defensas, y en general, era lo único que podía hacer.
Y precisamente por eso, estaba en esa jodida posición con el puto palo sobre mi cabeza. Por qué había fallado la defensa básica de un ataque desde arriba, donde clavas rodilla en suelo e interpones tu arma por encima de la cabeza. Tenía la rodilla dormida, el muslo dolorido y los brazos me ardían. El fino corte de mi frente regaba con un hilo de sangre mi entre cejo y nariz. Escocia, escocía y mucho.”
Había llegado a la conclusión, de que meditar junto a Rossy no me ayudaba, en absoluto, ya que estar cerca de ella, era como estar en medio de una tempestad. Así que tras el pícnic, me recluí en un pequeño claro y comencé mi ritual. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Necesitaba buscar algunas respuestas que solo habitaban en mi interior.
El sonido del aire entre los árboles varió, las vibraciones que aquellos árboles me emitían, vibraban en una frecuencia más alta, no estaba solo. Sentado sobre mis pasaderas, sentía la energía que la tierra proyectaba hacia el cielo. Podía sentir como se alteraba cada vez más cerca de mí. Esos pasos tan sigilosos, esos movimientos selectivos, la variación del aroma del aire.
— Por fin as venido a verme — le dije a la asesina con los ojos cerrados. Sentí como las agujas de los pinos se plegaba ante mí, se había sentado frente a mí. Abrí los ojos.
— No puedo darte más tiempo. Ha llegado la hora de poner punto y final a esta historia.
La mujer se quitó el turbante de su cabeza. Su acento era extranjero y era evidente que le costaba usar nuestro idioma. Era joven, tal vez de la edad de Paúl, año arriba o abajo. De piel clara y tersa, de pelo negro y extremadamente liso que le caía hasta los hombros con un corte perfectamente recto; su rostro era angular y fino, sus ojos, sabios y audaces, me recordaron a Nakato.
— Debo darte las gracias por esperar tanto, eso demuestra que tu honor es digno de elogio.
— Por supuesto, no como el tuyo —sentencio.
— ¿Por qué dices algo así?, Para mí el honor es algo que emplear contra alguien que tiene también ese don. El resto no merecen ese regalo. Si te refieres a eso.
— Sabes muy bien a qué me refiero. Y no, el Honor se utiliza en cada acto de tu vida. Rige tu forma de actuar cada segundo de tu existencia, es el aire que inhalas y exhalas…, pero un hombre como tú — escupió esa frase—, jamás lo entenderá.
— ¡Logan!, ¿Dónde estás? — Paúl gritaba desde dentro del pequeño bosque. Lo busqué con la vista.
— Eso es demasiado extremista, en nuestro oficio es un error pensar así… — cuando volví a girarme, había desaparecido. Paúl entró en el claro como oso en una granja de abejas.
— Por fin te encuentro, ¿qué haces? — dijo sonriendo de oreja a oreja.
— Ahora, ya, nada. ¿Qué pasa? — Paúl me ayudo a levantarme. Se estaba haciendo fuerte.
— Mi tío y el General quieren que conozcas a Macmu. Dicen que ya está bien de tus vacaciones. Que hay demasiadas cosas que preparar.
— Ellos solos son capaces.
— Ves tú y se lo dices a ellos — señaló con el dedo poniendo cara de circunstancias. También se estaba convirtiendo en un grandísimo actor.
— Vamos a por Rossy, no quiero que se quede sola por aquí. No es seguro.
— Pero… ¿Por qué no es seguro?, La ciudad está limpia de hombres del Duque. Es la ciudad más segura del mundo.
— Espero que para vosotros, sí.
— ¿A qué te refieres? — debo reconocer que me preocupaba que esa asesina intentar hacerles daño, aunque conociendo su cultura, sentía cierta tranquilidad en ese respecto. Si esa fuese su intención, ya habríamos tenido serios problemas. Así que preferí cargar con esa carga yo solo. Era lo mejor.
Macmu era un hombre muy grande, de manos fuertes, y aunque se notaba que había pasado demasiadas penurias, era un hombre sencillo y astuto. Su rostro plagado de protuberancias llamo mi interés. Según me contó, de manera afable, era un signo de poder, tanto en lo espiritual como él lo terrenal, había sido, y era, el jefe de su clan y también, su líder teológico.
Su sonrisa era habitual en su rostro, con sus dientes blancos y brillantes. Le había ofrecido un cigarrillo y me lo había techado como si de un pecado se tratase.
— No fume eso, señor Logan, es muerte, es veneno y esclavitud.
— ¿esclavitud? — sabía las dos primeras cosas, de hecho había decidido dejarlo, unas quince veces.
— Así es, ¿de dónde cree que salen esas hojas?
— Pues lo bien cierto es que jamás más me lo había preguntado. Supongo que de algunos cultivos en algún país soleado.
— Se cultivan en mi país, señor Logan, donde antes había selva y campos de comida para mi pueblo, ahora solo hay esa maldita plaga. Mi pueblo es obligado a cultivarlo, secarlo y empaquetarlo. Mucha gente muere para que usted pueda comprar ese pequeño lujo — apague el cigarro, un sentimiento de culpa me inundó, al igual que la vergüenza más absoluta.
— Por todos los dioses. Perdone mi ignorancia, yo… — Macmu levantó su gran mano a modo de que me calmara.
— No se preocupe, señor Logan, si no lo compra usted, lo ara el resto del mundo. Pero ahora ya sabe que se pone en los labios, a partir de ahora, es cosa suya.
Tras aquel tras pie, la conversación se volvió cómoda y agradable, el trato de Macmu hacia el General era modélico, pareciera que fuese su discípulo más que su socio mayoritario. Con Paúl también había hecho buenas migas, su épica pelea en la cantina había recorrido el campamento de los esclavos como la pólvora. Y que hubiese matado a ese bastardo, con sus propias manos, había devuelto la balanza de la justicia a su pueblo.
Ahora sí, entendí que Madeleine y el General, tenían una aventura. Se les veía felices, eso era bueno, ese hombre había pasado por cosas que muchos no siquiera creerían, no podía imaginar cómo se tenía que haber sentido hasta descubrir que seguíamos vivos y no que éramos una larga lista de nombres, más, talladas a fuego en la lápida que cargaba sobre sus hombros.
Paúl debía de haber hablado con su tío, de todo lo que Rossy había hecho por nosotros, y cuántas veces nos había salvado el cuello. La tenía sentada en una silla en la que yo, había conocido sentado a Paúl. Era más pequeña pero idéntica a la silla de Juez. Reían mientras el Juez, contaba las trastadas de su sobrino, no hacía tanto tiempo.
Todos eran felices. Pero mi mente estaba en otro lugar más lejano. Mi mente estaba en alerta. Preparado para el combate que decidiría mi futuro.
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